Buddy Holly (1936-1959) / WIKIPEDIA

Buddy Holly (1936-1959) / WIKIPEDIA

Músicas

Buddy Holly

Antes de conocerlo a fondo, a mí Buddy Holly me caía bien porque su aspecto era lo menos rockero del mundo: alto, desgarbado y miope a más no poder

8 marzo, 2021 00:00

                Cuando Don McLean hablaba de the day the music died (el día en que murió la música) en su himno de 1971 American pie, se refería al 3 de febrero de 1959, cuando la avioneta que había despegado de un aeródromo de Clear Lake, Iowa, fue encontrada unas horas después en un campo de maíz con el piloto muerto y aún sentado a los mandos. Por las ventanillas habían salido despedidos los tres pasajeros, Buddy Holly, The Big Bopper y Ritchie Valens, cuyos cadáveres aparecieron desperdigados por el campo. The Big Bopper (J.P. Richardson, al que se recuerda por un único éxito, Chantilly lace) y Ritchie Valens (Ricardo Valenzuela, primer rockero chicano de la historia que convirtió en un hit la canción popular La bamba) fueron los secundarios de lujo que acompañaron al gran Buddy Holly (Charles Hardin Holley, Lubbock, Texas, 1936) al otro mundo, pero solo eran dos serios aspirantes al cargo de one hit wonder, mientras que Buddy había grabado ya tres álbumes sensacionales y llevaba camino de convertirse en uno de los principales representantes de ese arte en mantillas conocido como rock & roll.

Si se subió a esa avioneta -pilotada por un novato- fue porque andaba metido en una de aquellas giras cutres de los años 50 que se hacían en autobús, porque estaba cansado y porque la temperatura en el estado de Iowa era de unos treinta grados bajo cero. Pero ahí terminó una carrera que acababa de empezar y que, como demostrarían las últimas grabaciones en Nueva York, anunciaba una evolución constante a la que hubiese sido maravilloso asistir en las décadas de los 60 y los 70. No pudo ser, aunque la influencia de Holly sobre los que le sucedieron -especialmente en Paul McCartney, poseedor desde hace tiempo de los derechos de todos sus temas- fue tan evidente como fértil.

              Antes de conocerlo a fondo, a mí Buddy me caía bien porque su aspecto era lo menos rockero del mundo. Alto, desgarbado, con cara de badulaque y miope a más no poder, nada tenía que ver con la agresiva fiereza de Elvis Presley o Jerry Lee Lewis. Empezó dándole al country, pero evolucionó rápidamente hacia el rock y el pop, sin dejar de prestar atención al blues o a la música de raíces. Pese a su pinta de empollón -o de chico al que cualquier madre dejaría salir con su hija-, Buddy se hizo rápidamente con una fiel base de fans. A diferencia de la mayoría de sus colegas, escribía sus propias canciones, solo o en compañía del productor Norman Petty o de su amigo Bob Williamson, miembro de su grupo de acompañamiento, The Crickets (literalmente, Los Grillos).

              En España siempre pasó bastante desapercibido, puede que por su aspecto de oficinista al que le han colgado una guitarra eléctrica, pero logró que ser fan suyo revelara un punto de excentricidad que te alejaba de la masa. Elegir a Buddy en los 50 era como inclinarse por los Kinks en los 60, cuando la lucha se libraba entre los Beatles y los Stones, por Roxy Music en los 70, ignorando la pugna moderniqui entre David Bowie y Lou Reed. No tuvo mucho tiempo para desarrollarse como artista (el accidente aéreo le pilló a unos meses de cumplir los 23 años de vida), pero logró dejar un montón de canciones buenísimas, sobre todo en el sector más melódico de su producción. Su matrimonio con la puertorriqueña María Elena Santiago no llegó a un año, pero uno se los imagina felices en sus últimos días juntos en Nueva York, donde Buddy compuso su material más adulto, que se quedó a medio producir, lo que convierte esas maquetas en algo realmente entrañable.

             Tras pillar alguna antología editada en España, donde poco caso se le hacía, una encantadora empleada de Ariola -que a finales de los 70 era una discográfica potente con sede en Barcelona- me hizo uno de los mejores regalos que jamás hayan caído en mis manos: una caja con todas las canciones de Buddy Holly repartidas en seis elepés que reflejaban su rápida evolución desde el country de sus inicios al pop adulto que empezaba a cultivar durante sus últimos meses de vida en su apartamento del Village, con María Elena a su lado y la promesa de un futuro esplendoroso para él y para sus oyentes.

             Puede que haya quien piense que definir el momento de su muerte como the day the music died es una exageración. Yo no lo creo. Buddy Holly fue el tipo más original e insólito de su generación, un outsider con halitosis -detalle cutre que aparece en todas sus biografías- que componía preciosas canciones de amor y agitados ritmos bailables, un músico en evolución permanente del que siempre lamentaré no haber podido escuchar lo que habría grabado en las dos décadas siguientes a aquella en la que perdió la vida. Aún conservo esa caja que me regaló la adorable Luana Pagani -¿qué sería de ella?, ¿volvió a Argentina?, ¿está aún en este mundo?- y escucho con cierta frecuencia los álbumes que contiene. Puede que, para otros, el día que murió la música fue cuando palmaron Janis Joplin o Jimi Hendrix, pero para mí (y para Don McLean), ese día siempre será el 3 de febrero de 1959.