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Elvis en 'El rock de la cárcel'.

Elvis, sexo y rock and roll

El sexo y la música comparten una misma hormona, la dopamina, encargada de generar gozo, hecho que el rock and roll aporta desde sus comienzos

6 min

Cuando Elvis regresó de su servicio militar en Alemania, decenas de chicas se agrupaban en torno a la casa Graceland. A veces invitaba a alguna, otras dejaba entrar a todas. Marty Lacker, un amigo de sus años de instituto, llegó a contar unas ciento cincuenta en una sola noche. Pese a todo, Elvis ya tenía novia, Anita Wood y además seguía prendado de otra chica, Priscilla Beaulieu de 17 años, 14 cuando la conoció cerca de Fráncfort. Una noche, Anita sorprendió a Elvis pidiéndole consejo a su padre. «Estoy pasando por uno de los peores momentos de mi vida», le decía en clara referencia a su disonancia cognitiva.

Tantas fans donde poder elegir, las mujeres se convirtieron en un gran problema, no sólo para Elvis. Jerry Lee Lewis, otro de los chicos de oro del rock and roll, casi acabó con su carrera por andar con otra menor, Myra Gale Brown. Jerry Lee Lewis era un incitador que llevaba al extremo el paroxismo del sonido. Copulaba con su piano hasta llegar a incendiarlo. Pero, ¿y Elvis? ¿Qué les hacía perder la cabeza a tantas lolitas?

Ritmos de modelos africanos

A los 17 años, Elvis era un experto segador de césped. Vivía en Memphis con sus padres en una habitación alquilada. A los 19 se hizo camionero. Le gustaba conducir, estar fuera y ello le reportaba unos ingresos de 35 dólares semanales. No había nada extraordinario en él. Era un chico trabajador, ingenuo, religioso, apasionado de la música y de Marlon Brando, a quien siempre intentaba imitar. En el 54 comenzó su carrera artística. Fichó por Sun Records para la grabación de un primer sencillo, That´s All Right. Fue todo un impacto. Elvis mezclaba rhythm and blues, góspel y baladas country. Como resultado, un bebedizo al que añadía sensualidad como base del cóctel. Su voz podría sonar angustiada, afilada, cruda, pero, por encima de todo, sonaba a sexo.

Elvis Presley en una imagen de la película King Creole, de 1958 / Wikipedia
Elvis Presley en una imagen de la película King Creole, de 1958 / Wikipedia

En el 55 el chico de Memphis se hizo con un manager, el coronel Tom Parker. Un tipo de título honorario que había metido las narices en todo sin obtener grandes ganancias en nada: espectáculos porno, carnavales, patentes farmacéuticas, incluso llegó a montar el Gran Circo de ponis Parker. Bajo auspicio del coronel comenzó la gira. En cada cita las chicas se volvían locas. Elvis se contoneaba, temblaba, se estremecía y entraba en un estado de delirio similar al que observaba de adolescente en los garitos de música negra. Sus movimientos se convertían en éxtasis, en pura provocación. Éxtasis porque el cuerpo comulgaba con un ritmo derivado de modelos africanos, y provocación porque todo lo relacionado con el sexo servía de movimiento insinuante y extasiador.

En algunas ciudades llegaron a prohibir sus actuaciones por considerarlas de mala referencia, pero para cuando los censores quisieron echar el freno ya se había puesto en marcha la primera hornada del rock: Chuck Berry, Little Richard o Wanda Jackson, entre otros. Chuck fue el primer negro que hizo rock and roll para blancos.

Little Richard era un homosexual cuyos alaridos sonaban a orgasmos, y Wanda Jackson, una chica rebelde que en sus canciones declaraba ser un volcán en erupción capaz de liar las de Hiroshima y Nagasaki juntas. Todo fue así de rápido y sencillo. Con tres acordes y un intérprete convulsionando, se montó una industria de 20 millones de dólares anuales. Para finales de los 50, el rock and roll se convirtió en toda una liberación sexual, no apta para almas caducas.

Un ritual erótico-místico    

Según una investigación de percepción musical y cognición, llevada a cabo por la Universidad de McGill, en Montreal, la música resulta placentera gracias a los opioides naturales que segrega el cerebro. Los mismos que también se crean cuando se toman drogas o se tiene sexo. Dicho de otro modo, el sexo y la música comparten una misma hormona, la dopamina, encargada de generar gozo, hecho que el rock and roll parece aseverar desde sus comienzos.

Luis Antonio de Villena, en su obra Heterodoxias y contracultura (Barcelona, 1982) escrita junto a Savater, comparaba los conciertos de rock con una especie de ceremonia erótico-religiosa, donde un oficiante subido al altar de la música arrastraba al público hacia la enajenación y la plenitud, entendiendo plenitud como sinónimo de orgasmo.

Jimmy Hendrix, Mick Jagger, Ramones y todos los que llegaron después tomaron el testigo de sus predecesores para continuar propagando con sus letras los cuatro preceptos fundamentales de esta nueva religión: la intensidad de vida, la actitud liberadora de todo convencionalismo, su ideal de eterna juventud y la jovialidad sexual. Quizás sea eso lo que busquen todos sus devotos, sentir el gozo del eterno adolescente o como se gritaba en el famoso tema de los Rolling, evitar a toda costa “no obtener satisfacción”.