Una imagen de David Bowie en 1975
¿Dónde estabas cuando murió Bowie?
Mi vida sin Bowie habría sido mucho menos estimulante y sigo echándolo de menos a día de hoy, sobre todo por lo que compuso durante los años 70 y 80, cuando no había nadie que le tosiera en el mundo de la música pop
David Bowie y los timos de la industria discográfica
El diez de enero de 2016, cuando nos enteramos del fallecimiento por cáncer de David Bowie, me encontraba en Palma de Mallorca cubriendo para la revista Interviu (que en paz descanse) el juicio contra Iñaki Urdangarín y su esposa, la infanta Cristina (aunque ésta apenas se dejó ver, pues ya estaban en marcha las predecibles componendas para exonerarla). Recuerdo que me dio una pena tremenda y que todavía me importó menos el destino judicial del yerno del Campechano (que aún no era el Emérito).
Y es que no hace falta haber conocido a alguien personalmente para que tenga importancia en tu vida. A partir de cierta edad, no solo se te mueren los amigos, sino también los artistas que te han hecho compañía en la distancia desde la adolescencia, una gente que siempre ha estado ahí, alegrándote la vida y haciéndote pensar y convirtiéndote en un ser humano más interesante.
Mi vida sin Bowie habría sido mucho menos estimulante y sigo echándolo de menos a día de hoy, sobre todo por lo que compuso durante los años 70 y 80, cuando no había nadie que le tosiera en el mundo de la música pop. Yo diría que los años 70 fueron suyos, al grabar una serie de álbumes impecables, pensados siempre desde el más difícil todavía, que empieza en 1971 con Hunky Dory y acaba en 1980 con Scary Monsters: no hay ni un disco mediocre de Bowie a lo largo de los 70.
Portada del 'Ziggy Stardust' de David Bowie
La primera canción de Bowie que escuché (en la radio) fue Starman, una extraña balada de folk -rock futurista que me enganchó de inmediato y me condujo al álbum del que formaba parte, The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, una auténtica obra maestra en la que todos los temas me parecieron, y me siguen pareciendo, buenísimos.
Solo encontré otros dos discos de 1972 que me pareciesen impecables de principio a fin, el primero de Roxy Music y el Transformer de Lou Reed (producido, por cierto, por David Bowie y su imprescindible guitarrista, Mick Ronson, quien transcribía sus canciones en los primeros tiempos, cuando Bowie no sabía leer partituras).
Ganar dinero
Lo que vino luego representó una evolución constante del artista, como se pudo comprobar con álbumes como Aladdin Sane, Diamond Dogs, Young Americans (apoteosis del Plastic Funk a cargo de un inglés blanco que, como él mismo dijo, no podía optar a practicar un soul auténtico, que había que dejar en manos de negros norteamericanos), Station to station, Low, Heroes, Lodger o Scary monsters, brillante final de una década aún más brillante.
Faithfull con David Bowie
Los 80 arrancaron con muchas ganas de ganar dinero por parte de nuestro hombre. Let´s dance fue un disco decepcionante en su momento, pues se había interrumpido esa evolución permanente que había distinguido sus obras de los 70 (nos gustaba comprar el nuevo de Bowie sin saber exactamente con qué nos íbamos a encontrar). Pero con Let´s dance (y su secuela, Tonight) Bowie accedió a ese mainstream americano que tanto se le había resistido (Roxy Music no lo logró hasta su último disco, Avalon, suntuosa muestra de pop amable sin mucho que ver con los viejos tiempos de Brian Eno a los ruidillos).
Mi otro grupo inglés favorito de los 70, Cockney Rebel, no consiguió entrar jamás en el mercado norteamericano, pese al bombazo europeo de su hit Make me smile (Come up and see me). Aunque había buenas canciones en Let´s Dance (la magistral Modern Love), constituía, en cierta medida, una marcha atrás en su carrera siempre hacia delante.
'David Bowie'
Con el Bowie de los 90 y los 2000, lo reconozco, empiezo a perderme y me compro sus discos más por militancia que por el disfrute de antaño. La jugada de aparentar que solo era el cantante de un grupo llamado Tin Machine nunca la acabé de entender, ni la necesidad de presentarse como un auténtico rockero a base de canciones aceleradas interpretadas a un volumen más propio de Status Quo. Me encantan piezas sueltas, como la canción para la película de Julien Temple Absolute beginners, o el extraño álbum 1. Outside (opereta De hecho, mi reconciliación definitiva con Bowie no se produce hasta su último disco, Blackstar, distribuido dos días antes de su muerte. Es música fúnebre, propia de alguien consciente de que se está muriendo, pero que funciona como un didáctico resumen de todas las etapas del músico.
Morir con Bowie y Ferry
Y esa profesionalidad, ese pundonor a la hora de despedirse del mundo con una obra impecable (hace falta valor para componer mientras la estás palmando, en vez de caer en la desesperación y, en su caso, volver al alcohol) me lo ha hecho aún más grande de lo que ya lo consideraba. Fue la suya una muerte de artista, no de rockero, que son dos cosas distintas en el mismo hábitat.
La música pop me ofrece actualmente una simpática panoplia de premuertos a los que considero como mis mejores amigos desconocidos. Bryan Ferry ya tiene 80 años. Ray Davies, 82, como Mick Jagger y Keith Richards y Bob Dylan. Paolo Conte se acerca a los 90. Ya me dejaron Steve Harley, Leonard Cohen y Jim Carroll, cuya canción People who died pasarán a engrosar los nuevos difuntos.
Puede que haya una lógica macabra en todo esto y que el ejemplo ajeno me ayude a encajar mejor la hora de la despedida.
Total, siempre es mejor irse (al carajo) con Bryan Ferry que sobrevivir con Justin Bieber, ¿no?