Representación de un cerebro
Teoría y práctica del ser consciente
El psicólogo Ignacio Morgado indaga en un libro sobre la consciencia humana, una cualidad que nos diferencia del resto de seres vivos y nos permite gobernar nuestra vida
Me permito proponerles leer en voz alta esta estrofa poética de Antonio Machado, un recuerdo infantil de Juan de Mairena: "El niño Juan, el solitario / oye la fuga del ratón, / y la carcoma en el armario, / y la polilla en el cartón". Valga recordar que el ratón, la carcoma y la polilla son seres vivos: un mamífero roedor, un insecto coleóptero y una mariposa nocturna, respectivamente. A diferencia de los seres humanos, como es el caso del niño Juan, estos animales no pueden reflexionar sobre sus propios estados mentales y ser conscientes de ser conscientes. Cada persona puede sentir su propia conciencia, pero no la de los demás; si bien, cada uno de nosotros puede analizar atentamente la información que, de un modo u otro, los demás lleguen a suministrarle. Y, con ello, poder aproximarse a su subjetividad.
El niño Juan, el solitario, tiene un cerebro, como cualquier ser humano, constituido por neuronas (el número de esas células nerviosas interconectadas es del orden de unos 85.000 millones) que están continuamente procesando. Ensimismado, el niño Juan es capaz de sentir lo que nadie más hace: sentir la presencia muda de esos animales mínimos que no le pasan desapercibidos. Acaso los intuye, mirando hacia adentro, con un conocimiento previo de su existencia, asociándolos a un ruido característico, mediante una intensa e imposible atención. Unas vivencias que, pasados los años, suelen quedarse en el olvido, perdiéndose en el camino la capacidad de formar asociaciones curiosas y sorprendentes (una imaginación que se tiende a llamar creatividad).
Tenía Salvador Dalí veinticuatro años de edad cuando, reflexionando sobre los límites de la pintura, dijo haber aprendido que: los ojos, "igual que las uvas, son propensos a las más alocadas velocidades y están dotados para lanzarse a las más contradictorias persecuciones”. Una fragmentación cubista hacia el surrealismo. La experiencia consciente de estar rodeado de seres inconscientes varía. Depende de que éstos sean humildes seres vivos que son como son, privados de consciencia, pero con los que te puedes relacionar de un modo previsible y estable, o bien se trate de personas que carecen de lo que es propio de su condición humana: tener una conciencia de la que se pueda responder, tanto de sus actos como de sus omisiones; una relación que anuncia inestabilidad y peligro.
'El espejo de la imaginación'
En El espejo de la imaginación (Ariel), el profesor Ignacio Morgado indaga sobre qué es la consciencia, sobre cómo se genera el darse cuenta que caracteriza a la existencia humana. Y cuya experiencia es un hecho central de nuestras vidas. El cerebro permite pensar y establecer una mente consciente (una mente que no está en el cerebro, sin que es algo que éste hace; por su parte, la consciencia no está alojada en ningún sitio, al igual que el movimiento no está en una rueda, sino que es algo que ésta hace). Sin neuronas no hay experiencia fenomenológica, no hay contenidos de la experiencia consciente (lo que se denomina qualia). Con ellos se integra múltiple información que facilita una inusitada flexibilidad y velocidad para adoptar decisiones. Sin embargo, aún no se ha sabido determinar cómo la materia objetiva se convierte en imaginación subjetiva o cómo tiene lugar el cambio que convierte la actividad en qualia, los contenidos de la experiencia consciente.
El espejo de la imaginación es una metáfora de la consciencia. El espejo visto como una herramienta auxiliar del cerebro, uno se mira en él y puede preguntarse ‘¿cómo estoy?’, pero no pedirle que nos dé su parecer sobre cómo estoy; nos suministra información, pero no opinión. Especifica Ignacio Morgado que la mente es “como una cárcel, sin muros ni rejas, de las que no podemos salir por mucho que lo intentemos”, que funciona de modo acoplado con el cuerpo; de forma inseparable, como las dos caras de una moneda. Si se pudiese hacer un trasplante de cerebro, afirma, sería un trasplante de cuerpo, puesto que el cerebro tendría la sensación de sentirse en un cuerpo extraño.
Ver sin ver es ver sin guardar conciencia, aunque de forma inconsciente se almacene información en el cerebro. Igual sucede en el sueño, otro modo de procesamiento inconsciente de información. El cerebro no para. Distingamos entre consciencia y atención: podemos ser conscientes sin prestar atención a nada en particular: relajados y con los ojos cerrados. Y podemos atender de forma automática e inconsciente la circulación, mientras pensamos en otra cosa. “Un coche automático sin conductor vería la carretera, pero no la sentiría”. Podemos pensar en la complementariedad del robot, que actúa de un modo automático, sin ser consciente de lo que hace. Necesitamos rutinas y automatismos que nos robotizan, pero pretender seguirlas a tiempo completo nos deshumaniza y desprovee de consciencia. Esto es lo que buscan no pocas personas que se refugian en un vivir intoxicado por el alcohol, los narcóticos o el furor de las ideologías.
Hace unos años se evaluó que, de promedio, los humanos venimos a pasar casi la mitad de las horas despiertas pensando en cosas distintas a las que estamos haciendo (o acaso diciendo); esto es, se nos pasa el tiempo pensando en las musarañas, desatentos o alienados. ¿Podemos conciliar simultáneamente dos acciones distintas? Recuerdo un chiste de curas que oí de joven: un dominico y un jesuita, aficionados a fumar, querían solicitar permiso al Papa. Primero entró el dominico y recibió la negativa a su pregunta de si podía fumar mientras rezaba. A continuación, pasó el jesuita y, al poco, salió sonriente. ¿Qué le había dicho para obtener permiso? El jesuita contó al dominico qué había preguntado: “Santidad, ¿puedo rezar mientras fumo?”.
Por cierto, hacia 1640 el papa Urbano VIII prohibió a los sacerdotes fumar diciendo misa.
Vivimos rodeados de apariencias que engañan. Así, las ilusiones visuales pueden hacer pensar que la luz y los colores están afuera, cuando forman parte de la representación que hacemos del mundo externo. Recuerdo la impresionante película de Dalton Trumbo Johnny cogió el fusil. Un joven estadounidense del mundo rural se enrola voluntario en el ejército para ir a la Primera Guerra Mundial, engañado por la propaganda cree participar en un acontecimiento glorioso y cumplir con un deber para su patria. Pero todo es distinto a lo que se ha hecho creer.
El pobre resulta atrozmente mutilado, incapaz de hablar y de moverse. Sus mandos creen que ha perdido la conciencia y que es un vegetal vivo, no lo entierran porque pretenden tenerlo supervisado para que la ciencia avance con su observación. Pero él sí guarda conciencia y se desespera de no ser atendido. Una enfermera, en cambio, lo asiste con dulzura y con esperanza, con un amor inusitado. De nuevo, la conexión de la sensibilidad con la realidad personal, conseguida al renunciar a lo cómodo para brindar cariño y una improbable felicidad a un despojo humano.