Alan Pauls Barcelona
Alan Pauls: "No me interesa la literatura que me deja tranquilo, sino la que me obliga a estar en forma"
El escritor argentino, autor de 'Malas lenguas', reclama que las pasiones formen parte del discurso de la izquierda para poder ser competitiva: "Cuando la vemos encarnada en la derecha, descubrimos hasta qué punto la pasión es el factor clave en la política. No podemos renunciar a ella, hay que reconfigurarla"
Lúcido, inconformista y dueño de una de las prosas más exigentes de la literatura contemporánea, el escritor argentino Alan Pauls desmonta en su última novela los mecanismos del yo y la fascinación por las vidas ajenas. Lo hace en Malas lenguas, (Random House) donde juega con el género biográfico. Aparece en la biografía un personaje secundario que irá cobrando protagonismo.
En esta conversación con Letra Global, el autor de El pasado transita con naturalidad de la teoría literaria a la reflexión política. Lejos de la complacencia, Pauls lanza advertencias urgentes sobre nuestro presente, con el futuro en manos de los tecnobillonarios de Silicon Valley, sobre la insensatez místico-tecnológica del gobierno de Javier Milei en una Argentina en crisis extrema, y la peligrosa pérdida de la pasión política por parte de la izquierda global. Una disección afilada sobre por qué la literatura debe seguir siendo ese ejercicio incómodo que mantenga al lector en alerta: "No me interesa la literatura que me deja tranquilo, sino la que me obliga a estar en forma", asegura.
En su última novela, Malas lenguas, se juega con el género de la biografía, lo que es secundario, lo que es importante, el buceo en vidas de otros. ¿Con qué objetivo?
Hace mucho tiempo que la biografía es un objeto de preocupación para mí. Fui un detractor del género durante mucho tiempo y, como suele suceder con los odios sostenidos, terminó por interesarme. Empecé a leer con voracidad y a trabajar con el género. La biografía siempre ha estado muy presente en la ficción literaria, pero creo que últimamente hay un retorno como tema de discusión y reflexión.
Hoy en día, la vida de los sujetos está en el primer plano. A esto contribuyen muchos factores: desde la inflación del "yo" en la literatura y la autoficción, hasta las redes sociales, que son una especie de festival universal de la personalidad exhibida. Sin embargo, lo que me interesaba cuando empecé a escribir la novela no era tanto cómo se escriben las biografías, sino cómo se leen; qué clase de avidez nos despiertan esas historias que pretenden contar la verdad de una vida ajena.
El escritor Alan Pauls, en la entrevista con 'Letra Global' Barcelona
El disparador de la novela surge justamente de un cruce de miradas en la lectura.
Sí, el disparador es la situación de alguien que está leyendo la biografía de un personaje particular y, de repente, repara en un personaje totalmente secundario. Empieza a tirar de ese cabo y ahí se pone en movimiento la novela. Me interesaba cuestionar con qué criterio un biógrafo decide qué es lo importante en una vida y qué es lo accesorio. De esa escala de prioridades depende el modo en que concebimos una existencia.
También juega con el propio lector y sus motivaciones al acercarse a un personaje
Totalmente. Existe un placer muy particular en el lector de biografías que no es el mismo que el del lector de crónicas o de textos documentales. Cuando leemos una vida, no solo queremos saber por qué el otro hizo lo que hizo, buscamos, sobre todo, maneras de pensar la propia vida.
El libro de Alan Pauls, 'Malas lenguas', en Random House
Esto se ve claramente en el backstage del género. Esas famosas anécdotas de biógrafos que, para reconstruir la vida de sus biografiados, calcan sus pasos, viven en sus mismas casas o incluso se acuestan con sus viudas. Hay una puesta en cuestión de la propia vida al dedicarse a reconstruir la ajena. Leemos a los otros —a los que admiramos o nos entusiasman— para ver si el sentido que ellos le dieron a su existencia puede funcionar para la nuestra.
Por eso usted habla de "duplas". No se puede entender una biografía sin el biógrafo.
Exacto. Para mí lo atractivo es detectar entre líneas qué clase de relación --de atracción o repulsión-- existe entre el biógrafo y el biografiado. ¿Cuáles son los motivos reales por los que alguien decide dedicar su propia vida a investigar la vida de otro?
Se suele decir que la biografía es un género muy anglosajón, con mucha fuerza en el Reino Unido, mientras que en España o Argentina no hay tanto interés.
Sí, los modelos canónicos de la entrevista pertenecen a la cultura anglosajona. En Argentina tampoco es un género central. Requiere una cantidad inmensa de trabajo, investigación, viajes y movimientos. Es un género caro que implica una producción económica que normalmente no está a disposición de la literatura en América Latina.
Sin embargo, los experimentos más interesantes con el género biográfico vienen muchas veces de países donde la tradición no es tan fuerte. Pienso en Evaristo Carriego, un libro del primer Borges. Es una biografía completamente descoyuntada y deshilachada: Borges toma caminos y los abandona a medias, habla de sí mismo, de su padre, del barrio de Palermo... Ese abordaje precario y experimental hace que el género sea mucho más interesante que en sus versiones más formales o canónicas.
Alan Pauls, en la redacción de 'Letra Global' Barcelona
Su prosa es elaborada, confusa para algunos en un primer momento. ¿Busca de forma especial a un lector sagaz, que se implique por completo en la obra, que se esfuerce?
Siempre escribo pensando en un lector interesado, perspicaz, que tenga ganas de ir más allá de la primera superficie. No creo que el libro pueda ser catalogado de confuso, pero sí es cierto que la intriga se mueve en capas y niveles diferentes. Hay episodios que suceden más de una vez según quién los cuente o el punto de vista desde el que se aborden. Toda mi literatura interpela a ese tipo de lector.
Me parece que, aunque la partida parezca perdida frente a la distracción actual, está bien mantener la esperanza antes de rendirnos definitivamente. La literatura que me interesa no es la que me deja tranquilo o conforme, sino la que me pone a prueba y me obliga a estar en forma. En ese ejercicio es donde radica el verdadero entusiasmo que la literatura puede provocar.
Filósofos como Javier Gomá reivindican la literatura como una extensión de la filosofía, difuminando las fronteras. ¿Se siente cómodo en ese bando?
Sí, completamente. La literatura argentina tiene una tradición muy fuerte en ese sentido, con Borges como uno de sus tótems principales: la idea de que no hay razones de peso para trazar límites drásticos entre los géneros literarios, el discurso filosófico, el ensayo de arte y la ficción. Para mí, todas las formas de escritura son vecinas y están sometidas a un contagio mutuo. Eso le da a la literatura una vitalidad que de otro modo perdería.
Los artistas que me interesan son los que trabajan sobre el límite, no los que dan el límite por sentado. Incluso los filósofos que leo con más gusto, como Kierkegaard, son aquellos en los que es muy difícil determinar en qué momento abandonan la filosofía para entrar en el campo de la ficción.
En la novela también aparece la dimensión del "chisme" o el detalle lateral a través del personaje de Bernal. ¿Funciona también como una denuncia de esa obsesión actual por la caricatura y la anécdota ajena?
Mi intención era interrogar las prioridades con las que un biógrafo organiza una vida. Muchas veces, la verdadera innovación pasa por poner en cuestión esas prioridades. Si el lector decide que un personaje aparentemente lateral o insignificante es el verdaderamente importante, el texto canónico revela su naturaleza: aparece como un relato manipulado, calculado para ocultar ciertas zonas de sombra y alumbrar otras de manera inescrupulosa.
En la novela, la tensión aumenta cuando descubrimos que ese personaje supuestamente insignificante de la biografía tuvo, en realidad, una relación personal directa tanto con el propio lector que está leyendo el libro como con el biografiado.
Alan Pauls, durante la entrevista con 'Letra Global' Barcelona
Mencionando la manipulación de textos, hoy vemos a magnates de Silicon Valley como Peter Thiel apropiándose de filósofos como René Girard, o a Elon Musk citando autores de ciencia ficción para justificar discursos apocalípticos o tecnológicos. ¿Se están tergiversando las lecturas originales?
Es cierto. Los tecnobillonarios han puesto de moda cierta literatura y filosofía que estaban relegadas, especialmente la ciencia ficción. El escritor argentino Michel Nieva tiene un texto excelente sobre los "nuevos ricos" y la ciencia ficción, donde explica cómo se han apoderado de la idea de futuro de esas ficciones. En el mundo actual, ellos parecen ser los únicos capaces de proponerle un futuro al planeta.
De todos modos, esto siempre ha pasado. La potencia increíble de la literatura radica en que cualquiera puede tomar un texto y usarlo para fundamentar programas que, a priori, no tenían nada que ver con la obra original. Es algo fascinante y, a la vez, bastante estremecedor.
Da la impresión de que han "secuestrado" el género, dictando cómo debemos imaginar el mañana
Tienen el dinero, el poder y, hay que admitirlo, una gran capacidad de visión en un mundo donde ya casi no quedan visiones de futuro. Al imponer su futuro, se apropian de Philip K. Dick o de Stanislaw Lem. Elon Musk podría decir perfectamente: ‘Yo soy la ciencia ficción, porque soy el único que está pensando en cómo viajar a Marte y hacer real ese programa de ficción’. Hay algo muy brutal e impresionante en esa apropiación.
Alan Pauls, con 'Letra Global' Barcelona
Llevando esto a la política real, el fenómeno de Javier Milei en Argentina parece subirse a esa misma ola místico-tecnológica, dándole una importancia enorme a la Inteligencia Artificial y las criptomonedas, casi prescindiendo del factor humano en una sociedad con urgencias extremas.
Milei se está trepando a esa ola. Especula mucho con una actitud de confianza ciega en ese futuro de criptomonedas e Inteligencia Artificial; un discurso blindado y monolítico que no acepta objeciones ni reparos.
Sin embargo, a Milei todavía le falta poder para imponer esa versión del futuro en una sociedad como la argentina, que atraviesa una crisis extrema y un estado de emergencia básico. Una cosa es que ese discurso resuene en las cámaras de Silicon Valley o en el primer mundo, y otra muy distinta es predicar la Inteligencia Artificial a una población donde el 50% está bajo la línea de pobreza. Además de escandaloso, es insensato.
¿Cree que existen contrapesos institucionales o sociales suficientes frente a esto?
Temo por los contrapesos en Argentina. La situación política es sumamente delicada, no solo porque Milei esté embanderado en esta prédica místico-tecno-billonaria, sino porque del lado donde debería articularse la oposición hay una gran orfandad de discursos alternativos. La falta de esa fuerza de contradicción es lo que vuelve todo tan frágil. Esperemos que se termine construyendo algo sólido del otro lado.
¿Qué papel juega el mundo intelectual en este escenario? ¿Tiene músculo para plantear alternativas o ha ido en descenso su influencia?
Veo muchísima actividad intelectual de disidencia y crítica. El problema no es la falta de ideas, sino que el discurso intelectual ha perdido peso real en la sociedad. Se ha roto la articulación entre las ideas que imaginan mundos posibles y las fuerzas políticas capaces de convertirlas en un frente efectivo. Hay mucha imaginación, pero padece de una soledad muy grande.
Lo crucial aquí es que la derecha, y la ultraderecha, se han apoderado a nivel mundial del territorio de las pasiones. Tradicionalmente, la pasión política estuvo ligada a la izquierda y a los discursos de emancipación. Pero en las últimas décadas hubo un extraño desplazamiento y ese mundo pasional fue secuestrado por las derechas. Sin pasión, articular discursos intelectuales o fuerzas políticas se vuelve muy complicado. Hoy los apasionados son los energúmenos que votan a Milei y compañía. Su pasión es una fuerza social real, por más irracional o delirante que sea. El bando de los ‘buenos’, entre comillas, tiene el trabajo urgente de repensar la política como pasión y deseo de un mundo diferente.
¿Por qué cree que la izquierda renunció a la pasión?
En el caso de Argentina hubo un movimiento pendular. La última versión pasional de la política fueron los años 70 y la cosa terminó de la peor manera, tanto para los proyectos emancipatorios como por el terror de la dictadura militar. Eso generó un trauma y un rechazo posterior a la pasión. Pero si renunciamos a ella, se la quedan los otros. Cuando la vemos encarnada en la derecha, descubrimos hasta qué punto la pasión es el factor clave en la política. No podemos renunciar a ella, hay que reconfigurarla.
Volviendo a las biografías, usted que ha tenido tantos reparos con el género, ¿cómo valora el clásico canónico por excelencia, la Vida de Samuel Johnson de James Boswell? ¿Por qué sigue siendo el modelo ejemplar?
Es un libro fundamental porque, además de ser uno de los intentos más exhaustivos, maniáticos y demenciales de reconstruir la vida de otro, fue hecho en vida del biografiado. Es, en realidad, el retrato de una relación. Cuando uno lee el Johnson de Boswell, no asiste únicamente a la vida de Johnson, sino a la puesta en escena casi teatral de un vínculo equívoco, obsesivo y genial entre un biógrafo y su sujeto.
En ese libro ya se ponen en juego todos los problemas que atravesarían la historia del género: ¿cómo se acerca un biógrafo a su personaje?, ¿cómo distingue la verdad de la fabulación cuando el biografiado habla de sí mismo? Es una obra donde la verdad de una vida está en disputa constante frente al modo en que todos, al hablar de nosotros mismos, mentimos, tergiversamos, desfiguramos y embellecemos para hacer pasar la mentira por verdad.