Ilustración de Victoria Kent

Ilustración de Victoria Kent FARRUQO

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Victoria Kent: ¡Viva la esperanza!

Victoria Kent, la directora de prisiones y militante racional perseguida por la Gestapo que liquidó la leyenda coloreada de la historia

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“Yo no soy mujer de tertulias o café”. Victoria Kent no soporta los antros caldeados, llenos de ruido y chismes; tampoco ama los toros ni los teatros de variedades, esos lugares a los que Américo Castro calificó de “inmundos”. Kent empieza a modernizar las prisiones limpiando las casas abonadas a los sabañones y la cochambre.

Le gusta el viento fresco que aromatiza el cerro desde donde se ven el Guadarrama azul y sus atardeceres. Quiere una vida mejor para los presidiarios; limpia las cárceles españolas de infausta memoria, presenta su tesis doctoral y defiende, en un juicio público, al letrado Álvaro de Albornoz.

En 1940, se refugia por un tiempo en la Embajada de México en París; se instala en un apartamento minúsculo, junto al Bois de Boulogne durante la primera etapa de su exilio, tras el fin de la Guerra Civil. Buscada por la Gestapo y denunciada por la policía de Franco, se confunde con la gente que ni le dirige la mirada; su aspiración suprema está arrimada a la seguridad que ofrece el anonimato.

Saluda a funcionarios locales y a conductores de autobús por la impávida indiferencia de sus actitudes. Inventa a Plácido, protagonista de su única novela, Cuatro años en París (1940-1944), publicada por primera vez en Sur —gracias al empeño de Victoria Ocampo—, una recreación del dolor compatible con obras como El diario de Ana Frank o con El pianista del gueto de Varsovia de Wladyslaw Szpilman; Kent se dice a sí misma que poco importa el presente espinoso cuando uno encuentra la fuerza para forjar el futuro.

Portada de 'Cuatro años en París (1940-1944)'

Portada de 'Cuatro años en París (1940-1944)' Gadir

“España no es una leyenda”, mientras en Francia, On ne sait jamais, el país reclama un estado de pasión para combatir al invasor teutón. En una cena con amigos, Kent reconoce al piloto Jacques-Henri Schloensing, cuyo avión cae poco después, incendiado sobre el suelo de la patria, el 26 de agosto de 1943, justo el día en que París celebra su liberación.

Jacques-Henri es el hombre que afronta el peligro, no por un exceso de juventud, sino porque es consciente de su responsabilidad. Aquella misma noche, los aliados han desembarcado en Túnez; se acerca la hora de la Francia joven, frente a la nación ocupada. Jacques-Henri, galardonado con la Cruz de Guerra Checoslovaca, es el comandante de la cuadrilla Alsace. Mañana, sobre el Mediterráneo, aparecerá fijado un cartel luminoso que dice “¡Viva la esperanza!”

Casi una década antes, durante la II República, en abril de 1931, Victoria Kent es nombrada directora general de Prisiones por el Gobierno provisional de Alcalá-Zamora. Desempeña este cargo durante poco más de un año en el que constata la miseria y el abandono de las prisiones españolas. Introduce reformas con la intención de humanizar el sistema penitenciario.

Especialmente en lo que se refiere a la reinserción y la rehabilitación de los presos, con la pretensión de hacer que la cárcel se erija también en escuela, siguiendo la labor ya emprendida por Concepción Arenal, en el siglo XIX.

Logra llevar a cabo algunas reformas, como la mejora de la alimentación de los reclusos, la libertad de culto en las prisiones, la ampliación de los permisos por razones familiares, la creación de un cuerpo femenino de funcionarias de prisiones y, especialmente, ordena la retirada de grilletes y cadenas, con cuyo metal manda modelar una escultura en honor de Concepción Arenal.

La clara y la yema

Uno de los momentos más controvertidos en la vida y obra de Victoria Kent es su oposición al sufragio femenino ante las Cortes españolas, en 1931, cuando se enfrenta a otra feminista, Clara Campoamor, en una batalla dialéctica y trascendental sobre una cuestión que repercute enormemente en los derechos de las mujeres.

Kent establece que la mujer española carece en aquel momento de la suficiente preparación social y política y que, debido a la influencia de la Iglesia, su voto será conservador, en beneficio de la derecha. Es el gran error de Kent, cuya vida, marcada por la razón frente a la emoción de la ideología, no podía frenar los derechos civiles en un salto histórico hacia el futuro.

El debate ganado por Campoamor hace posible la incorporación de las mujeres al debate político. La decisión de Kent muestra la supeditación de una mente analítica al pulso de la política y de sus consensos. Sin casi apercibirse, representa al voto censitario de los cabezas de familia y del clero. Y sale derrotada.

A Campoamor y a Kent, la prensa las apoda irónicamente la “Clara” y la “Yema”, en diarios de la época, como El Debate, Libertad, Arriba o Sol. Kent pierde el fervor de su popularidad y tiene que ver cómo se la relaciona irónicamente con el conocidísimo chotis, El Pichi, en la revista frívola Las Leandras del compositor Francisco Alonso, estrenada en Madrid y cantada por la insuperable Celia Gámez.

La calle lanza oles a Campoamor y protestas contra Kent; es el guiño popular de la Verbena de la Paloma en las plateas de la Latina y Embajadores o en Lavapiés, entre las fechas de San Antón y la Almudena.

Miquiño mío

Kent nunca se deja dominar por la emoción. Su pulso de militante racional evoca a Goethe: ¿Quién nos salvará? Nosotros damos el hierro, los pigmeos forjan/ las cadenas. No ha llegado el tiempo de liberarnos;/ seamos, pues, flexibles. Este fragmento de Fausto, encabeza el capítulo, Gotas sobre el zinc, en la novela de la exiliada, ex directora de Prisiones, diputada en el Congreso republicano y dirigente del Partido Radical.

La ignorancia del porvenir es uno de los pilares de nuestra existencia y precisamente por esto Kent liquida la leyenda coloreada de la historia. Habla del Estado incorporado a las grandes corrientes doctrinales, que difunden nuestros académicos exiliados en Oxford, Cambridge, Harvard, Montreal, Buenos Aires, La Plata, Santiago o La Paz.

En este punto le sobra razón. A petición de Naciones Unidas, viaja a Nueva York para colaborar, en 1950, con la sección de Defensa Social que estudiará la situación de las prisiones en medio mundo, en especial en Latinoamérica.

Descorre el visillo que cubren la verdad de la unión entre el amor libre y el alma de las letras, citando a Pardo Bazán cuando, muchos años antes, se dirige por carta a Pérez Galdós llamándole Miquiño mío, como revela la correspondencia, —desvelada por Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández (Ed Turner)— entre la condesa de Los pazos de Ulloa y el narrador realista del ochocientos y del fin de siglo.

Portada de 'Miquiño mío'

Portada de 'Miquiño mío' Turner Noema

El exilio español es el retablo mayor de la catedral republicana destruida por el 18 de julio. A Kent jamás se le olvida el orgullo de pertenecer a una vanguardia silenciada en España, pero reconocida en las democracias occidentales. En 1954, funda en NY la revista Ibérica que dirigirá hasta 1974, acompañada de colaboradores como Salvador de Madariaga, Dionisio Ridruejo o Tierno Galván.

Victoria vuelve a España para una corta visita, en 1977, y muere en NY un año más tarde.