El cantante Julio Iglesias

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Músicas

Julio Iglesias, el tiempo y tú

Ha sido uno de los mejores 'crooners' del mundo, con talento en lo suyo, pero no quisimos verlos, aunque no debemos reprocharnos lo que fuimos o lo que defendíamos de jóvenes

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Como tenía que leer el libro de Ignacio Peyró para un artículo que me encargaron, estuve escuchando en spotify los discos de Julio Iglesias, y me llevé la sorpresa de que me gusta mucho, me gusta su voz, me gustan sus suntuosas grabaciones con orquesta sinfónica detrás e incluso me gustan sus versiones de canciones magistrales, como La mer de Trenet, My sweet Lord de George Harrison, e incluso los tangos que inmortalizó Gardel, y esto último hasta el punto de que dudo de si es mejor la versión de Sur por Goyeneche, para mí el mejor cantor de tangos de la historia, o la del mismo Julio en su impecable disco Tango, que desde luego no es tan desgarrado ni tan visceral como Goyeneche, pero me parece que aporta algo igual o superior: su precisión y el timbre de su voz, acariciante y con una sugestión desvalida, en diálogo con la orquesta, seductora para mujeres, hombres y niños.

Es una evidencia. Por qué, durante décadas, no quise saber nada de este estupendo crooner español, prolífico y siempre igual a sí mismo, es una cuestión que me ha dejado inquieto (ligeramente, no es un tremendo drama): ¿Cómo es que pasó por debajo de mi radar algo que es objetivamente tan bueno, y que ya se lo parecía a docenas de millones de seres humanos?

A lo mejor al lector le pasará lo mismo, si es capaz de escuchar algunas de sus canciones sin a priori y sin que le importe la naturaleza humana del cantante, que es un vector negligible. En mi caso, este asunto de JI me ha servido para aprender u objetivar-- algo sobre la sustancia íntima de la naturaleza humana.

Recuerdo que durante años, todos los domingos el vecino del piso de al lado en la calle Casanova ponía, para despertarse él y su anciana mujer, un disco de Serrat, Mediterráneo, y luego, inevitablemente, otro de JI, De niña a mujer.

Ideas de vulgaridad

Su sala quedaba al otro lado de la pared de mi dormitorio, de manera que la musiquita entraba en el mío como un taladro. Al cabo de unos meses detesté a los dos cantantes. Para huir de esa indeseable banda musical al otro lado de la pared de mi dormitorio, corría a ducharme y vestirme. Durante ese lapso de la ducha, no sonaba eso de “Eras niña de grandes silencios”, gracias a Dios. Pero luego la mañana no mejoraba, porque se oían sardanas.

No era el vecino detrás de la pared el que las ponía. Aquellos sonidos venían de la ventana. Por el espacioso patio interior de la manzana, pavimentada con terrazo y decorada con unos trémulos arbolitos en sus tiestos,  circulaban en sus sillas de ruedas y en sus taca-taca, en compañía de abnegados sirvientes suramericanos en bata blanca, los ancianos de una residencia, y en aquel patio interior atronaban sardanas non-stop, como para animar a los desdichados.

Portada del libro de Ignacio Peyró

Portada del libro de Ignacio Peyró

El lector comprenderá que con semejante fondo musical viejuno y degenerado había que hacer un esfuerzo para enfocar el resto del día animosamente, sin dejarse vencer por ideas de vulgaridad, de acabamiento, de fatalidad y próxima muerte.

Como le contaba Wittgenstein a su hermana (Los Wittgenstein, una familia en cartas, --Acantilado), “el tufo musical lo impregna todo y ciertamente cualquier otro hedor real me parecería más soportable”.

Indeseados conciertos

(Sí, el hedor musical lo impregna todo; es innegable que los medios técnicos han logrado llevar la escucha de la música, que no hace tanto tiempo era un privilegio exclusivo de la nobleza y sólo accesible a las clases menos afortunadas en los oficios religiosos o en las ferias populares, hasta al último rincón habitado del planeta, haciéndola discutible e incluso insoportable, y algún día habrá que exigirle cuentas a esos musicantes cuyas composiciones tenemos  que oír –sin que nadie pida permiso-- en bares, hospitales, antesalas, tiendas, supermercados, antesalas y lugares públicos de todas clases.)

Pero, como estaba diciendo, han pasado muchos años de aquello, de hecho aquellos vecinos murieron, murieron de viejos, primero él y al cabo de unos años ella, en la casa se hizo el silencio… Me olvidé de de los indeseados conciertos matutinos dominicales.

Sólo ahora –quiero decir: décadas después--, al escucharle atentamente, he descubierto que Julio es o era muy bueno en lo suyo, e incluso emocionante. No es sólo una cuestión de profesionalidad e industria trabajando a su servicio para conseguir un producto convencional pero bien acabado y relamido, sino de verdadero talento, comparable al de los mejores 'crooners' del siglo XX.

¿Cómo es posible que uno haya tardado tanto en reconocer lo obvio?

Nada que reprochar

No me parece que sea una pregunta ociosa. Me la hago con cierta frecuencia cuando vuelvo a los jardines del pasado. Novelas como Bella del señor de Cohen, o Vida privada de Sagarra, o incluso La cartuja de Parma de Stendhal, que en su día me impresionaron tanto y me hicieron subir la fiebre, ahora me disgustan intensamente.

El cantante Julio Iglesias

El cantante Julio Iglesias

Uno cambia con los años, aprende unas cosas, desaprende otras. Cambias, es ley de vida. La cuestión vertiginosa es: ¿qué valor tiene el criterio de hogaño, comparado con el de antaño? ¿Eres más sabio o más ciego ayer que hoy? Porque, desde luego, igual no eres. ¿Cómo es de verdad La cartuja de Parma o cómo son las canciones de Julio Iglesias? ¿Son lo que entonces te parecía, o lo que te parecen ahora?

Ni idea. Sólo tengo una certeza: no hay que traicionarse a uno mismo, no hay que reprocharle nada al que uno fue, sería una bajeza, y como escupir hacia arriba. Y, en consecuencia, tampoco sería muy inteligente ligarse demasiado y dar por bueno y por firme tu criterio actual.

Así la opinión se vuelve desdeñable, sólo vale el gusto puntual. Y las pequeñas o grandes obras, que, a diferencia de ti, quedan y permanecen iguales a sí mismas, indiferentes al paso del tiempo