Recorte de una noticia del periódico Pueblo sobre Maruja Falena

Recorte de una noticia del periódico Pueblo sobre Maruja Falena

Letras

El “zarzal espinoso” de Maruja Falena: la poeta olvidada que escribió desde el deseo y la herida

Un recorrido detrás de la enigmática identidad de Maruja Falena: la poeta aragonesa que dejó versos escritos sin pistas que condujesen hacia ella

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Una persona busca a otra. No puedo precisar cuánto, pero hace mucho tiempo que no la ve. Quizá haya preguntado aquí y allá con mayor o menor precaución y las respuestas obtenidas no le hayan convencido. Puede que sospeche que le han mentido, o tal vez barrunte que las personas que más información podrían proporcionar ya hayan muerto.

También cabe la posibilidad de que la persona a la que busca no quiera que la busquen. Es, en cualquier caso, una indagación difícil, casi un salto al vacío: no hay cámaras de seguridad que puedan haber registrado una imagen, teléfonos móviles con los que llamar ni redes sociales que peinar en busca de un nombre exacto. Tampoco hay democracia.

Es otoño de 1967, y una nota aparecida en el periódico Pueblo funciona como una botella lanzada al mar con un mensaje en su interior. El puñado de líneas que lo componen alberga la duda que ensombreció toda una época, sugiere una creatividad que expiró o fue cancelada y también aloja la valentía requerida para echar la vista treinta años atrás.

Así que hubo una poeta, que tal vez hoy sea una señora, por la que pregunta alguien que no reside en España. Afloran preguntas inevitables: ¿Quién es L. de A.? ¿Un exiliado? ¿Una exiliada? Y, sobre todo, ¿qué significa realmente que su paradero “se desconoce” desde aquella fecha? ¿Por qué 1935 y no 1936, decisivo y fundacional en tantos sentidos? ¿Dejaron de verse, pues, antes del estallido de la guerra? Y, si hay razones políticas soterradas, ¿por qué acudir a un periódico y exponer con total claridad el rastreo?

El camino hasta Maruja Falena

Demasiadas preguntas, capaces, por tanto, de solidificarse a fuerza de ser rumiadas y tomar la forma un imán: el misterio es magnético, y más cuando hay desaparecidos. Es esta idea, la de una desaparición misteriosa, casi una evaporación, la que se repite en muchos medios de comunicación que han publicado informaciones sobre Maruja Falena. Por ejemplo, el periodista Antón Castro la definió en Heraldo como “la poeta más enigmática de las letras aragonesas”. Algo similar se dice en el portal Mujeres e Igualdad del Ayuntamiento de Zaragoza: “No se tienen apenas datos de su biografía”.

Hasta el nombre, Falena, parece cuadrar: un ser que se transforma, aletea y tiene una esperanza de vida extremadamente breve. Al igual que otros antes y después, Castro publicó que Maruja Falena era el seudónimo de María Ferrer Llonch, “nacida en Zaragoza en 1905 y fallecida en Madrid no se sabe si en los años 70 o 90, como intuyen algunos de los estudiosos de su obra”. Entre esos estudiosos, Castro cita a Chus Tudelilla, doctora en Historia del Arte, comisaria de exposiciones y directora de la galería La Casa Amarilla. Ella fue una de las primeras personas con las que contacté para tratar de desbrozar la maleza que cubre la semblanza de esta poeta zaragozana brillante y en buena medida etérea.

Empezar fue fácil. Muy amablemente, Tudelilla me explicó que Falena había publicado en la revista Noreste en una fecha tan temprana como otoño de 1932. Por entonces, Ramón J. Sender ya era un periodista conocido en el panorama nacional, María Moliner dirigía el Archivo de Valencia y habían pasado dos años desde el estreno de Un perro andaluz, de Buñuel.

Desde la capital aragonesa, Tomás Seral y Casas e Ildefonso Manuel Gil coordinaban Noreste. El segundo, también poeta aragonés, dejó por escrito algunos de los recuerdos que conservaba de la presentación de la revista en aquella Zaragoza a la que él y un puñado de colegas pretendían insuflar modernidad. Son pinceladas imposibles de contrastar, pero a través de las cuales es posible asomarse por una hendidura en la muralla del tiempo, aunque la imagen no sea del todo nítida:

“Maruja Falena acudió con una enorme pamela que causó auténtica sensación al entrar en la pista de baile del merendero popular al aire libre al que acudieron. Ya sentados, Maruja Falena les enseñó fotografías de su perro-lobo que ladraba furiosamente a los niños vestidos de primera comunión. Un perro surrealista, en opinión de Seral. Y tal como habían previsto, solicitaron su colaboración en la revista. Maruja Falena sacó de su bolso varios poemas, entre los que eligieron los dos mencionados. Nuevos poemas: Ingerencia, Punto y aparte y Rumbos, se publicaron, respectivamente, en el segundo, tercer y Cuarto cartel lírico del Noreste”.

Seral, quien califica al perro de surrealista, es Tomás Seral y Casas. A pesar de ser técnico industrial y licenciado en Ciencias Sociales, sobresalió como editor y animador de la vida cultural zaragozana. Por ejemplo, en 1933, La Voz de Aragón celebraba la publicación, por parte de su “querido compañero” Tomás Seral y Casas, del tercer número de Noreste. El redactor lo había saboreado “como manjar literario propicio para no muchos lectores”.

Un año antes, un crítico de Ahora decía que Seral, quien acababa de publicar Mascando goma de estrellas, reunía tres cualidades envidiables: “juventud, cultura y talento”. “En Zaragoza, donde reside el poeta, no hay quien ignore la verdad de esta triple jerarquía”. En la descripción que aparece en su web, la Real Academia de la Historia lo eleva a la condición de referente de la vanguardia literaria y artística en Aragón.

A tenor de estas menciones, intuyo que Seral puede funcionar como una brújula con la que orientarse en el ambiente intelectual y progresista en el que se movió Falena. Pero solo lo intuyo. Su amigo, el anteriormente citado Ildefonso Manuel Gil, escribió que el autor sostenía la necesidad de “romper el dique de las aguas estancadas en la vida cultural zaragozana”.

También consignó que “la amistad de Tomás con Maruja Falena tenía un claro tono de intimidad”. Ahora bien, ¿qué es la intimidad? ¿Qué era? ¿Qué lo fue para una joven con carácter, que en los años 30 llevaba pamela y tenía un perro-lobo, y sin embargo escogió para sí el nombre de una mariposa nocturna, un insecto a priori frágil atraído por la luz artificial?

Un rastro difícil de seguir

Si la identidad es un puzzle, en el de Falena faltan muchísimas piezas. Podría, pensé, tratar de preguntar aquí y allá, como hizo en 1967 L. de A, quienquiera que fuese. Quizá en el proceso lograse despejar esa segunda incógnita. Chus Tudelilla me tendió algunos hilos de los que creí que podría tirar, pero la información que obtuve se tornó contradictoria, a veces obtusa.

Había en 1967, y sigue habiendo, una bruma similar a la que suele dibujar Patrick Modiano en sus libros. Al evocar esta neblina regresé a la advertencia que hace uno de sus personajes en Tinta simpática: “Por mucho que examinemos con lupa los detalles de lo que ha sido una vida, quedarán secretos y líneas de fuga para siempre. Y eso me parecía lo contrario a la muerte”.

Puede ser cuestionable, pero bajo el punto de vista del autor francés, en lo no revelado o lo inescrutable anidarían resquicios de la energía que se destinó a algo o alguien. Descifrar esos signos no sería, por tanto, resucitar un latido, sino, quizá, apagarlo. Sin tener muy claro por dónde continuar, leí los poemas de Falena que pude localizar: los publicados en la revista albaceteña Ágora (1934) y los que aparecen en un facsímil digitalizado de Noreste. Este es el primero, Soy… lo que no soy:

Soy pobre falena con el ala rota,

que inestable y feble, por el aire flota.

Caña sin azúcar, colmena sin miel;

soy de jugo amargo, de exprimida hiel.

Zarzal espinoso que no tiene flores,

nido del que huyeron greguescos cantores.

Soy árbol sin savia, que no cría fruta;

invernada triste, que todo lo enluta.

Campana sin voz, arpa sin cordaje,

surtidor sin linfa, mar sin oleaje.

Amustiada rosa que perdió fragancia,

candela apagada de fúnebre estancia.

¡Soy lo que no soy!

porque soy incierta,

soy arcilla viva con el alma muerta.

Parecía asumir para sí la vacilación, lo cambiante y también un carácter fragmentado y herido. En Noreste, un crítico escribió que en sus poemas de Rumbo vibraba “una magnífica densidad lírica, sin concesiones a lo apacible y a lo azul. Nervio, pasión y ternura, limpios de escayola y de desmayos. Y un suave pesimismo erótico, ajustado a un sano equilibrio, distante de lo cerebral, de lo fingido, que excluye el temor de que haya en él un simple «leit motiv» de cómodo acceso y de cómoda expresión”.

Falena, según el crítico, era una poeta con una “sensibilidad despierta, viva y fuerte”, con “el corazón en honda”. Me resulta una imagen poderosísima: el corazón capaz de disponerse como un arma sencilla y a la par temible, íntimamente ligada a la velocidad, la distancia y el impacto letal. Todo lo contrario a la afabilidad de una mariposa. Me pregunto qué le pareció a Ferrer esta crítica.

Un tiempo después contacté con José Enrique Serrano Asenjo, profesor del Departamento de Filología Española de la Universidad de Zaragoza. Con mucha cordialidad, este experto me remitió a su libro, Estrategias vanguardistas: Para un estudio de la literatura nueva en Aragón (1925-1945), donde el profesor hace una contribución de referencia al estudio de la poesía de Falena.

Gracias a su texto pude vislumbrar un poco mejor a la poeta, en cuyos versos “el deseo supone una fuerza ligada en principio y fin al cuerpo y sus urgencias”. También identifica Serrano Asenjo el amor en Falena como “la mayor potencia transgresora”, puesto que este alcanza cotas de pasión arrebatadas: “Quiero yo que sucumbas y enloquezcas… / loco, sí; muerto, sí, te quiero yo”, escribe en Quiero...

Además, el catedrático expone que, “sin acercarse en absoluto al panfleto y acompañado de restos de surrealismo, el compromiso implanta su huella” en algunos poemas en los que Falena toca la poesía de carácter social:

Hombre de los puños crispados

que se estiran esgrimiendo los cedros

como si fueran rayos.

¡Mueres entre un caos de alondras delirantes!

Ser diría que un lunático río verde

corre por tus venas

mientras los montes se anulan a tu espalda.

Con el puño hacia el cénit

aguardas el salto de tus anhelos.

El nuevo arco-iris del triunfo

que ilumine la fragua del proletariado.

¡Hombre de España!

Tu potro es la montaña crinada de pinares,

tu pecho la dinamo que encenderá una voz

sobre los cuatro puntos de tu pueblo.

Alentado por mi propia insistencia —le había escrito casi en tono de súplica—, el profesor despidió su correo animándome a continuar con “la pesquisa”. Según Serrano Asenjo, es “una de las mejores tareas que podemos hacer sobre la gente desaparecida que forma parte de nuestra historia”. Me gustó esa palabra, pesquisa, y sin embargo dudé. Su respaldo me dio confianza, ya que es alguien que sabe infinitamente más que yo sobre literatura y sobre ese periodo histórico, pero a la vez me hizo cuestionar si realmente era honesto por mi parte meter las narices en la historia de una poeta que, probablemente, eligió su silencio.

Podría decirme a mí mismo que investigar sobre su vida supondría una manera de honrar su figura, pero no tengo claro que sea así. Presiento, más bien, que es una intromisión relativamente indebida. Pese a ello, lo hice, y mi única justificación es endeble, casi pueril: tenía reciente la lectura de un libro prodigioso sobre ausencias, presencias y memoria, 209 Rue Saint-Maur, París. Autobiografía de un edificio. Mirándolo bien, resulta curioso cómo afectan a nuestros estados de ánimo y a las decisiones que tomamos en momentos concretos los libros que andamos leyendo.

Éste es un ensayo deslumbrante en el que la autora, Ruth Zylberman, bucea en infinidad de archivos para tender un puente entre el pasado y presente y descubrir de ese modo las vidas de los vecinos de un bloque parisino, muchos de los cuales fueron víctimas del Holocausto. En cierto momento, Zylberman se pregunta lo siguiente: “¿Cómo acceder siquiera a una partícula de vida, de emoción, recolectada milagrosamente del tejer indistinto de las vidas cotidianas y preservado hasta hoy para que yo lo encienda y me nutra de ella?”

Yo quería, efectivamente, una partícula de vida. El poema, por muy confesional que sea, exige edición, ritmo y talento. La vida no. Es difícil de pulir, la vida, y el talento no tiene demasiada incidencia.

Continuará...