Portada del libro ´¿Qué falla en la democracia?´

Portada del libro ´¿Qué falla en la democracia?´ Herder

Ideas

¿Crisis de la democracia o crisis de la economía?

Klaus Dörre, Nancy Fraser, Stephan Lessenich y Harmut Rosa: el capitalismo propio de la Modernidad Tardía solo puede sobrevivir en contextos de democracia mínima, únicamente formal

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El País, 19 de agosto de 2025. Publica una entrevista a Curtis Yarvin, gurú del movimiento MAGA, y el titular casi hace que me caiga de la silla: “Se necesita una dictadura corporativa para reemplazar una democracia moribunda”. De repente, se me ocurre que hemos llegado ya ese momento en el que Hitler llegaba a las portadas de las revistas inglesas, sonriente, rodeado de perros y niños, vestido de blanco, simpático, y en plena forma. Más o menos igual que Stalin en otros materiales por esas mismas fechas.

Los fascistas clásicos también sonaban muy molones y joviales al principio, también se presentaban como recambios ineludibles para “democracias moribundas”. Las ideas de Yarvin, corporativismo clásico, son las mismas de los que asesoraban a Primo de Rivera padre e hijo, son las de Eduardo Aunós, ministro precisamente con Miguel Primo de Rivera y también con Franco, son las de Mussolini con una apariencia pseudointelectual, propia de un tertuliano, las del joven Ridruejo y las de la tecnocrática Organización Todd.

Sociedad corporativa, gobierno fuerte, neospenglerismo… A mí todo esto me suena a caspa épica de 1925, a cuando, por ejemplo, Sánchez Mazas celebraba la muerte de soldados y kabileños en el Riff porque su sangre limpiaba el honor nacional. ¿Será posible que alguien tome en serio estas ideas a estas alturas?

¿Qué falla en la democracia?

Todo esto solo puede embaucar a alguien muy ignorante. Sin embargo, ¿qué ofrece la izquierda? En mayo de 2018, dos investigadoras de la Universidad Friedrich Schiller de Jena invitaron a cuatro sociólogos prestigiosos (Klaus Dörre, Nancy Fraser, Stephan Lessenich y Harmut Rosa) para que debatieran sobre el siguiente tema: “¿Qué falla en la democracia?”; el resultado del debate fue publicado en castellano por la editorial Herder en 2023, traducido por Alberto Ciria.

Portada del libro ´¿Qué falla en la democracia?´

Portada del libro ´¿Qué falla en la democracia?´ Herder

Se trata de un libro rico y valioso, en el que se exponen posibles salidas y hojas de ruta a veces coincidentes y otras veces no tanto, pero que dejan entrever una posible agenda para una izquierda europea presente y futura, pero que de momento no se aclara.

Lo primero que se desprende de estas controversias es que ninguno de los sociólogos invitados cree realmente que la democracia esté “moribunda”. Más bien tienden a pensar que la democracia real, la que no ha dejado fuera de la ciudadanía plena a amplias zonas sociales dentro y fuera de los Estados democráticos, no ha llegado a ser nunca.

Más bien hablan de un Contrato Social de Postguerra en el que un crecimiento capitalista indefinido garantizaba la seguridad y unos derechos básicos a una parte importante de las poblaciones metropolitanas, antiguos centros de producción capitalista. Sería ese contrato y no la democracia en sí lo que habría entrado en crisis, puesto que lo que no ha vivido plenamente nunca tampoco puede morir.

Aproximadamente a partir del año 2000, a las economías occidentales les empezó a resultar muy difícil seguir creciendo. Obtener beneficios era una tarea ardua y compleja, y se empezó a ver que el único camino posible para darle oxígeno al capitalismo era la austeridad neoliberal, un proceso acelerado de vaciado de rentas públicas. Y en esto seguimos. Obviamente, este deterioro de las condiciones de vida desconectó a las mayorías de las formaciones políticas democristianas y socialdemócratas, unidas en esa política común de austeridad a ultranza.

De esa fractura económica surgió la crisis que se quiere presentar como una “democracia moribunda”, un problema de ideologías o valores, cuando lo que realmente está en peligro es la maquinaria financiera. De ahí que se idealice el modelo social del “CEO de hierro”, el dirigente “con pelotas” que destruya con coraje todas las burocracias y obstáculos para el libre desarrollo del capital.

Economía y bienes públicos

En palabras de Klaus Dörre, la salida de la crisis no es un populismo autoritario, sino la extensión de la ciudadanía económica: “Desde una perspectiva analítica, hay pocas razones para creer que se pueda lograr una democratización. Así que lo voy a intentar desde una perspectiva sistemática: hay que ampliar los ámbitos en los que pueden intervenir las decisiones democráticas. Como ya decía Marx, eso significa ampliar la democracia a la economía.

Eso debe aplicarse sobre todo a las decisiones estratégicas importantes, como las relativas a las inversiones de las grandes empresas, que prácticamente tienen un poder político oligárquico y de cuyas decisiones acerca de qué, de para qué y de cómo se produce depende de la prosperidad y la ruina de países enteros. El objetivo de la transformación sería poner estos centros de poder bajo un control económico democrático. Y ahí nos jugamos realmente todo”.

Dörre concreta un poco más algo más adelante: “La democracia económica significaría también asegurar legalmente una “garantía de lo público”. Eso incluiría un acceso libre y general al aire limpio, al agua, al suelo y a la comida”. Dörre propone “que esté prohibido hacer privatizaciones en sectores vitales. Hay que prohibir constitucionalmente una situación como la que hay en Sudáfrica, donde la mayor reserva de agua dulce del país pertenece a un consorcio multinacional, que vende el agua mientras los pobres sufren carencia de ella.

Una garantía constitucional de los bienes comunes posibilitaría además lo que Harmut Rosa llama el marco normativo de una vida buena: si hay acceso a los bienes básicos de la sociedad —aire, agua, educación, espacio habitacional, etc.— como bienes públicos, entonces todos podemos vivir bien sin tener que andar buscando permanentemente el consumo de bienes posicionales”. Se quejan estos cuatro sociólogos de que los temas realmente importantes para una democracia, que son los económicos, han caído totalmente fuera del control y de las deliberaciones de las democracias.

Esta democracia económica no ha existido nunca; es la evolución pendiente y la involución autoritaria peleará a fondo para borrarla de cualquier horizonte. Los paladines del populismo de extrema derecha se aferran a la idea de declarar muerto lo único que podría dar vida real a una democracia: la igualdad económica.

Sigue en pie el enorme tabú de la discusión sobre los flujos del dinero. Esta nueva izquierda materialista tiene un trasfondo profundamente jurídico y una vocación más bien constitucionalista: los autoritarios “derriban”, y los postmarxistas institucionales “construyen”. Una situación curiosa. Ya lo decía Bourdieu: la Sociología, la Historia, la Filosofía y la Literatura resultan muy peligrosas para el poder, porque a alguien leído no se le puede dar gato por liebre tan fácilmente.

Lo primero que hacen los regímenes autoritarios es rebajar, amoldar, amenazar y minorizar, cuando no perseguir, las disciplinas humanísticas, las que más pueden perjudicarle, tal y como está sucediendo actualmente en EEUU.

CEOs y presidentes

Qué casualidad: cuando parece que es más necesario que nunca someter a “control democrático” las operaciones financieras y las decisiones sobre los gigantes de la comunicación, surjan los proyectos que llevan a CEOs al trono y se esbocen y recomienden “dictaduras corporativas”. ¿No resulta por lo menos sospechoso? En esta etapa de (discutida) hegemonía neoliberal, el Estado tiene menos poder que una gran corporación cualquiera; la política se convierte en una farsa.

La ideología globalista ha arruinado y desertizado demasiadas vidas, no logra pasar el filtro de la legitimación pública, y por eso se están buscando soluciones autoritarias. La derecha busca someter la democracia a la economía, y la izquierda someter la economía a la democracia. A una izquierda real le convendría resucitar y fomentar la discusión política, a la derecha extremista darla por muerta y por indeseable. Este va a ser el principal conflicto en todos los ámbitos de nuestra vida pública, desde el educativo al energético, a partir de ahora.

La democracia no ha logrado nunca controlar a los monopolios y los oligopolios, y por lo tanto nunca se ha logrado como estructura realmente igualitaria. Sí ha podido proporcionar oportunidades y servicios públicos de calidad durante décadas para una parte de la población, a costa del saqueo de las periferias y del Sur global, pero solo podrá mantenerlos si se los arranca a una oligarquía que necesita la democracia para legitimarse y dotarse de un sistema jurídico estable.

Sin embargo, los cuatro sociólogos convergen en una idea inquietante: el capitalismo propio de la Modernidad Tardía solo puede sobrevivir en contextos de democracia mínima, únicamente formal. Según este enfoque, la democracia no estaría moribunda, sino que la estarían matando. Se trata de un matiz importante.

¿Se ha ido demasiado lejos? ¿Matarán los ideales pluralistas? En palabras de Stephan Lessenich, “quien se encuentra en una estructura social de posiciones desiguales, cuya dinámica estructural se configura de tal modo que las opciones de acceso a las mejores posiciones están distribuidas a su vez de manera sistemáticamente desigual, tiene la responsabilidad política de cambiar ese régimen de distribución y los mecanismos que lo generan, buscando la equiparación estructural de las posiciones y las opciones de acceso”.

Es el embotamiento de la “meritocracia” lo que proporciona auditorio a los populistas de izquierda y derecha, pero precisamente ese embotamiento viene a demostrarnos que la meritocracia es más necesaria que nunca, precisamente ahora que la oligarquía ha conseguido destruirla.

Harmut Rosa piensa que la democracia no es posible cuando no se producen procesos de escucha y respuesta entre las personas que viven en una misma sociedad. A esas reacciones mutuas las llama “resonancias” y son todo lo contrario que los “ecos”. Mientras que los ecos son reproducciones de discursos solipsistas que conforman identidades cerradas, las resonancias posibilitan influir en el otro y generar el cambio social.

“La promesa fundamental de la democracia consiste aquí en que todo el mundo tiene una voz y un voto que no se limita a dar, sino que aporta en forma de respuesta, de actuación y reacción”. Y concluye: “la consecuencia de entablar esta relación resonante es la ineludible transformación de las voces implicadas: resonancia significa dejarse “llamar” y conmover por otro o por otros, de modo que al responder y al reaccionar uno mismo se transforma”.

¿Qué habría pasado, pues? ¿Por qué la “democracia” habría entrado en crisis? Porque las oligarquías habrían sabido crear bloques incomunicados, choques identitarios absolutamente insalvables entre vecinos, para sacar partido del guerracivilismo cultural.

Lo que parece fuera de duda es que los espacios de deliberación colectiva propios de una democracia han desaparecido casi por completo. Un gallinero de tertulianos fanáticos no tiene nada que ver con un ágora basada en argumentaciones racionales y dirigida a personas dispuestas a escuchar, aprender y evolucionar. Cada tribu, cada facción, tiene sus propios líderes, sus propios portavoces y digitales y webs y medios de comunicación.

La mente humana se ha desertizado y vuelve a buscar las cavernas míticas, las venganzas primitivas, porque no se tiene acceso al micro. Con la agravante de que una maquinaria autónoma proporciona toda clase de sesgos y bulos mientras degrada la información disponible. Cada identidad cree tener la verdad absoluta, y esa atomización devastadora resulta incompatible con la democracia deliberativa. El problema es que los nuevos líderes autoritarios dicen ser “la voz de los que no tienen voz”, cuando en realidad son la voz de sí mismos y de su falso tradicionalismo.

Eslóganes y parrafadas

Volvemos al principio: Curtis Yarvin desarrolla su idea de “monarquía corporativa”, con su “dictador-CEO”, mientras sociólogos alemanes se rompen la cabeza para tratar de imaginar un futuro plausible para una democracia real, deliberativa, inclusiva, que no distinga entre centro extractivo y periferia saqueada, que evite la competencia por los empleos en la base de la pirámide. Que un dictador proporcione las soluciones adecuadas a los problemas de las democracias no es más que otra postverdad propia de charlatanes.

Los retos de las sociedades complejas son, me temo, más difíciles de resolver, y necesitan datos y no mitos. Los participantes en el debate de 2018 están a años luz de las discusiones fosilizadas y los eslóganes tópicos de nuestra izquierda esclerotizada y nuestra derecha tan siempre igual a sí misma.

Realmente hoy parece que ganen por goleada los partidarios del neoimperialismo. Vemos ciudades militarizadas, campos de concentración, amenazas cruzadas, abandono de los foros de cooperación internacional, criminalización naturalizada de minorías; nadie mueve ni un dedo. Nadie parece estar interesado en soluciones creativas, lentas, ingeniosas. Nos parece “normal” que vega un tipo y dé por finiquitada la experiencia democrática.

Berardi tenía razón cuando señaló que el Imperio se había desterritorializado, cada teléfono inteligente lleva en sí mismo concentrado al Imperio, el dispositivo de control y vigilancia, nuestra ficha policial, en un sistema que se alimenta con el deterioro progresivo y rápido de nuestras neuronas individuales y colectivas. Me comentan desde EEUU que ya han asumido la voladura total del entramado social, se han resignado a vivir un Apocalipsis y esperan salir más limpios de él. Parece que se esté hablando de purgas y de estado permanente de guerra, como en los años treinta. Es lo que han elegido. Pero no tengo ganas de tener razón, ojalá me equivoque, y se deje de utilizar la palabra “meritocracia” para señalar a una “oligarquía”.

Quizás tras la autoadministración de ese Apocalipsis catártico y caótico se llegue a un punto donde los destrozos sean tantos que no suenen a utopía las palabras de Harmut Rosa o de Nancy Fraser, y se empiece a trabajar en una alternativa democrática real. Regular la economía o liberarla de cualquier control democrático, esta es la dialéctica real de nuestra época. Intervención colectiva o competencia individual irracional y postcivilizatoria. Ejércitos al servicio de corporaciones o Parlamentos limitando excesos y monopolios.

Parece que la izquierda occidental se haya resignado también a la inmolación, al escenario postdemocrático, y disimule centrada en discusiones bizantinas. Cuando se dejó caer a Grecia, todo el mundo entendió que la UE había sustituido la democracia por la conveniencia financiera. No es que nadie se creyera la ficción, es que todo se había vuelto demasiado evidente y cínico. Desde entonces, la tecnocracia europea no ha sabido salir de sus propios laberintos contradictorios, y ha dejado el campo abonado para la proliferación del populismo de extrema derecha.

Desde luego, el espectáculo político español tampoco invita al optimismo, convertido en un partido de tenis donde solo se juega con excrementos y fango. Como chapoteamos en corrupción, votaremos primitivismo puro, testicularismo y mitología… No andamos tan lejos de Washington y preparamos ya nuestros purgantes castizos… Al menos en Alemania intentan pensar con algo de claridad.

Ojalá alguien que hubiera leído vagamente a Aristóteles, Arendt, Habermas y Weber ganara las elecciones en EEUU y tomara el control de Occidente mañana mismo, para ahorrarnos una etapa de suicidio social fanático que dejará numerosas víctimas. Lo dudo mucho. Bernie Sanders no será Emperador. Ojalá todo fuera una carnavalada, un teatrillo de mal gusto. De momento, tenemos delante las dos opciones rivales que están sobre la mesa: democratizar la economía o economizar la democracia, esta vez manu militari.