Imagen de la famosa fiesta ´Black and white´ de Truman Capote

Imagen de la famosa fiesta ´Black and white´ de Truman Capote Getty Imagenes

Letras

El secreto de las fiestas

La periodista Olga Merino rescata en su serie ´Fiestas colosales´ las celebraciones más famosas de la literatura y de la historia

También: Anne Teresa de Keersmaeker y Jacques Brel

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Olga Merino, valiosa mujer de letras, ha venido publicando estos días en La Vanguardia una estupenda serie de “Fiestas colosales”, siete artículos sobre fiestas famosas de la literatura y la historia, que se me ha hecho corta.

Figuraba en su lista la famosa fiesta en blanco y negro que dio Truman Capote en Nueva York, la fiesta suntuosa de Guerra y paz, también las fiestas de la última película de Kubrick Ojos cerrados de par en par, y otras que yo no tenía noticia —o la tuve y la olvidé—, como la del multimillonario de origen vasco Carlos de Beistegui en su palacio de Viena, escandalosa por su boato cuando Europa aún convalecía de las profundas heridas de la Segunda Guerra Mundial.

Leías esos artículos y era un poco como si asistieses también tú a esas fiestas, muchas de superficie sensacional y fondo pavoroso. Pero siete me parecen pocas, pienso que la escritora hubiera podido invitarnos a algunas más. Por ejemplo, a la cena de Trimalción en El Satiricón de Petronio.

El nuevo rico hortera Trimalción trata de deslumbrar a sus invitados con platos complicadísimos, y hacia el final, en el clima de lo grotesco-cómico, hace que le lean su epitafio y su testamento y termina simulando su propio funeral ante los invitados, llorando por su “propia muerte” y pidiendo que lo lloren de verdad —alarde de humor negro que roza lo macabro, mezcla de vanidad y patetismo—.

Hubiera podido asistir a la célebre matinée de la princesa de Guermantes en El tiempo recobrado, ese tremendo desfile de envejecidas bellezas a las que hemos conocido a lo largo de los seis volúmenes precedentes, Charlus, Odette, Bloch, Gilberte, la propia duquesa de Guermantes, y la advenediza madame Verdurin, convertida, gracias a sus matrimonios y afortunadas viudeces, nada menos que en la nueva princesa de Guermantes.

Y a la fiesta en la mansión de Gatsby (capítulo 3) a la que acude Nick Carraway, el narrador, y al cabo de un buen rato de conversar con el agradable tipo que está sentado a su lado, que tiene más o menos su misma edad, que, como él, estuvo en la primera guerra mundial, y que insiste en llamarle, con extraña impostación, “old sport” (viejo amigo”), Nick le dice que le gustaría conocer al anfitrión, pues nunca se lo han presentado. El otro entonces responde: I’m Gatsby. (Yo soy Gatsby). Qué gran momento.

Podría añadirse el baile de máscaras que celebra el príncipe Próspero para mil de sus damas y caballeros en una abadía fortificada de la que nadie puede entrar ni salir para que no haya posible contagio con la peste que asuela el reino, en La máscara de la muerte roja de Poe. Pero claro, la muerte se cuela, como un invitado más y pasa de salón en salón…

Fiestas históricas y literarias

Son famosas fiestas literarias que recuerdo ahora a vuelapluma. En la historia, la más conmovedora es el baile que dio la duquesa de Richmond el 15 de junio de 1985 en su palacio de Bruselas a los oficiales de Sajonia, Escocia e Inglaterra del ejército del duque de Wellington. Todos bailaron en sus mejores galas. Durante el baile y poco antes de la cena, que empezaba a la una de la madrugada, le llegó a Wellington un mensajero que le informaba que el ejército de Napoleón se estaba acercando más rápido de lo previsto.

Wellington impartió algunas órdenes a sus oficiales y se sentó a cenar. Pasó veinte minutos hablando de banales cortesías con otros comensales. Entonces le llegó otro despacho, según el cual el ejército francés avanzaba por la carretera de Charleroi a Bruselas y estaba acercándose a Quatre Bras, a unos treinta kilómetros de la capital.

Wellington le preguntó a Richmond si disponía de un buen mapa. Sí. Ambos hombres pasaron al vestidor del segundo, cerraron la puerta, extendieron el mapa, Wellington exclamó: “Napoleón me ha engañado, por Dios. Me ha ganado 24 horas… —y añadió, posando el pulgar en Waterloo—: “Si no puedo detenerle en Quatre Bras, le presentaré batalla aquí”. A renglón seguido abandonó el baile con todos sus altos oficiales, la mayoría de los cuales fueron a la mañana siguiente al combate y murieron vestidos aún con su ropa de gala

Lo bueno no sale a la superficie

Cara y cruz de todas esas fiestas cuyo sentido se agota además en su propia celebración. En la Literary Review leí el año pasado a la historiadora británica de la literatura Frances Wilson hablando de otras fiestas, fiestas del ayer, All the Yesterday’s Parties. Contaba que veinte años atrás había propuesto a un editor escribirle un libro sobre fiestas de la historia y de la literatura, y que el proyecto les parecía a los dos plausible.

“Siempre me han gustado las fiestas, en buena parte por su naturaleza imprevisible y su aire de peligro inminente. Celebrar o asistir a una es una actividad de alto riesgo, si se hace como se debe…”.

Pero, después de seis años recogiendo documentación y dándole vueltas al asunto, la señora Wilson acabó renunciando al proyecto: “Sólo había recogido una colección de anécdotas, frases, versos de poemas, escenas de novelas. ¿Qué tesis había, qué historia contaba, sobre qué iría en realidad el libro? Las fiestas son indescriptibles, lo cual, para empezar, es lo que me gusta de ellas”.

Lo cual me recuerda que aunque sean indescriptibles, las mejores tienen un patrón, una fórmula. Francisco Casavella conocía esa fórmula y la explica bien claramente en su delicioso El secreto de las fiestas.