Fotografía de Leila Méndez

Fotografía de Leila Méndez Simón Sánchez Serrano

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Leila Méndez: “La fotografía es una profesión y es una forma de vida”

La fotógrafa Leila Méndez publica ´Disparos contados´, un breve ensayo reivindica la fotografía como un arte y como una profesión que requiere tiempo, reflexión, osadía y creatividad

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Reconoce que en su bolso siempre lleva una pequeña cámara; le gusta el retrato urbano, si bien reconoce que la fotografía urbana ya no es lo que era. “Todos miramos el móvil y somos demasiado conscientes de que podemos ser objeto de una cámara”, comenta Leila Méndez. Desde hace muchos años la fotografía es su profesión, pero también su manera de estar en el mundo. “Porque la fotografía es una forma de vida”, añade Méndez.

Fotógrafa editorial y publicitaria, docente y comisaria de exposiciones, su obra ha sido expuesta en Les Rencontres d’Arles. Hace unos meses, publicó Disparos contados (Anagrama), un breve ensayo en el que reivindica la fotografía como un arte y como una profesión que requiere tiempo, reflexión, osadía y creatividad. En el tiempo dominado por la inmediatez y por la sobreabundancia de imágenes, Méndez propone volver a la fotografía con una mentalidad analógica: no se trata de recuperar necesariamente la técnica analógica, pero sí de fotografiar como antes.

Portada del libro ´Disparos contados´ de Leila Méndez

Portada del libro ´Disparos contados´ de Leila Méndez Anagrama

Es decir, con tiempo, pensando en cada disparo que se vaya a hacer, meditando qué fotografiar y qué no, jugando con el accidente y el error. La fotografía es mirada y cuerpo; la experiencia fotográfica no se limita al momento del disparo: comienza con la mirada curiosa y termina con la selección de imágenes. Un proceso donde reflexión, creatividad y singularidad se dan necesariamente la mano.

¿Cuándo supo que la fotografía era su vocación?

No fue una decisión, sino un descubrimiento. Descubrí que la fotografía era mi vocación mientras la ejercía. No hubo un momento revelador, ni fue una vocación temprana. Cuando era pequeña y vivíamos en Brasil, mi padre empezó a interesarse por la fotografía y nos retrataba constantemente. Con el tiempo acabaría dedicándose a ella profesionalmente, aunque entonces yo jamás imaginé que terminaría recorriendo un camino parecido. Durante la adolescencia mi verdadera obsesión era la música. Vivía inmersa en el mundo de los conciertos y los festivales; me apasionaban el cine y, en realidad, cualquier forma de expresión artística.

La fotografía apareció de una manera completamente natural. No la perseguí; fue ella la que me encontró cuando un amigo músico me pidió que retratara a su banda. Lo disfruté tanto que empecé a fotografiar a otras bandas, a colaborar con publicaciones y a realizar portadas y encargos. Sin darme cuenta, aquello dejó de ser una sucesión de oportunidades para convertirse en una profesión. Entendí más adelante que también era una forma de vida. No fue una revelación; simplemente, un día me di cuenta de que aquello tenía todo el sentido para mí.

Usted es profesora de fotografía así que déjeme preguntarle sobre la importancia de la formación.

He de reconocer que nunca tuve una formación académica. Me salté algunos pasos. A los dieciocho años tenía hambre de experiencias y una prisa inmensa por vivirlas. El mundo académico de entonces me parecía muy rígido, ortodoxo y bastante alejado de la realidad profesional. Por suerte, la formación creativa ha cambiado muchísimo desde entonces, y para bien. Recuerdo perfectamente el examen de acceso a Bellas Artes. Me sentaron delante de un folio en blanco, me dieron un carboncillo y me pidieron reproducir la pera y la manzana que tenía delante.

¡Me quise pegar un tiro! Aunque hoy entiendo la importancia de empezar por las bases, en aquel momento sentía que aquello no tenía nada que ver con lo que yo buscaba. Yo soñaba con los videoclips de la MTV, con las revistas de tendencias internacionales y con toda esa efervescencia creativa. Quería formar parte de ese mundo, así que decidí lanzarme y aprender haciendo.

¿Se arrepiente?

Sí, a menudo. Me faltó esa etapa de la vida en la que convives con gente a la que le apasiona lo mismo que a ti, compartes inquietudes y creces a base de prueba y error durante los años de formación. Creo que ese sentido de comunidad es muy valioso. Empecé a trabajar muy joven, sola, con muchas lagunas técnicas y un desconocimiento absoluto de cómo funcionaba el universo que más me atraía, el editorial. Fue un aprendizaje, a veces, despiadado. Pero también me siento muy afortunada porque todo fue sucediendo de una forma bastante orgánica: un trabajo me llevaba al siguiente y, casi sin darme cuenta, estaba construyendo una carrera.

Fotografía de Leila Méndez

Fotografía de Leila Méndez Simón Sánchez Serrano

Casi todos amamos la fotografía y estamos de acuerdo en que es un medio maravilloso. Pero convertirte en profesional implica que alguien te pague por tu trabajo, tu criterio y tu experiencia. Esto aplica a cualquier sector de la fotografía, no solo al encargo; también en el ámbito artístico hay una enorme dedicación detrás. Ese es el desafío que me acompaña desde que empecé. Delante y detrás de la cámara. Y vale la pena.

La fotografía es mirada, más allá de la técnica. ¿Se puede enseñar a mirar o hay algo que uno debe traer de casa?

Creo que la mirada se puede educar. Hace falta curiosidad, claro, pero casi todo lo demás se puede aprender. Siempre hay perfiles particularmente rígidos. Personas con muy poca curiosidad por lo que ocurre a su alrededor. Eso suele reflejarse también en el interés por la música, el cine o cualquier otra disciplina. En esos casos es más difícil despertar las ganas de observar y cuestionarse las cosas. Pero, en general, la mirada se puede estimular.

Se aprende estudiando el trabajo de los fotógrafos que admiras, entendiendo sus procesos, practicando, preguntándote por qué una serie de imágenes funciona como conjunto, visitando exposiciones, nutriéndote de otras disciplinas. Todo eso va construyendo una manera propia de mirar, una sensibilidad y una forma de trabajar. La técnica es solo el requisito de entrada. Lo que realmente marca la diferencia es desarrollar un criterio y hacer un trabajo coherente con él.

A propósito de reglas, usted en su ensayo es muy crítica con Pinterest precisamente por proponer esquemas cerrados, imágenes que responden siempre al mismo patrón.

Pinterest es el demonio. Como cualquier algoritmo, parece infinito, pero en realidad es muy limitado. Es práctico, rápido y útil, pero también endogámico. Favorece que acabemos mirando todos hacia el mismo sitio. Un rollo.Buscar inspiración únicamente en la musa algorítmica, teniendo todo un mundo ahí fuera, me parece una enorme renuncia. Una mirada propia se construye observando el mundo.

¿Ser disruptivo, romper las normas o ir contra lo mainstream da miedo?

¡En absoluto! Al contrario, es muy necesario. Ser disruptivo es una actitud, pero también tiene mucho que ver con el momento vital de cada uno. La fotografía, en mi opinión, funciona cuando hay coherencia entre el lenguaje que utilizas y la persona que eres. Y lo cierto es que, a lo largo de una vida, somos varias personas distintas. Cuando era joven sentía la necesidad de diferenciarme de lo que entendía como lo establecido. Con el tiempo me fui reconciliando con una fotografía menos pendiente de la novedad y más interesada en perdurar.

Creo que es un proceso bastante natural. Al principio quieres encontrar una voz propia. Después empiezas a preguntarte qué proyectos seguirán teniendo sentido dentro de diez o veinte años. Si te dejas atrapar por una moda, es muy probable que ese trabajo envejezca con ella. Eso no significa que carezca de valor; al contrario, puede ser un magnífico documento de su tiempo. También puede ocurrir que un proyecto recurra a un lenguaje fotográfico clásico y que la verdadera ruptura esté en la idea que lo sostiene. De hecho, es justo el camino que estoy explorando en mi proyecto actual.

Haciendo referencia al título de su ensayo, lo analógico reduce la posibilidad de hacer tantas fotografías como en lo digital y, por tanto, apela a la contención y a un ritmo más pausado.

Es la gran ventaja del límite, y creo que ocurre en casi todos los ámbitos. Si entro en una tienda y solo tengo cinco jerséis para elegir, decidiré enseguida y saldré satisfecha. Si tengo quinientos, probablemente acabaré bloqueada. El exceso de posibilidades no siempre nos hace más libres; a menudo nos paraliza. Con la fotografía pasa exactamente lo mismo. Cuando sabes que solo dispones de unos pocos fotogramas, piensas mucho más qué merece la pena fotografiar y qué no.

Esa limitación te obliga a tomar decisiones. Pero la reflexión no termina cuando aprietas el disparador. También está en la edición, en la selección y en la manera de construir un proyecto. Muchas veces una gran fotografía se queda fuera simplemente porque no hemos sabido reconocerla. El gusto siempre es subjetivo, pero también existen cualidades que hacen que unas imágenes sean excepcionales. Aprender a reconocerlas forma parte del oficio.

¿La técnica tiene mucha importancia?

No. La técnica es importante, pero no creo que sea lo que hace grande una fotografía. Una imagen no destaca por ser técnicamente perfecta, sino porque consigue emocionarte, hacerte pensar o despertar tu curiosidad. Por supuesto, hay que conocer la técnica. Cuanto más la interiorizas, menos piensas en ella y más espacio dejas a la intuición y a la creación. Cada proyecto pide recursos distintos. Habrá veces en las que necesites un gran despliegue de luces y un gran equipo; otras, bastará una cámara compacta. Lo importante es encontrar la forma adecuada de contar lo que quieres contar, no perseguir una supuesta perfección formal.

Esto me lleva a Instagram, donde todos cuelgan sus fotos hechas con el móvil.

Disparamos tantísimas fotografías con el móvil que es casi imposible no conseguir alguna memorable. Es una cuestión de estadística más que de talento. Y no se trata de criminalizar esa forma de fotografiar. Al contrario, me parece fantástico que la fotografía haya dejado de ser algo elitista y esté al alcance de cualquiera. La cuestión es preguntarnos qué buscamos cuando fotografiamos constantemente, hasta el punto de generar un volumen de imágenes que ya ni siquiera somos capaces de gestionar. El problema no es la cantidad, sino la falta de intención. Disparar sin saber qué buscas. Muchas decisiones conviene tomarlas antes de pulsar el disparador, en lugar de confiar en que el azar resuelva el trabajo.

¿Hay azar incluso para los profesionales?

Azar y profesionalidad son casi conceptos antagónicos. Cuanto más conoces la técnica y el proceso, menos dependes del azar. Mucha gente dice que le gusta la fotografía analógica porque nunca sabe exactamente qué va a obtener hasta que revela el carrete. Yo no comparto del todo esa idea. Cuando dominas el proceso, intuyes bastante bien cuál será el resultado. Otra cosa muy distinta es el accidente. Introduce una tensión, una imperfección, algo inesperado que puede enriquecer la narrativa.

Fotografía de Leila Méndez

Fotografía de Leila Méndez Simón Sánchez Serrano

La historia de la fotografía está llena de artistas que han propiciado esos errores y han construido su lenguaje a partir de ellos. Lo paradójico es que hoy, con toda la sofisticación de la fotografía digital y la inteligencia artificial, la postproducción trate muchas veces de recuperar precisamente esas imperfecciones para escapar de un acabado excesivamente limpio y sintético.

¿Usted le teme a la IA?

No la temo. Entre otras cosas, porque ya está aquí; fingir que no existe no sirve de nada. Es una realidad. Lo que me produce es pereza. A mí lo que me gusta es hacer fotografías. ¿Para qué voy a recurrir a la IA si precisamente lo que no quiero perderme es la experiencia de salir, mirar y fotografiar? Es ahí donde disfruto de verdad, más allá de la productividad.

Quiero estar al día y no perder ningún tren, pero eso no significa que vaya a renunciar a hacer fotografías para sentarme a escribir prompts. Entiendo que haya imágenes o vídeos que, por una cuestión práctica, se generen con inteligencia artificial. Lo que me preocupa es otra cosa: el refrito del refrito. Necesitamos más personas con criterio al volante y una regulación que proteja el trabajo de los creadores.

De hecho, usted en el ensayo defiende la fotografía como proceso que tiene que ver con la reflexión y con el cuerpo y que empieza antes de hacer la fotografía y termina después de hacerla.

Sí. A mí me gustan mucho las personas. Necesito comunicarme y trabajar el mayor tiempo posible de forma presencial. Soy bastante expansiva. Evidentemente, no conecto con todo el mundo, pero una de las cosas que más me gustan de este oficio es que me permite conocer a personas interesantísimas y aprender de ellas. Cuando hago un retrato que acompaña una entrevista, por ejemplo, aprendo tanto escuchando al entrevistado como haciendo la fotografía.

Esa conversación también forma parte del retrato. Por eso la fotografía que me interesa siempre implica estar con otras personas. El momento de mirar por el visor y disparar es profundamente solitario, pero todo lo que ocurre antes y después es un intercambio. Ahí es donde nace la fotografía que realmente me interesa.

La Street photography se caracteriza precisamente por captar a las personas en la calle. En su ensayo, usted señala que ha cambiado mucho este tipo de fotografía en los últimos años.

Ha cambiado inevitablemente por culpa del teléfono móvil. Hoy todos sabemos que podemos ser fotografiados en cualquier momento y eso modifica el comportamiento de quien mira y de quien es mirado. La calle ya no es la misma. Adoro a fotógrafos como Joel Meyerowitz o Bruce Gilden, que salían a fotografiar con una libertad que hoy resulta casi impensable. Además, hay otra diferencia evidente: antes la gente miraba el mundo; ahora, muchas veces, mira una pantalla. ¿Qué street photography puedes hacer si medio mundo camina con la vista clavada en el móvil?

Dicho esto, yo sigo practicándola. Me encanta salir a caminar con la cámara y fotografiar señoras mayores con un punto excéntrico. Las sigo un rato, procuro que no me vean... y hago la foto. Todavía hay pequeños tesoros por la calle. Lo que también ha cambiado es el destino de esas imágenes. Antes un retrato callejero tenía una circulación muy limitada. Hoy cualquier fotografía puede acabar recorriendo internet en cuestión de minutos, descontextualizada, sometida a interpretaciones y juicios, o incluso a la burla. Eso obliga a replantearse muchas cosas.

A propósito de esto, para quien quiere dedicarse a la fotografía, ¿internet es un buen escaparate?

Sí, es un buen escaparate, pero hay que pensar muy bien en el cómo y en el cuándo. Cuando un estudiante o un fotógrafo joven tiene un buen proyecto, siempre le digo lo mismo: «No lo subas a Instagram. Espera a terminarlo». Y les cuesta muchísimo. Hay una ansiedad enorme por enseñarlo todo de inmediato, por recibir una validación casi instantánea. Pero un proyecto necesita tiempo para madurar. Si lo vas mostrando mientras lo haces, corres el riesgo de desvirtuarlo y de que el interés se agote antes incluso de que exista una obra acabada.

Una fotografía aislada pierde gran parte de su significado. La energía debería estar puesta en hacer el mejor trabajo posible, no en difundirlo cuanto antes. Ya llegará el momento de decidir dónde, cómo y cuándo compartirlo.

El ensayo de Leila Méndez ´Disparos contados´

El ensayo de Leila Méndez ´Disparos contados´

¿El circuito del fotolibro es el mismo circuito que el de las exposiciones?

Puede coincidir, claro, aunque actualmente hoy el fotolibro tiene su propio universo; un nicho enorme, si se me permite el oxímoron. Es un formato que me fascina porque no es un simple contenedor de fotografías, sino una obra en sí misma. Cobra vida más allá de las imágenes. Lo interesante es el equilibrio entre fondo y forma: la edición, la secuencia, el diseño, la tipografía, el formato o los materiales no son decisiones accesorias, sino parte del discurso.

Todo contribuye a construir el significado. Un buen fotolibro es el que mantiene esa coherencia y, además, no se agota en una primera lectura. Invita a volver a él, descubre nuevas capas y sigue estimulándote tanto intelectual como emocionalmente.

Hace tiempo, comentaba con Valentín Roma, que dirigió la Virreina durante varios años, que, si bien vivimos rodeados de imágenes, no hay una cultura de la imagen, no sabemos leer críticamente las fotografías.

Totalmente de acuerdo. Hace falta una cultura crítica para leer las imágenes. Valentín Roma tiene una mirada muy lúcida porque nos recuerda que una fotografía no puede analizarse únicamente desde su apariencia, desde si es bonita o está bien hecha. Hay que preguntarse por qué está hecha de esa manera, en qué contexto histórico surge, qué mirada o ideología hay detrás y cómo ha sido interpretada a lo largo del tiempo. Estamos hiperentrenados para mirar, pero mucho menos para interpretar. Tendemos a pensar que una fotografía habla por sí sola, cuando en realidad siempre está atravesada por quien la hace, por la técnica, por el momento histórico y por las circunstancias en las que circula.

Por eso me interesa tanto esa forma de entender la fotografía: las imágenes nunca son completamente inocentes. Igual que aprendemos a leer un texto, también deberíamos aprender a leer una imagen. Hoy producimos y consumimos fotografías constantemente, pero muchas veces lo hacemos de forma demasiado rápida, sin detenernos a pensar qué hay detrás de ellas.