Stevie Wonder en una imagen 1973

Stevie Wonder en una imagen 1973

Músicas

Stevie Wonder en la cima de 'Innervisions'

El músico de Michigan, tras sobrevivir a la etiqueta de 'niño prodigio' de la 'factoría Motown', grabó en los setenta, hace medio siglo, este disco capital que es un prodigio de atrevimiento musical

23 abril, 2023 19:00

A decir verdad, lo más inaudito y asombroso que puede hacer un niño prodigio es sobrevivir a sí mismo. La historia de la música y de tantos otros campos creativos, desgraciadamente, está llena de ejemplos que nos lo recuerdan. En este caso hablamos de Stevie Wonder, que dominaba espléndidamente el piano, la batería y la armónica con tan sólo nueve años o que había grabado y publicado publicado nueve discos antes de estrenar la mayoría de edad, entre ellos algunos tan radiantes como Tribute to Uncle Ray, con versiones de Ray Charles, el cautivador alarde orquestal que es The Jazz Soul of Little Stevie o el arrollador directo The 12 Years Genius. 

Mucho más inaudito que esas indudables muestras de un talento doblemente apabullante, por su dimensión y por su precocidad, decíamos, es el hecho de que el jovencísimo artista no acabase semejante tour de force alienado y despojado de identidad propia, vencido por voluntades externas e intereses ajenos (sin ir más lejos, los de Berry Gordy, el muy legendario y más despiadado aún productor y capo discográfico que lo fichó para Motown con once años), como un caballo de carreras lastimado después de haber sido espoleado para galopar sin freno demasiado pronto.

Y más alucinante incluso resulta que del superdotado multiinstrumentista emergiese, además, un compositor enorme dispuesto, como quien dice, a reinaugurar una carrera formidable.De modo que aquí tenemos a un Stevie Wonder veinteañero pero insólitamente veterano y autor ya de álbumes extraordinarios como Music of my mind o Talking Book, ambos con una altura artística suficiente como para haber sido las cimas de las que cualquier otro músico de su generación podría haber vivido plácidamente el resto de su carrera, con el piloto automático puesto hacia el destino de una jubilación prematura y rentable.

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Con discos como estos, el músico demostró que había sido capaz de sacudirse la peligrosa etiqueta de niño prodigio; que era capaz, o sea, de mucho, de muchísimo más que realizar con una destreza excepcional vibrantes y contagiosas recreaciones de éxitos de temporada y canciones de otros artistas admirados, desde el tito Ray hasta Bob Dylan. Y aun así la explosión absoluta de su talento que se produjo en su espectacular ciclo creativo de comienzos de los primeros setenta no había vivido aún la apoteosis, la confirmación ya del todo incuestionable de que Stevie Wonder era un compositor verdaderamente único y por tanto inimitable, capaz de levantar en el aire canciones accesibles, de gran calidez, maravillosamente cantadas y a la vez de gran atrevimiento formal.

Esa confirmación, en forma de obra maestra inmune al desgaste del tiempo, se llamó Innervisions, un disco publicado hace ahora medio siglo, en 1973. Habrá muchos, seguro, que tengan una imagen deformada del genio que impulsó a Stevland Hardaway Morris, nombre real del músico nacido en 1950 en una pequeña ciudad cercana a Detroit. Nos referimos a esa estampa en cierto modo icónica, con el músico sentado al piano, con la cabeza elevada y una sonrisa casi beatífica, las trencitas brincando en el aire, mientras canta naderías como I just called to say Iove you y otras baladas de ese tipo, del tipo que reventaría escandalosamente cualquier medidor de glucosa. Existe un Stevie Wonder complaciente y melifluo, amable y peligrosamente próximo a la banalidad comercial, sí. Pero sería una lástima y por encima de todo injusto que esa faceta se impusiera en la memoria del público.

'Innervisions', stevie wonder

Puesto que, de hecho, en sus años más fértiles y brillantes su obra fue de una audacia tremenda, experimental incluso en no pocas ocasiones y, en última instancia, pionera en muchos sentidos. Innervisions ofrece varios argumentos que avalan esta afirmación. Fue, por ejemplo, el primer álbum de un artista negro que se hizo con el Grammy al Mejor Disco del Año (así, a secas, sin compartimentos estancos). Esto, por supuesto, no es lo más importante que se puede decir de ese disco, pero tuvo sin duda un significado de gran trascendencia.

Hoy, en 2023, hemos asistido ya a la hegemonía aplastante de músicas de raíz negra hasta el punto de que se convirtieron, de facto, en el nuevo pop de principios del milenio (los derivados del rap, las llamadas músicas urbanas, el culto masivo a las divas del R&B electrónico, con Beyoncé como caso paradigmático), y a menudo se nos olvida que hubo un tiempo, muy largo y penoso, en el que la segregación racial operaba con absoluta normalidad en el mercado musical: la música de los negros iba por un lado, con sellos, circuitos y público específicos, y la de los blancos, por otro. Primero con la gira conjunta que realizó en 1972 con The Rolling Stones y finalmente con el triunfo más que simbólico en aquellos Grammy del 73, Stevie Wonder contribuyó de manera decisiva a que esas barreras absurdas se vinieran abajo, sin necesidad además de grandes aspavientos ni golpes de pecho. Bastó, por así decirlo, con su sensacional música.

Posterior a los ya mencionados Music of my mind y Talking Book, ambos del 72, y anterior a Fulfillingness’ first finale (1974) y Songs in the key of life (1976), Innervisions se alza con perfecta simetría en el centro del periodo clásico de Stevie Wonder y sintetiza con especial plenitud las mayores virtudes del intérprete y compositor. Para empezar, su sentido superlativo de la armonía, su alucinante facilidad para realizar sin despeinarse y con rarísima fluidez modulaciones (cambios de tono) asombrosas, casi imposibles, y especialmente la manera en que, partiendo del marco sonoro del soul, asimiló con absoluta naturalidad elementos del jazz, el funk, el pop, el gospel, los arreglos orquestales clásicos, el folk e incluso, como evidencia el delicioso tumbao pianístico con el que comienza Don’t you worry ‘bout a thing, las esencias latinas.

Aun siendo estupendo, ese tema, precisamente, es por su tono el elemento más incongruente de un disco que, por lo demás, contiene dos de los temas más conocidos del artista, Living for the city y Higher ground. Porque en contra de la imagen happy que ha quedado de Stevie Wonder, y a pesar de que en él se incluye también alguna de sus habituales y preciosas canciones de amor, Innervisions es un disco de trasfondo esencialmente sombrío. Escuchando sus retratos urbanos y sus letras sobre la devastación causada por las drogas, sobre racismo y las miserias de Richard Nixon, envueltas sin embargo en un profundo sentido de la espiritualidad y llamamientos al amor y a la ternura, es fácil comprender el enorme impacto que tuvo en Stevie Wonder y en tantísimos otros músicos de la época la obra maestra de Marvin Gaye, ese What’s going on de 1971 que hizo sonar hermosos y emocionantes como nunca la denuncia social, los conflictos políticos y el compromiso con el movimiento por los derechos civiles de toda una (dura y áspera) época.

Stevie Wonder 2

Pero Stevie Wonder, que venía hasta entonces disfrutando de una muy cómoda para él reputación de hit maker, fue valiente también en términos estrictamente musicales, no sólo por decidir usar su voz hasta hacía poco infantil e inofensiva para hablar esta vez de la dignidad, el orgullo y la perseverancia de la América negra sistemáticamente traicionada y maltratada por su país. Habituado a grabar para Motown con un equipo de compositores y músicos de sesión que facturaban a la manera de una cadena fordiana éxitos radiables como churros, el artista empleó en Innervisions una instrumentación muy inusual, prácticamente experimental en aquella época, basada en los teclados, ya fueran de un piano tradicional o eléctrico, un secuenciador, una caja de ritmos o el sintetizador Moog que le permitió jugar a su antojo con escalas, timbres y texturas.

Y aunque contó con la ayuda esporádica de otros músicos para grabar algunos bajos, algunas guitarras acústicas y algunos coros (pocos, porque la mayoría de ellos los realizó él mismo empleando la técnica del overdub, o sea, grabar encima de una grabación previa), Innervisions puede considerarse –es, realmente– el disco de un solo hombre, imaginado, escrito, compuesto y realizado por un Stevie Wonder sin más asistencia ni tutelas que su incontenible necesidad de reafirmar su voz o, ya puestos, de mostrar al mundo la belleza y la pertinencia de sus visiones interiores. Veintitrés años tenía el muchacho, y un talento de los que no abundan.