Fotografía de la escritora Delphine De Vigan

Fotografía de la escritora Delphine De Vigan Anagrama

Letras

Estar vivos pero sin voz

La escritora Delphine De Vigan se lanza al teatro con ´Los figurantes´, su último libro en el que explora lo que hay detrás de las cámaras en un set de grabación como escenario para reflejar las esferas de la sociedad

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Además de Las Gratitudes (Anagrama, 2019) —el gran éxito que fue publicado en España en 2021 y estos últimos años las redes sociales no han hecho más que hablar de él—, Delphine De Vigan (Francia, 1966) ha construido a lo largo de su trayectoria una obra literaria completísima, en género —ficción, no ficción, thriller— y tema —la familia, la anorexia, el paso del tiempo, la vejez, el amor, la inconsistencia de la vida—, y ahora agrega a la biblioteca el teatro con Los Figurantes, su última obra publicada por Anagrama en junio.

Portada del libro ´Los figurantes´de Delphine de Vigan

Portada del libro ´Los figurantes´de Delphine de Vigan Anagrama

De su extenso catálogo querría detenerme en dos libros que me conmovieron: Las Lealtades (2018) y Nada se opone a la noche (2011).

El primero sigue a través de tres narradores distintos la historia de Théo, un adolescente que intenta aparentar que la situación desmadrada que vive con su padre absorto en una depresión no está arruinando su vida y creándole problemas con el alcohol, Cécile, la madre de Mathis —mejor amigo de Théo—, cuya vida, sobre todo su matrimonio, carece de sentido, y Hélène, la profesora de los niños a quien los resquicios de su pasado le empujan a entrometerse demasiado en la vida de sus alumnos. La escritora habló del silencio que existe en esta novela, alrededor de los personajes, como algo que termina dominándolos y arrasando su vida.

En Nada se opone a la noche, la escritora reconstruye la vida de su madre —a la que encuentra muerta en la primera página—, y de su familia, en un intento de comprender qué situaciones tuvo que enfrentar que finalmente le llevaron al suicidio. La autora aquí realiza un trabajo brillante de documentación (entrevistas, cintas de vídeo, cartas, diarios…). Y brillante me parece también la objetividad en la forma en la que presentan los hechos. Para mí es el libro que demuestra que es una contadora de historias nata.

Un libro valiente en lo contenido

Es complicado escribir una buena novela sin caer en tópicos, explicaciones extensas e innecesarias. No caer en obviedades sentimentales cuando se tratan temas íntimos, no dejarse arrastrar por la emoción, la violencia, el drama. Es mucho más complicado cuando se trata de una propia. Y más aún cuando involucra a todo tu alrededor. Es un valor dejar al descubierto una fisura, tan grande que sabe toda una familia, tan propia, y de forma tan abierta tan ¿bondadosa? ¿Capaz?

Debe ser todo un trabajo de elección, imagino, que queda reflejado en una escritura extremadamente soberbia, rígida, contenida, en la que no sobra ni falta ni una palabra. Y aún así leerla es una puñalada en el estómago, es soltar el libro para respirar, es necesitar un momento para poder seguir.

Cuánto de realidad y cuánto de ficción hay en sus relatos, no importa, para qué. Hay un aura oscura… o perturbada, que rodea la literatura de Delphine De Vigan, que no sé si es acaso el mismo aura que le envuelve a ella, porque si bien hay escritores que identificamos con su obra, hay otros que parecen totalmente ajenos a ella.

Hay además de la oscuridad, un silencio que envuelve su obra. Se ve claramente en Las Lealtades, cuando observamos todo lo que arrastran los personajes incapaces de comunicar lo que ocurre en su vida, lo vemos también en el retrato de la historia de su familia, todo lo que se esconde abulta dice ella. "Lo que no decimos nos domina". Por eso la escritora cree en la palabra (escrita) como acto de liberación.

Narrar de lo particular a lo universal

En su escritura no hay un posicionamiento, ni un objetivo de ser moralista. Solo una indagación de los temas que le conciernen, y un acercamiento exhaustivo a sus personajes que abre un amplio abanico para que nosotros los lectores podamos hacer nuestras propias interpretaciones. Creo que esto lo consigue con una escritura brutalmente honesta, aún siendo ficción.

Ahora ha publicado Los Figurantes (Anagrama), y cuando leí la sinopsis me extrañó el tema escogido teniendo en cuenta toda su obra, me siguió ocurriendo al leer las primeras páginas. Había una especie de humor que no asociaba con ella, al igual que la primera presentación de los espacios y los personajes. Pero, al final, como todo lo que hace, tiene un sentido realmente profundo y una sucesión de diálogos se vuelven espejo del funcionamiento de la sociedad y de nuestro papel en ella.

La trama sucede en la sala de espera y en el set de grabación de una película y se centra en los figurantes contratados para rodar algunas escenas. Sigue a Orso, Cécile, Bruno, Joyce y Nora, que se han presentado para actuar como figurantes en una película, por lo que se nos cuenta sabemos que es algo que suelen hacer y siempre esperan que surja un guion, un papel, algo que poder protagonizar. Todo lo que terminan contándose parece fruto de la inquietud de la espera.

Se van articulando así las conversaciones que giran alrededor de las condiciones precarias que acompañan a este trabajo y la pesadez de quedar siempre al margen de los papeles protagonistas, secundarios o incluso de la cámara.

El libro se divide en cuatro actos: Esperar, pasar, bailar y hablar en silencio. La evolución de los diálogos nos lleva hasta momentos poco canónicos que acumulan cuestiones existenciales, casi de forma camuflada, como el uso del poder, la depresión, la frustración, el sentimiento de fracaso, lo absurdo, lo ridículo del capitalismo, el egoísmo... Mirar a quienes están a nuestro lado es una opción y no siempre es la que se escoge.

"A veces a mí también me gustaría tener una. Una máscara de Dermaplex. ¿A vosotros no? Porque me da miedo desaparecer. No morir, ojo, sino... esfumarme. Es como, si a medida que pasase el tiempo, perdiera... densidad".

En este sentido, se construye un universo que logra incluir todos estos aspectos tan vitales y trasladarlos a un guion que sucede en un escenario absolutamente frívolo. De nuevo Delphine De Vigan demuestra su maestría en la construcción de sus personajes perfectamente redondos —algo aún más complicado si tenemos en cuenta que solo son 108 páginas— a quienes les han quitado la voz, pero tienen que fingir que siguen hablando.