Imagen del proyecto ´Extramuros´de Dora García

Imagen del proyecto ´Extramuros´de Dora García Museo Tapiès

Artes

Excesiva ambición de los artistas: de Jenny Holzer a Dora García

El lugar ideal para las sentencias y los versos que desean interpelar, por más que tengan un origen o una vocación artística, está entre las dos tapas de un libro

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Jenny Holzer tuvo una intervención afortunada en Times Square, de Nueva York, con su mensaje luminoso que decía “Protect me from what I want” (protégeme de lo que deseo). A partir de ahí se le encargaron muchos mensajes en diferentes ciudades y contextos, y no siempre salió bien parada del intento, porque algunos eran banales, otros interpelaban al espectador sin lograr interesarle.

Hay que ser muy genial, un verdadero mago de las palabras, para que una sentencia breve aguante un formato colosal. Ejemplo claro de ello eran los versos que el ayuntamiento de Madrid, en tiempos de Manuela Carmena, pintaba en el asfalto, al pie del bordillo de las aceras, delante de los pasos de peatones: uno estaba parado ahí, esperando a que la luz del semáforo cambiara de rojo a verde, bajaba la mirada al suelo y leía una inmensa chorrada, a menudo pretendidamente revolucionaria o liberadora, escrita por un poetastro izquierdoso, y se sentía aleccionado por un cretino.

No hace tanto, fue en 2020, que la artista Yoko Ono logró sacarme de mis casillas con sus dos grandes carteles a lado y lado de la puerta del Metropolitan Museum of Art (MET) de Nueva York, con motivo del 150 aniversario de la institución; en el de la izquierda decía: “DREAM”, y en el de la derecha: “TOGETHER”, o sea: “Soñemos juntos”.

Mensaje bienintencionado, poco después de la plaga del Covid, que pretendía animar a la gente a pensar que la enfermedad nos había aislado pero que siempre de todos los atolladeros la humanidad ha salido sumando fuerzas. Pero mira —me hubiera gustado decirle a la viuda de John Lennon—, esto me parece una cursilada, el sueño no necesita invitaciones, y además es el último espacio de privacidad que nos queda, y desde luego yo, en los míos, en mis sueños, no te quiero a ti.”

El lugar para lo controvertido

No nos engañemos: el lugar ideal para las sentencias y los versos y los aforismos enjundiosos o que invitan a la meditación, por más que tengan un origen o una vocación artística, está entre las dos tapas de un libro. Querer llevarlos al espacio público es sumamente peligroso. Aunque a veces se logra, y no me cuesta reconocer que con aquel inspirador “Protégeme de mis deseos” Jenny Holzer ya ha pasado a la historia del arte del siglo XX.

En esa historia también figura con letras de oro, como las que suele usar para sus frases, sentencias, provocaciones y aforismos, dorado sobre blanco, la artista Dora García (Valladolid, 1965), residente desde hace años en Barcelona. Algunas de sus instalaciones y videos que vi, por ejemplo, en el Reina Sofía, me impresionaron mucho, unos por su penetración, otros por su delicadeza o su ironía. Pero con lo que está haciendo ahora en Barcelona no puedo estar conforme.

En la fachada de la Tàpies, donde creo que hay un homenaje a las transexuales asesinadas, un gran letrero suyo reza: “Resucítame”. La palabra, por supuesto, me interpela, pero ¿es necesario decir que lo que pide es, dada mi naturaleza contingente, imposible, y una reclamación insensata? ¿O se lo está pidiendo a Dios? En tal caso, mejor sería acaso rezar en alguna iglesia.

¿Qué hay que sentenciar?

En los pirulís de la calle Aragón hay carteles que rezan: “En esta noche en este mundo Walter Benjamin ha muerto”. Pero ¿a qué viene esta sentencia? Walter Benjamin murió hace noventa años, como casi todos sus contemporáneos; quienes sí han muerto esta noche, en este mundo, son muchos soldados rusos y civiles ucranianos, y algunos palestinos de Gaza, y han muerto de hambre muchos africanos. Etcétera. El tema es muy serio.

Más chocante me parece que en el foyer del Liceo —institución decimonónica, dedicada al arte de la ópera, o sea conservadora por definición— una pancarta postule: “Sólo hay resurrección en la revolución”.

¿Se referirá a la revolución francesa, que causó guerras y muertes hasta empapar de sangre el suelo francés, incluidos los millones que provocó su lógica desembocadura, la dictadura de Napoleón Bonaparte?

¿O estamos hablando de la revolución rusa, una catástrofe que causó millones de muertos y una opresión interminable?

¿Es la revolución china de Mao, o la camboyana de los jemers rojos, o la revolución cubana, o la sandinista, la que lleva en sí la semilla de la resurrección? Todas las revoluciones tienen el desagradable efecto de producir muchas muertes, y no se sabe de ninguna que haya resucitado a una sola persona.

No, no vamos bien por ahí.