Los odiados almogávares

Los odiados almogávares

Ensayo

Los odiados almogávares

La Gran Compañía Catalana, liderada por Roger de Flor, causó terror en el Mediterráneo Oriental en el siglo XIV

4 marzo, 2018 00:00

Entença, Rocafort, Roger de Flor o Muntaner, la relación casi consecutiva de estos nombres no es un capricho en el callejero barcelonés del Eixample. Recordar a estos caudillos almogávares y a su cronista no sólo se hizo para exaltar la gloriosa expansión catalana por el Mediterráneo Oriental entre los siglos XIII y XIV, también lo fue para invocar el mito de la valentía aguerrida del catalán.

Aunque nunca fueron olvidadas sus hazañas en los siglos sucesivos, fue en el siglo XIX cuando su leyenda fue divulgada y grabada en la memoria histórica catalana y española. No es casualidad que en el Salón de Pasos Perdidos del Senado cuelgue un gran cuadro de Moreno Carbonero (1888) que representa la entrada de Roger de Flor y los almogávares en Constantinopla. Sin embargo, entre los nacionalismos español y catalán, ha sido éste último el que ha monopolizado desde la Renaixença el mito de los almogávares, como síntesis entre el combate y el comercio o como signo de la expansión exterior inherente a la burguesía catalana. Fueron años de eruditas aportaciones como las de Antoni Rubió i Lluch, seguidas en las primeras décadas del siglo XX por exaltados trabajos sobre la Cataluña griega de Ferran Soldevila y de Lluís Nicolau d'Olwer. El resultado fue un estereotipo nacional de amolgávar, muy alejado del origen y realidad de este cuerpo de soldados mercenarios --milicias municipales--, que no fue exclusivo de Cataluña sino de todos los lugares de frontera en permanente conflicto entre los siglos XII y XV. Así de los almogávares aragoneses, valencianos, granadinos, catalanes o murcianos, cristianos o musulmanes, solo se acuerdan unos pocos historiadores.

Insaciables y brutales

Evocar en exceso a la Gran Compañía Catalana de 1302 ha reducido la pluralidad histórica de la almogavería a ese único cuerpo de soldados catalanes y aragoneses. Después del desmantelamiento del numeroso contingente que había participado en la Guerra de Sicilia enviado por el rey Pedro III el Grande en apoyo de Federico II, unos 15.000 almogávares comandados por Roger de Flor partieron como mercenarios para defender Bizancio de la imparable ofensiva turca. Los coetáneos cronistas griegos reconocieron su valentía, su excelente organización y sus tácticas militares. Realizaban rápidas y peligrosas emboscadas e ingeniosas estratagemas que desconcertaban a los enemigos en los combates. Al grito de "¡Desperta, ferro!" ganaron fama de belicosos, pero también de codiciosos. Los problemas en el pago de las soldadas desencadenaron saqueos, matanzas y violaciones. Los griegos, al verse despojados violentamente de sus bienes, comenzaron a odiar a sus propios aliados. Cuenta el cronista Gregorás que los hombres de Roger de Flor fueron brutales, antes incluso de la llamada Venganza catalana: "Había que ver arrebatados por completo no sólo los bienes de los sufridos griegos, las hijas y las mujeres deshonradas, los viejos y sacerdotes llevados atados y soportando todos los castigos que la malévola mano de los latinos inventaba, siempre nuevos, contra los míseros".

Insaciables, los almogávares ejercieron también de piratas y saqueadores de las costas del mar de Mármara. Las desavenencias económicas con el poder bizantino le llevaron en ocasiones a aliarse con los turcos. A Bernat de Rocafort le llamaban el Astuto porque había aceptado romper su puntual alianza con los otomanos para someterse de nuevo al emperador Andrónico II, y como muestra le mandó cabezas de turcos a cambio de una gran recompensa. La astucia fracasó cuando una mujer griega descubrió que entre las testas decapitadas estaba la de su marido. No es extraño que entre los caudillos de la Compañía Catalana ninguno despertase simpatía alguna entre los griegos, a excepción del que ni una sola calle recuerda: Ferran Ximénez de Arenós.

'Venganza catalana'

Los griegos, según las fuentes catalanas, también fueron unos traidores. El asesinato en 1305 de Roger de Flor y de un centenar de almogávares en Adrianópolis por orden del coemperador Miguel IX demostró que éste era, según el cronista Muntaner, un traidor, desleal, cruel, malvado y envidioso. Tras la ruptura con el Imperio Bizantino, la venganza de la Compañía Catalana se desató arrasando Tracia y Macedonia, y culminó con la conquista del ducado de Atenas y la anexión del ducado de Neopatria, una ocupación que se prolongó hasta 1390. El cronista Teódulo Magistro dejó constancia de la masiva destrucción que practicaron en esa inolvidable conquista: "Todo estaba lleno de muertos y cadáveres, y los riachuelos de sangre... iban hacia todos los lados y llevaban a los hombres al mar para ser pasto de los peces, unos estando semimuertos y otros muertos desde hacía mucho... les faltaban las extremidades, a unos la cabeza, a otros las manos, a otros los pies y había algunos que creo que les faltaban todas".

La crueldad de los almogávares con la población griega ha quedado grabada durante siglos en la memoria histórica de aquellos pueblos. "¡Que la venganza de los catalanes te alcance!" es una de los peores maldiciones que puede dedicar un griego. También en Albania aún perdura esa imagen tan negativa con el Katallani, un monstruo de un solo ojo que asusta niños. Y hasta 2005 no se levantó la prohibición que tenían los catalanes de entrar en los monasterios del Monte Athos --las catalanas siguen excluidas--, y fue gracias a una aportación de 240.000 euros que el conseller Joaquim Nadal hizo con dinero público. Expiar la culpa de las crueles andanzas de Berenguer de Entenza, Bernat de Rocafort, Roger de Flor y sus hombres ha tenido su precio. En fin, eso ocurre por confundir pasado y presente, memoria y nación.