David Bowie en una de sus múltiples encarnaciones

David Bowie en una de sus múltiples encarnaciones

Músicas

El legado cultural de David Bowie diez años después

Una década después de su muerte, la herencia del músico británico, que además de a la faceta musical se extiende a la estética, el negocio de la imagen y la creación industrial, ha dejado de ser patrimonio de las minorías para convertirse en un paradigma duradero de la cultura contemporánea

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Fue el 10 de enero de 2016. El mundo se despierta con la noticia inesperada de la muerte de David Bowie. ¿Se acuerdan? Barack Obama apuraba su segundo mandato convencido de que Donald Trump no era más que un friki multimillonario y televisivo; la pandemia pertenecía todavía al imaginario de preppers y conspiracionistas; Bob Dylan no había ganado todavía el premio Nobel de Literatura y Artur Mas acababa de ser discretamente relegado a la papelera (de reciclaje) de la historia. Era, en efecto, otro mundo. Aunque por poco tiempo.

Dos días antes, coincidiendo con su 69 cumpleaños, Bowie había publicado Blackstar, su vigesimoquinto álbum de estudio. Un disco concebido como espectáculo musical —con no demasiadas buenas críticas—, pero que, leído a la lumbre de su muerte, se convirtió en el gesto definitivo de su puesta en escena. La reacción fue inmediata: se multiplicaron los homenajes; en las paredes de las ciudades aparecieron pintadas con su cara y el rayo de Aladdin Sane; las ofrendas florales resplandecieron en los santos lugares de peregrinación —desde su casa natal en Londres hasta el apartamento de Manhattan— y las muestras de respeto de músicos, creadores y figuras públicas fueron moneda común.

'Aladdin Sane'

'Aladdin Sane'

En pocas horas, sus discos ocuparon  a los primeros puestos de las listas de ventas —a veces por primera vez, es sorprendente lo poco que Bowie vendió en su carrera—, YouTube se inundó de videoclips visionarios y fragmentos de sus películas, y la crítica coincidió en explicar Blackstar, y más concretamente el videoclip de Lazarus: la cama de hospital, la venda sobre los ojos, la caída fuera de la cama, como su deslumbrante testamento. El tipo no dejaba de controlar su agenda artística ni agonizando. Diez años después, algo sorprendidos por el vértigo del tiempo pero también más recompuestos, con más perspectiva, tal vez sea hora de hacer balance sobre el legado de David Robert Jones.

Hay que reconocer que las cosas no fueron así de excepcionales desde el principio. De hecho, su primera infancia resulta de lo más común. Nace el 8 de enero de 1947 en Brixton, un barrio del sur de Londres, en el seno de una casa ordenada pero estricta.  Sus primeros años están marcados por la tristeza de un Reino Unido aún en reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial y los problemas mentales de su hermano Terry. Muy pronto, el joven David Jones comprende que su impulso vital debe consistir en fugarse de allí lo más pronto posible. No lo tiene fácil No es especialmente dotado para los deportes. No destaca tampoco en los estudios.

'Blackstar'

'Blackstar'

Mira, eso sí, mucha televisión y al embrujo de los programas musicales de la época intuye una salida. En la exposición Bowie is, que pasó por Barcelona en 2017, destacaban sobremanera dos objetos infantiles: la foto de Little Richard que el niño Bowie atesora en la mesilla de noche y un maravilloso artefacto tecnológico llamado Verbalizer, capaz de mezclar frases para ofrecer centenares de combinaciones. Esos dos objetos pueden explicar toda su carreta posterior. Así, debuta en grupos escolares próximos al blues, con más ambición que técnica, y aunque no acaba de cuajar del todo, entiende pronto que la música y la imagen pueden ser herramientas en la construcción de su yo del futuro. Se forja así una voluntad temprana de singularidad, incluso a costa de forzar la máquina: el deseo voraz de ser un perro verde.

No sabemos si Bowie miraba diferente por aquella época, sabemos que en 1962, su amigo George Underwood —posterior diseñador de las portas de  Hunky Dory y Ziggy Stardust— tras una trifulca por asuntos amorosos, le propina un proverbial puñetazo que le daña el nervio del ojo. El efecto óptico de la pupila dilatada —confundido durante décadas con una heterocromía— se convierte en marca personal. La herida como acto fundador: una anomalía física transformada en símbolo de percepción diferencial. Bowie estuvo siempre agradecido por aquel golpe.

'Hunky Dory'

'Hunky Dory'

En 1964, con 17 años, ingresa en la escuela de arte de Bromley y comienza a actuar con su primera banda seria, The Konrads. En 1967 lanza su primer single, Love You Till Tuesday, con Decca Records. Su fracaso inicial no lo detiene; más bien le refuerza en la noción de que el éxito no consiste en mimetizarse con lo común, sino en forzar lo extraordinario. No mucho más tarde comprende su cometido vital y se decide a vivir por y para su obra. Una que todavía no existe  –eso era lo de menos– pero con la ayuda de novias y amigos, viviendo de okupa en pisos y sin miedo a la pobreza ni al qué dirán, empieza a componer y experimentar. La escena londinense de los años 50 y 60 ejerce su magia: es un crisol de tradiciones populares, teatro callejero, clases de mimo, clubes de jazz. No se pierde nada. El esquelético marciano con pinta de bohemio resulta, en realidad, un estajanovista en toda regla.

Por aquí sostenemos que si el ojo de otro color en realidad no era tal, la fama de perfecto camaleón tampoco. Pensemos un poco: los camaleones cambian de color para pasar desapercibidos, quieren camuflarse, Bowie, durante toda su vida, hace exactamente lo contrario. Si acaso es un camaleón invertido: cambia de aspecto y de influencias, diseña trajes y máscaras, copia sonidos y absorbe escenas, pero para desmarcarse. Para destacar sobre el resto. Más que confundirse con el decorado de fondo, es el resto del mundo el que se esfuerza en tomar las formas que él propone. Pero sin llegar nunca a tiempo. Cuando los fans se visten con las mallas y los pelucones de Ziggy, él ya está en otra cosa, a la que se visten de negro filonazi el tipo ya había dejado las drogas y se reinventa en otra huida mágica hacía quién sabe dónde.

Portada del 'Ziggy Stardust' de David Bowie

Portada del 'Ziggy Stardust' de David Bowie

Pero volvamos. Ya con nombre artístico nuevo entrega un par de discos homónimos. Nada parece vislumbrar ahí lo que luego será. Pero empiezan a aparecer canciones que apuntan a otro lado. Como, Space Odditty, su primera obra maestra, compuesta bajo el influjo fascinado por 2001:Odisea en el espacio de Stanley Kubrick. El disco no acaba de funcionar pero la BBC utiliza la canción como banda sonora para el primer alunizaje. Con ese impulso entrega The man who sold the world o Hunky Dory, con su portadas emblemáticas: vestido largo y pelazo rubio. La década de los setenta marca el inicio de su popularidad y la consolidación del que tal vez su alter ego más icónico: Ziggy Stardust. Bowie, tras la publicación de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, con la inestimable ayuda de Mick Ronson, se transforma en un extraterrestre andrógino –en ocasiones parece que fuerce su condición bisexual– que canta sobre la decadencia, la fama y el fin de la humanidad.

Bowie, en realidad, no inventa nada: los trajes son de Kansai Yamamoto, los maquillajes imposibles se inspiran en el teatro japonés, los rayos pintados en la cara y las plataformas descomunales salen del glam. La gracia está en la mezcla, en el collage y en el arrojo para, una vez utilizados, deshacerse de ellos. En un concierto en el Hammersmith Odeon en 1973, Bowie, en pleno éxito de la gira, acaba con Ziggy. Mata el chiste antes de que deje de tener gracia y se sumerge en una carrera de heterónimos digna del mejor Pessoa.

'Low'

'Low'

La vena teatral se radicaliza a mitad de los 70, con discos como Diamond dogs, su primer trabajo que busca sonar yanqui y cuya gira le deja secuelas permanentes. Algo más tarde, se traslada a Estados Unidos y adopta el personaje del Thin White Duke, una figura nihilista y presuntamente filonazi.  Su posterior etapa berlinesa representa, tal vez, el experimento más radical de su carrera. Exiliado de Los Ángeles por razones de salud mental y adicción a la drogas, Bowie se instala en Berlín Oeste y comienza a colaborar con Brian Eno, dando lugar a la célebre trilogía Low (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979). El Berlín de aquella época es un territorio fragmentado, frío, hostil y experimental. Bowie absorbe la música electrónica alemana, el krautrock y el ambiente de la ciudad para transformar su propio sonido. La experimentación sonora busca crear un lenguaje que luego el mundo adopta como nuevo canon del pop de vanguardia. Esa dimensión sonora llegaría al post‑punk, a la nueva ola y atravesaría la obra de bandas como Joy Division, The Cure y Depeche Mode.

El traspaso al mainstream en los ochenta con Let’s Dance, de la mano de su amigo Mick Jagger, fue la primera vez que Bowie trata de empaquetar su sofisticación vanguardista en un producto realmente masivo. Por la misma época, después de participar en El hombre elefante, se convence de que puede dedicarse profesionalmente a la interpretación. La actuación estuvo a punto de costarle literalmente la vida: Mark Chapman había comprado su entrada para el día posterior al asesinato de John Lennon. Dicho en román paladino: quería petarlo fuerte, y lo petó. El disco, producido con Nile Rodgers, es pegadizo y directo; cada canción y cada videoclip parecen diseñados para reforzar la idea de éxito personal, mucho antes de que la palabra personal branding apareciera en los manuales de comunicación.

'Heroes'

'Heroes'

Su incursión en los negocios resulta igualmente profética. En 1997, Bowie, con problemas de liquidez, crea los Bowie Bonds, una suerte de acciones a futuro de los ingresos de su catálogo musical. Paralelamente a su carrera musical, también incursiona en el cine con papeles que amplían su leyenda y magnetismo. En The Man Who Fell to Earth (1976), es un alienígena terrestre; en Merry Christmas, Mr. Lawrence (1983), la homosexualidad larvada, en Labyrinth (1986), un duendecillo omnipresente en las carpetas de las adolescentes.

No todo es pura luz celestial en su legado. Hay un ecosistema de influencias y apropiaciones que, si bien no constituye plagio legal —no hay demandas por derechos de autor— sí revela tensiones sobre la cacareada apropiación cultural. Bowie, dicen los detractores, muchas veces se sirve de estilos marginales o artistas no tan famosos —piensan en Iggy Pop— sin concederles en todos los casos la visibilidad que merecen. Por ejemplo, su acercamiento al soul y al funk en Young Americans, puede ser interpretado como una reinterpretación facilona, como un gesto de consumo estético. Peccata minuta.

'Young Americans'

'Young Americans'

En septiembre de 2025 se abrió al público en Londres el David Bowie Centre en el V&A East Storehouse, parte del Victoria & Albert Museum. Allí se ha depositado, conservado y empezado a exhibir un archivo de más de 90 000 objetos que abarcan toda su carrera —desde fotografías inéditas y manuscritos hasta trajes, instrumentos y notas personales—, muchos de ellos nunca antes vistos por la audiencia general y ahora disponibles incluso para consulta directa bajo cita.

Siendo realistas, su legado es otro. Más inmaterial y atmosférico. El siglo XXI, de momento, es puro Bowie. Así como Borges afirmó que “Quevedo era menos un hombre que una dilatada y compleja literatura, podríamos decir que Bowie fue menos un músico que un vasto y multifacético campo de referencias. Su obra se construye en el hiperestímulo constante, en el abigarramiento sensorial. Hay un estilo que se origina con él y parece prefigurar nuestro tiempo: el plagio creativo como una de las bellas artes, la apropiación de la narrativa personal para reforzar el show, el control financiero por parte del artista y la mutación perpetua como única identidad. Una de las pocas personalidades que realmente merece el epíteto de icónico.