Cartel de un homenaje a The Beatles
La nostalgia, el eterno retorno y la venenosa herencia de las 'bandas-tributo'
La omnipresencia de los grupos de homenaje a las grandes figuras musicales que se celebran en las salas medianas y pequeñas se ha convertido en una plaga cuyo resultado es la erosión de la proyección artística de propuestas con enjundia y valía creativa
La fotos en redes sociales de hace una década, el armario repleto de camisetas de fútbol vintage, los últimos modelos retro de automóviles, los discursos políticos trasnochados, el enésimo remake fílmico y la secuela infinita, los productos literarios de estética demodé. La ofensiva organizada por la nostalgia universal sigue ganando terreno. El pasado nos come. Ya no se conforma con hacernos creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ahora se obsesiona también con quedarse con la música en vivo. Basta con mirar la programación de las salas medianas y pequeñas para comprobar que la escena se ha convertido en una versión ininterrumpida —como en aquella fiesta de Luis Buñuel— de la que no podemos escapar. Tributos a todo, homenajes permanentes, recreaciones de algo que ya fue. Repertorio cerrado, ejecución correcta, mímesis circense.
El presente parece haber perdido confianza en sí mismo. Incluso en la música pop, que siempre pareció enarbolar la pancarta del aquí y el ahora. En un fin de semana se acumulan conciertos de las réplicas de AC/DC, Queen, Pink Floyd o The Doors. Pero no se crean que la memorabilia se circunscribe a los legendarios héroes del pasado. Encontramos también las copias —más o menos conseguidas— de Joaquín Sabina, Extremoduro, Fito y los Fitipaldis, La Oreja de Van Gogh, Estopa y hasta de ¡Manuel Carrasco!.
Si Sócrates decía que aprender era recordar, parece que acudir un noche a cualquier garito para ver un concierto, también. Las bandas tributos constituyen el Aliexpress de la escena, su top manta. Si no quieres gastarte sesenta o setenta euros –otro día hablamos de la inflación de las entradas– en el concierto de tus cantantes favoritos, siempre te puedes quedar con una copia por la mitad.
'The Shouts'
Parecemos vivir La Fiesta de la Nostalgia, esa celebración propia del Uruguay que hace las delicias de jóvenes y mayores de gustos añejos. España sí es país para viejos. Locales que durante décadas fueron espacios de rebeldía e independencia creativa se están transformando en una máquina de hacer billetes y caspa. Programadores —a su favor debemos decir que tienen la mala costumbre de querer pagar el alquiler— apuestan por el dale que dale, por la repetición sin tasa.
No se engañen. Por aquí estamos vacunados contra el adanismo. No creemos que todo lo nuevo sea bueno porque sí. Pero nos parece que la tradición musical pop ha dejado de funcionar como la fuente que mana y corre donde los músicos acudían a abrevar y avanzar hacia otro lado para convertirse en la laguna Estigia. ¡Ahí te quedas Heráclito!
En la vida de cualquier banda importante se consignaba el momento fundacional donde se hinchaban a tocar versiones. En la elección de ese corpus variado pero consecuente se consignaba parte de su identidad futura. En las carteleras de las tiendas de discos o en los anuncios de las revistas musicales no era inhabitual leer: "Bajista con gustos The Velvet Underground y The Smiths quiere montar un grupo". Antaño el problema para los grupos emergentes era tener el suficiente número de canciones propias para poder montar un concierto; el de ahora, parece ser precisamente tenerlas. El famoso problema que tenían los grupos con el segundo disco malo va a dejar de existir porque no va existir el primero.
Cartel de 'The Sugar Stones'
La audiencia tampoco es inocente en esta exagerada admiración por el bucle. Tal vez hayamos sido hipnotizados por la enésimas versiones de Tu cara me suena o el falso talento de Operación Triunfo, pero el caso es que queremos música de fácil digestión. Visitar territorios conocidos. Como esos turistas de Instagram que se dedican a perseguir los destinos propuestos sin salirse de la guía o tratan a los cuadros como a celebridades —se fotografían con ellos— másque como obras de arte. Nunca se ha acudido tanto a conciertos y nunca ha sido tan difícil defender un proyecto que no se ajuste a los dictados de lo reconocible. Igual que los algoritmos uniformizan nuestros gustos, la realidad parece replicarlos de manera incesante.
Más que una obra abierta, a la manera que explicaba Umberto Eco, parece que busquemos un espejo —favorecedor a ser posible— que nos reafirme en nuestra convicciones. Queremos saber con exactitud cuándo llega el estribillo. Deseamos canciones que nos digan: emociónese aquí. El podcaster musical Marc Ballester —no se pierdan su programa El temple del gos— ha definido a las bandas-tributo como los Carlos Latre del universo musical. Tal vez Bob Dylan lo sospechó hace tiempo y por eso se dedica desde entonces a volver loca a su banda —y a la audiencia— cambiando los arreglos y los tiempos de cada uno de sus temas hasta volverlos irreconocibles.
'Retromanía'
Hubo un tiempo en que estas propuestas tenían cierto sentido, venían a ser una versión más sofisticada de la orquesta de pueblo. Una manera divertida de compartir en directo y entre todos canciones que de otra manera serían imposible escuchar. Atrás quedan bandas como Fundación Tony Manero, donde decenas de músicos jóvenes retorcían el funk y la música disco para convertir la herencia pop en otra cosa disfrutona e irónica. O los todavía en activo Hotel Cochambre que versionaron a su manera —y ese es el mérito— a artistas tan diferentes como Rafaella Carrá , Depeche Mode, El Barrio o Bon Jovi. Parece que ahora lo que se lleva es en una panoplia de grupos donde la mímica, la técnica depurada y la taxidermia sustituyen a cualquier impulso creativo. Piensen en la matraca de Manel Fuentes imitando a Bruce Springsteen con gira incluida.
En Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado(Caja Negra), Simon Reynolds explica que esa clase de revivalismo pocas veces está basado con el gusto específico por cierto sonido o escena y tiene más que ver con un claro antagonismo hacia el presente, con la sensación de que algo se ha perdido en la música contemporánea. En La angustia de la influencia, Harold Bloom sostenía que os jóvenes autores no debían temer la asimilación de los grandes maestros del canon: bastaba con interpretarlos cada uno a su manera para, en la imperfección de la copia, generar la variación necesaria. ¿Pero qué pasará si se sanciona la alteración? ¿Qué homenajearemos cuando ya no quede nada que homenajear? Siempre podríamos hacer como el viejo Borges, que afirmaba que los fragmentos del Quijote que escribía el imaginado escritor francés Pierre Menard eran mucho mejores que los originales de Cervantes.