Nick Cave, en un fotograma del documental '20.000 days on Earth'

Nick Cave, en un fotograma del documental '20.000 days on Earth'

Músicas

Los fetiches de Nick Cave, el último clásico

La editorial Sexto Piso edita 'Stranger than Kindness', un diario íntimo-visual que recoge los fetiches sentimentales y espirituales del músico australiano y su querencia por el imaginario bíblico

13 noviembre, 2022 19:45

Nick Cave arrancó su carrera a comienzos de los años 70 y desde entonces hasta hoy mismo, ya fuera con The Boys Next Door, The Birthday Party o en su última, longeva y vigente etapa con The Bad Seeds, sin olvidar entre tanto las dos sensacionales entregas de Grinderman, ha desarrollado una de las trayectorias más importantes e incontestables del rock contemporáneo. Una obra deslumbrante que además queda realzada aún más si cabe por su rotunda coherencia, virtud que afortunadamente no obliga (nunca) al inmovilismo.

Ahí están para demostrarlo los alrededor de cuarenta discos que ha publicado desde sus comienzos. Del pop-punk al rock crudo, violento e incendiario, pasando por sus majestuosas baladas para templos reverberantes, el impresionismo western e incluso la electrónica de cámara –en álbumes como Push the Sky Away y especialmente en las composiciones para el cine y series de televisión que realiza junto a su fiel contramaestre Warren Ellis–, durante cuarenta años el artista australiano ha ido tocando, incorporando y afinando cuerdas hasta que se le ha puesto cara de último clásico en una época sin clásicos

Nick Cave en su apartamiento de Berlín

Nick Cave en su apartamiento de Berlín

No es de extrañar, por tanto, que su obra y su figura misma, envueltas ambas en un interés por la dimensión mítica de las cosas y en un sentido de la espiritualidad desusados en estos tiempos, suscite un minucioso interés que es alentado, además, por el especialísimo talento y el monumental carisma de Cave, un tipo verdaderamente poliédrico que lo mismo se gana una legendaria reputación de profeta tóxico del infierno, que escribe ensayos sobre teología para The Times, pronuncia conferencias sobre las canciones de amor en seminarios universitarios, publica novelas faulknerianas y textos misceláneos que ensanchan –mucho más allá de cualquier tópico al uso– los vasos comunicantes entre la literatura y el rock o, en los últimos tiempos, habilita en su web The Red Hand Files una especie de oráculo existencial 2.0 con disponibilidad 24/7, que diría el jovencito que ya no somos.

Todo parece indicar, observando en la distancia, que la compulsiva actividad que últimamente viene desarrollando Nick Cave tiene algo (o todo) de huida hacia adelante de un hombre que ha sufrido el indescriptible dolor de perder a dos de sus hijos en los últimos años: Arthur, de 15 años, tras caer en 2015 por un acantilado tras consumir LSD por primera vez, y Jethro, de 31, el pasado mes de mayo. Tampoco resulta extraña esta búsqueda de sosiego y elevación respecto a la tragedia por medio del más radical estajanovismo en un artista que siempre concibió la creación musical y la interpretación en directo como formas de una liturgia profana pero sedienta de trascendencia.

Nick Cave

Desde 2021, por acotar su actividad únicamente en el último año, Cave ha publicado Carnage, un precioso disco junto a Warren Ellis compuesto durante las semanas de confinamiento en 2020; el álbum de spoken word o más bien de plegarias Seven Psalms: café para los muy cafeteros; de nuevo al alimón con su fiel escudero la bandas sonoras del documental La pantera de las nieves, de Dhamer, la serie de Netflix sobre el asesino en serie Jeffrey Dahmer, y de Blonde, el recientemente estrenado biopic de Marilyn Monroe; ha participado en el documental de Andrew Dominik This much I know to be true, que retrata precisamente su amistad y su complicidad creativa con Ellis; y ha ido ofreciendo de tanto en tanto sus Conversaciones con Nick Cave, una serie de recitales pianísticos en formato íntimo y abiertos a las preguntas del público que vienen a ser algo así como la versión live de su consultorio digital.

Sería una pena que Más extraño que la bondad, el precioso libro que acaba de publicar en español la editorial Sexto Piso, pasara desapercibido en medio de este trasiego. Titulado como una de las composiciones favoritas del artista (Stranger than kindness), el volumen, primorosamente editado, tiene su origen en la exposición homónima que organizó la Real Biblioteca Danesa en el año 2020, una inmersión en el inconfundible universo de Nick Cave y en las claves de su proceso creativo que adopta la forma de un diario íntimo-visual que recoge los fetiches sentimentales que siempre han acompañado al artista.

Libro fabricado por Nick Cave

“Es el material del que nace y se alimenta la obra oficial. Cuando hablo de la obra oficial me refiero a la canción o al libro o a la partitura que se publica y va a parar a las manos de los fans”, escribe el australiano en un pequeño texto introductorio del libro, y añade: “Sin embargo, detrás de la canción hay una cantidad enorme de cosas secundarias: dibujos, mapas, listas, garabatos, fotos, cuadros, collages y borradores, cosas que son propiedad del artista, secretas y sin terminar. Estas cosas no deben considerarse tanto obras de arte como la superestructura alucinada y compulsiva que da a luz a la canción o al libro o al guión o a la partitura. Son un sistema de apoyo de información tangencial y maníaca. Espero que les encuentres algún valor. Para mí, estas piezas tienen una energía creativa distinta de la de la obra terminada: cruda y directa, pero no menos convincente”.

Más extraño que la bondad ofrece una sensación parecida a la que depararía una furtiva incursión en los cajones del escritorio personal de Cave, o a la de ese placer voyeur que hallamos cuando espiamos las bibliotecas y los objetos personales en una casa ajena. Hay de todo: fotografías de su infancia, de su padre, cuya muerte cuando Cave tenía 19 años fue crucial en su fiebre creativa (“mi vida artística se ha centrado en tratar de articular una sensación de pérdida casi palpable”), estudios de mujeres desnudas que dibuja obsesivamente desde niño, ediciones de libros importantes en su educación sentimental como la Lolita de Nabokov, esbozos de letras, fragmentos de diarios, dibujos y versos hechos con sangre en su etapa de adicción a la heroína, bustos de Jesucristo, estampitas religiosas, bocetos de las portadas de sus discos, varias ediciones de Biblias y Evangelios con anotaciones a mano y subrayados, mechones de pelo conservados como exvotos...

Nick Cave con su esposa Susie

Nick Cave con su esposa Susie

El contenido del libro es particularmente elocuente respecto a un factor clave en la obra del artista: el imaginario bíblico como inspiración recurrente, lo que a su vez sería determinante para su transición de “poeta y visionario del sexo y la muerte”, como señaló en su momento el crítico británico Simon Reynolds, a “crooner que habla del color de la ceniza”. Tras una primera etapa de sonido rabioso y feroz, que exploraba los rincones perversos de la imaginación, en 1984 Cave funda The Bad Seeds (con los mismos músicos de Birthday Party, más la incorporación determinante del alemán Blixa Bargeld, también miembro de los vanguardistas Einstürzende Neubauten y durante años su hombre de máxima confianza), y con su reformulada banda empezó a cultivar metódicamente lo que también Reynolds calificó como “un clasicismo en ruinas”.

En esta evolución estética, el músico prácticamente clavó la cuadratura del círculo: amplió su imaginario, conservando la actitud inequívocamente punk de sacudir y perturbar, pero llevándola a una dimensión formalmente más sofisticada y menos agresiva, aunque en el fondo más osada, al insertarla en la tradición telúrica del blues y en el universo mítico-literario del Sur gótico de Estados Unidos. O lo que es lo mismo: Cave se descubrió como un devoto correligionario de lo que Camus llamó la “extraña religión” de Faulkner; una religión, o sea, que “plantea violentamente preguntas metafísicas y examina con honestidad y decisión el corazón humano”. Y así se poblaron los discos del australiano de charlatanes, asesinos, prostitutas, jugadores de cartas, esclavos, multitudes que por hábito linchan, condenados a muerte que pronuncian sus últimas palabras y sangrientas leyendas populares (a las que de hecho dedicó un álbum entero, el formidable Murder Ballads). Una exploración de un paraíso corrupto hasta la médula que es recreado en canciones-río de vuelo lírico y alma de melodrama épico

Dos textos de Cave acompañan el despliegue de imágenes del libro, una breve y lírica introducción y una apasionada declaración de amor a su actual esposa, Susie Bick; pero a la postre el más interesante del volumen, porque aporta claves para comprender el porqué de la intensa relación del artista con la religión y con el universo faulkneriano, es el tercero, un ensayo de la escritora Darcey Steinke. Lo cierto es que la fe de Cave no se abraza a Dios. Al artista le interesó siempre el Antiguo Testamento por su “Dios maníaco y punitivo que enviaba a la sufrida humanidad que Él había creado una serie de castigos que me dejaron con la boca abierta”.

Al músico, pues, le interesa la Biblia no como testimonio de una fe reglada o guía íntima, sino por sus historias codificadas arquetípicamente y que han sucedido, suceden y sucederán siempre: o sea, Cave acude una y otra vez a los grandes relatos bíblicos en su condición de manantial de mitos de gran belleza sobre la experiencia humana. Si hay un centro al que apunta Cave, ése es entonces el del sosiego que que ofrece la liturgia, y cualquier aficionado a la música de Cave habrá sentido esa serena vibración tanto en sus catárticos guiños al góspel como sobre todo en discos eminentemente como The Boatman's Call, incuestionable pieza mayor en su discografía, o Ghosteen, un bellísimo álbum de duelo casi literalmente espectral y poblado de ángeles.

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El texto de Steinke se dedica principalmente a analizar la siempre intensa búsqueda espiritual y todas estas pasiones teológico-literarias de Cave, quien en una ocasión calificó sus canciones como “conversaciones con lo divino que, al fin y al cabo, podrían no ser más que el balbuceo de un loco hablando consigo mismo”. “La teología de Cave, como toda fe verdadera, se alimenta de la duda y está siempre transformándose. Sus canciones, como los salmos, no son nihilistas, sino que actúan como un contrapeso al obstinado optimismo de nuestra cultura, una cultura que niega la oscuridad que todos, en esta vida, estamos llamados a afrontar”, escribe Steinke, y sólo podemos darle la razón.

El ensayo, en última instancia, es interesante sobre todo porque no habla únicamente del australiano, sino también de los fundamentos primordiales de la tradición en la que él decidió insertarse. Hoy es fácil reírse y enarcar una ceja condescendiente al recordar las antiguas denuncias del carácter diabólico del blues y el rock'n'roll primigenio. La cuestión, sin embargo, es que había una causa profunda para tanto alboroto, una mucho más importante, de hecho, que la nueva y desahogada sexualidad que afloraba en esas canciones fundacionales, y esa causa era la raíz literalmente litúrgica de una música que en tantísimos casos (desde Elvis Presley, “el Jesucristo del rock'n'roll”, a Jerry Lee Lewis pasando por Sister Rosetta Tharpe, Little Richard o James Brown) fueron “criados en las tradiciones musicales de la Iglesia pentecostal del Sur” de Estados Unidos, como recuerda Steinke.

En sus inicios, a Nick Cave le reprocharon algunas voces sus maneras de predicador trastornado sobre el escenario. Tardó unos pocos años en hacer ver a todo el mundo que donde tantos vieron a un vampiro depravado tan sólo había, en realidad, un hombre intentando hacer de sus heridas algo poderoso, bello y mejor. Un hombre, por lo demás, que no tardó en darse cuenta de que, como apunta Steinke en el libro, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” es, después de todo, casi con toda seguridad “el mejor verso de blues de todos los tiempos”.