'La poesía de Philip Larkin'

'La poesía de Philip Larkin' DANIEL ROSELL

Letras

La poesía de Philip Larkin o el deseo de estar solo

Los versos del escritor británico, accesibles en una antología de Lumen, custodian un lenguaje que conecta con la sensibilidad del hombre corriente

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Philip Larkin (1922-1985) era tartamudo, calvo, tímido, miope, misántropo y, al decir de algunos, un individuo chapado a la antigua. Periférico –pasó su madurez en la ciudad portuaria de Hull, en el Noreste de Inglaterra, donde dirigía la biblioteca universitaria– y tocado por esa forma inversa de nostalgia que hace que se sienta melancolía por las cosas que nunca sucedieron. Un hombre perfectamente vulgar, previsible, atado a un férreo ritual de rutinas íntimas que le permitía olvidarse, sin conseguirlo por completo, del paso del tiempo, ese enemigo silencioso.

Presentado así, o vislumbrado en las fotos de la época –hablamos de la Inglaterra grisácea de la posguerra–, vestido con un terno color carbón, corbata de funeraria y una obstinada camisa blanca, con aspecto de director de banco o de agente de seguros, nadie podría haber imaginado que terminaría convirtiéndose en uno de los poetas capitales de la segunda mitad de la pasada centuria. Probablemente nunca escribió para que lo quisieran. Sabía de sobra que no es la escritura, y menos aún la poesía, un oficio que seduzca a nadie que de antemano no esté ya, como diría Gil de Biedma, seriamente enfermo.

La literatura fue su refugio en este mundo infame, dada la falta de alternativa o la incapacidad de encontrar un domicilio mental mejor. La mayoría de sus poemas son tristes, realistas, contenidos, por lo general de tono narrativo, sin excesivos alardes, dotados de una asombrosa hondura, en buena medida lograda gracias a su capacidad para iluminar la uniformidad de un universo en el que la penuria y el desengaño son como la lluvia de todos los inviernos.

Primero fue jazz, luego poesía

Larkin acabó consagrándose a la poesía –un género en el que debutó con El barco del norte (1945)porque sus dos únicas novelas Jill (1946) y Una chica en invierno (1947)–, escritas años antes, no tuvieron cuando se publicaron excesiva fortuna editorial, aunque sí buenas críticas.

De hecho, antes de curar libros y llamar la atención con su segundo poemario –Un engaño menor (1955), al que después siguieron Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974), los tres recogidos en la estupenda edición bilingüe que Lumen dedicó hace unos años a su Poesía reunida, al cuidado de Damià Alou– se dedicó a escribir críticas de jazz en el diario The Daily Telegraph. Estas piezas, que rebasan lo estrictamente musical y se extienden al terreno de la creación, están recogidas en All What Jazz (1961-1971), un título del catálogo de Paidós.

'Poesía reunida' de Philip Larkin LUMEN

'Poesía reunida' de Philip Larkin LUMEN

Fue alumno de Oxford –donde estudió lengua y literatura inglesa– pero no tuvo una trayectoria profesional brillante, como pareciera corresponder a los graduados en las universidades de élite británicas. En sus comienzos, hasta que encontró su propia voz, imitaba a Yeats y a Auden, de los que le sedujo su música: ese prosaísmo lírico más cercano a la prosa que al verso estricto. Del segundo replicaría el tono conversacional, que ya nunca abandonaría; del primero tomó la voluntad de exactitud y el talento para la condensación semántica. Algunos años después llegaría la fascinación por Thomas Hardy.

Gracias a los tres aprendió a sugerir todo con las palabras justas y a trabajar el arte del contraste: imágenes deslumbrantes pero fugaces proyectadas sobre sucesivos fondos de color neutro

Leyenda de pesimista

Su leyenda de pesimista tiene explicación. Nació en Coventry, una ciudad devastada por los bombardeos nazis –su progenitor simpatizó en la década de los años treinta con “la eficacia” de los jerarcas alemanes y llegó a viajar con él a Nuremberg– y fue educado en un ambiente autoritario y severo. Tenía que huir por algún sitio y se aficionó al jazz. La miopía le libró del ejército y le permitió conocer –en las aulas universitarias– a Kingsley Amis, el irreverente padre de Martin (Amis), y viceversa.

Postales

Postales THE PHILIP LARKIN SOCIETY

Después comenzó su peregrinaje laboral: Shropshire, Leicester, Belfast y Hull, una urbe post-industrial (según sus palabras) situada “en el límite de todas las cosas”. Ya no se movería de allí, donde encontró estabilidad y toda la ceniza necesaria para escribir sus poemas sobre el descontento.

Larkin es un espectador de la vida ordinaria y, como tal, una criatura escéptica. Pero sus inquietudes, como prescribe el tópico acerca del tradicional carácter inglés, discurren de forma ortodoxa porque un caballero gruñón y sórdido –y él lo fue a su modo, incluyendo su secreta devoción por la pornografía, descubierta a través de su correspondencia– no hace alarde ni desbarra. Su tema es el sufrimiento del hombre ordiario.

La furia de ver al tiempo convertir la belleza, la pureza y el amor en materiales gastados, ridículos o cómicos.

Su poesía está cargada de tareas –viajar en tren, ir a la iglesia, el trabajo sin entusiasmo, el paso fugaz de los días, la decepción cósmica– pero, por un misterio extraño, conecta muy bien con la sensibilidad propia de las vidas corrientes. Acaso esto explique su éxito de ventas –en apenas dos meses vendió 4.000 ejemplares de sus versos pentecostales–, un hito asombroso incluso en un país como el Reino Unido. Más llamativo todavía si se tiene en cuenta que, igual que sucede con otros poetas prosaicos, detrás de su aparente sencillez, palpitan elementos estilísticos métricos, rítmicos y compositivos ortodoxos.

Larkin es un poeta que no finge. Nunca creyó en la teoría del fingimiento de Pessoa. Leerle es como mirar un espejo empañado por gotas de lluvia después de una tormenta. El lujo de saberse y estar solo en este perro mundo y aceptarlo sin dramas. “Creo que escribir sobre la infelicidad probablemente sea la fuente de mi popularidad, si es que la tengo”, dijo en una entrevista con The Observer. Y añadió: “La desolación es para mí lo que los narcisos para Wordsworth”.