El músico Daniel Melingo en una imagen de promoción

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Músicas

Daniel Melingo, el ‘Gran Linyera’ del tango burlesco

El músico argentino, fallecido a los 68 años, fue uno de los pioneros del ‘rock & roll’ en Buenos Aires y le dio la vuelta al tradicional género criollo

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“Una mala vida”, como dice el verso irónico del gran Javier Salvago, “la tiene cualquiera”. Pero no todas son, por refugiarnos en la célebre frase de Tolstói sobre las desgracias familiares, idénticas. Cada uno de nosotros llevamos encima, igual que un nazareno sin cirineo, nuestro propio drama. Hay quien llora desconsolado ante las penurias y quien se carcajea de las infames traiciones del destino. Daniel Melingo (Buenos Aires, 1957-2026) supo hacer ambas cosas —y muchas más— en los 68 inviernos estrictos de su vida, que terminó este último martes de junio.

No fue ni en París, donde vivió varios años de cabaret y vida regalada, ni con aguacero, como pronosticaba el poema de César Vallejo, sino en el barrio patricio de la Chacarita, en uno de los distritos nobles de la capital argentina. Melingo —su apellido lo designaba por completo, como suele ocurrirle a la gente con estilo, que reserva su nombre para la intimidad— fue encontrado muerto y solo en su domicilio, donde soportó como pudo una enfermedad respiratoria que —según las crónicas de la prensa bonaerense— lo tenía postrado y en fase de cuidados paliativos.

Una elección para toda la vida

Su temprano deceso ha tenido que ver, sin duda, con los excesos y la furia de su vida y su carrera artística, que discurrió desde las aulas del conservatorio —fue un músico erudito e ingenioso— hasta los arrabales del mundo. Su marca era su apellido pero de sus dos nombres —Alejandro y Daniel— eligió el segundo, acaso por el mismo motivo por el cual, de adolescente, cambió el bandoneón que le regaló su familia por un clarinete, que sería, junto con la guitarra, su particular arma de matar.

¿La razón del trueque? Una cierta rebeldía y el afán por cambiar sin cesar. Con el clarinete podía tocar desde música clásica a jazz, además de otros muchos géneros populares. El discreto instrumento de viento y madera —con sus trece llaves mágicas— era un artefacto ligero y podía guardarse en cualquier sitio. Un negocio seguro por donde se mire para un artista que se soñó —y fue— el mayor de los músicos ambulantes de la Argentina y, por elección y voluntad, un extraordinario artista popular.

Hijo de su tiempo, comenzó en el rock nacional —formó parte de la generación pionera— y estuvo tanto en la banda de Charly García, el autor de Filosofía barata y zapatos de goma, el hombre del oído absoluto, como en Los Abuelos de la Nada, la constelación de salvajes que orbitó alrededor de Miguel Abuelo. Fundó Los Twist (junto a Pipo Cipolatti) y, durante su etapa española, practicó la psicodelia ochentena con la banda Lions In Love.

Tocó en Brasil con Milton Nascimento y en Madrid con Los Toreros Muertos, pero terminó regresando a Buenos Aires, como dice el tango, para inaugurar una carrera en solitario que, tras un álbum sin excesiva fortuna —H20—, volcado hacia el reggae y el acid jazz, acabaría encaminándolo hacia el sendero de la vieja guardia.

El tango oscuro de Melingo

En realidad, su conversión en tanguero no fue una elección. Melingo, como tantos otros músicos porteños, habitó la placenta del tradicional genero criollo desde su infancia. Si la búsqueda musical en su caso fue una obsesión —estuvo proyectando cosas con el pie puesto ya en el estribo— era perfectamente natural que, en algún momento, ésta lo condujera, como escribió Novalis, a casa. Dos años antes de que expirase el siglo, se descolgó con esa obra maestra que es Tangos bajos. Un disco de tangos carcelarios y milongas desnudas, escrito con toda la fuerza y el encanto del lenguaje arrabalero —el lunfardo— y cargado de luminosa oscuridad.

Allí estaba todo: oralidad brutal, métrica de octosílabo, violencia verbal, el desaire y la dignidad (herida) del arte criollo y todas las noches de farra, alcohol y cocaína del mundo. El género tradicional argentino, bastardo y mestizo desde su más remoto origen inmigrante, había nacido en los prostíbulos del Río de la Plata, ese mar que une a Buenos Aires con Montevideo. Gardel lo había suavizado hasta convertirlo en un invento galante (mayormente francés).

Después las grandes orquestas —las de Aníbal Troilo (Pichuco), la de Osvaldo Pugliese— lo habían convertido en la banda sonora de la clase media. Piazzola lo transformó en alta música de vanguardia. A Melingo le correspondió devolverlo al origen y descubrírselo a su generación, criada en los boliches y las salas de rock.

El éxito fue instantáneo. Un tango minimalista, cargado de sombra, que hablaba de drogas y asombros, se convirtió —sin perder el vínculo con la tradición previa— en un lenguaje absolutamente contemporáneo. Melingo no hacía arqueología. Resucitaba el código de la milonga y el criollismo para conjugarlo en tiempo presente, ampliando su herencia e innovando en su vertiente escénica. Creó una compañía de teatro musical —el Ring Club— y se lanzó a tumba abierta a la conquista de Europa, en cuyos escenarios ponía en escena su tango irónico, capaz de reírse de sus tópicos, pero sin perder ni un gramo de la sensibilidad de los desesperados.

Portada de 'Ufa!', album de 2003 de Daniel Melingo

Portada de 'Ufa!', album de 2003 de Daniel Melingo

De esta etapa dan buena cuenta los discos Ufa, Santa Milonga, Maldito tango y Anda. Y esto último es lo que hizo Melingo: caminar sin descanso y convertirse en un músico nómada, en un linyera –el término lunfardo que describe a los vagabundos, los mendigos y a los mochileros–, en cuyo arquetipo se inspiró para grabar álbumes como Linyera, Corazón y hueso y Oasis, una ópera inspirada en el rebetiko, la música de las tabernas griegas. Nunca dejó de navegar. Melingo deja un legado musical y literario inmenso. Suya es la música triste de todos los puertos del mundo.