Imagen de la portada de 'Reencuentro' de Fred Uhlman

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Letras

Los finales (de novela) explosivos

Muchas obras literarias cuentan con un final que lo cambian todo. Sucede en libros de Uhlman, Baroja, Zweig, Bernhard, Beckett o Walser

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A veces recuerdo que la famosa agente literaria Carmen Balcells me dijo en cierta ocasión que todos los libros son respetables, todos albergan por lo menos una frase buena, una frase que valga la pena. Supongo que con ello quería decir que hay que tener paciencia y a veces navegar páginas y páginas, un capítulo tras otro, hasta dar con esa frase que rescata el libro.

No le respondí, pero pensé que andaba equivocada. La mayoría de los libros no tienen ni una coma salvable y en caso de que la tuviera buscarla sería una inversión de tiempo ruinosa.

Pero también recuerdo que decía Junger que el centinela en la noche que tiene los sentidos bien despiertos para oír el más mínimo movimiento del enemigo, capta también otras cosas.

A base de leer, a lo largo de los años, libros que me parecían más o menos monótonos, o de asunto previsible, o incluso que se me hacían aburridos --no en busca de esa gema que, sostenía Balcells, los redime, sino por un prurito de formarme literariamente--, a base de leerlos con perseverancia hasta el final, descubrí que hay algunos que tienen un final explosivo, una página final, un párrafo, una frase final, que lo cambia todo. Sin que el lector lo sienta, el texto entero se multiplica gracias a ese momento final explosivo.

Una imagen de Camila Cañeque

Una imagen de Camila Cañeque WIKIPEDIA

Entiéndaseme: no me refiero a coleccionar, y ordenar según criterios personales y propósitos artísticos e intelectuales, una lista de “últimas frases” más o menos llamativas de quinientos libros, como hizo la prometedora y prematuramente fallecida a los 39 años artista Camila Cañeque para su libro titulado precisamente La última frase, que ha sido una de las grandes sorpresas literarias de los últimos años. No. Me refiero a momentos de la verdad final que no son la conclusión lógica y fatal de lo precedente, sino que súbitamente de un solo golpe elevan esa masa de palabras a una inesperada explosión de sentido, o que la desmienten, para apuntar a otra cosa, a algo superior, trascendente o misterioso.

Sin reventar la lectura

La sorpresa exaltante que depara ese momento de lectura es como si se descorriera un velo que cubría vida y lectura. Otro día me detendré a explicarlo mejor, pero ahora apunto que a veces al ser así sorprendido, he rumiado la idea de escribir un libro muy latoso para hacerlo explotar al final con un soberbio castillo de fuegos artificiales en una negra noche.

Claro que es una idea estúpida, pues uno se arriesga así a perder al lector por el camino. Sólo el lector muy paciente o masoquista persevera: para los demás el castillo de fuegos artificiales (cuya construcción, claro está, me hubiera exigido arduos esfuerzos) arderá sin luz en la noche, ignorado. Pero pondré cinco ejemplos… no, seis, de estos finales volcánicos, aunque sin describirlos, pues no quiero reventar la lectura a quien aún no conozca (o haya olvidado) alguna de esas obras.

Reencuentro de Fred Uhlman. Este pintor y narrador alemán cuenta la historia, ambientada en los años treinta, de su alter ego Hans Schwarz, un niño judío que traba una bella amistad, casi amorosa, con el aristócrata ario Konradin von Hohenfels, niño sensible y encantador.

El antisemitismo del régimen hitleriano, y de la misma familia Hohenfels, aleja progresivamente, sin que medien explicaciones, a Konradin de Hans. La familia de éste emigra a Inglaterra. Allí según pasan los años Hans sigue recordando a su amigo, con amor decepcionado, despecho y rencor. Hasta la penúltima página, éste era un relato más, aunque ciertamente muy bien llevado, sobre la ascensión del nazismo, los amores adolescentes contrariados… En la última página se produce la mencionada e inesperada erupción del volcán.

En El paseo, de Walser, el narrador sale a caminar en un día soleado, se encuentra con diferentes personas, todas muy simpáticas y bien dispuestas, a las que saluda amablemente y que le provocan cordiales meditaciones. Todo parece ligero y alegre y tierno… hasta la última página que lo pone todo patas arriba.

El caso de Walser

Reger, el protagonista de Maestros antiguos, de Thomas Bernhard, de la que ya hemos hablado aquí en extenso, es un charlatán, un culto “cuñao” que se pasa toda la novela criticándolo todo con la más obsesiva, arbitraria y repetitiva acidez… hasta que la última página revela en su áspera misantropía algo, algo pequeño, que levanta la novela hasta la mayor altura.

Portada del libro de Walser

Portada del libro de Walser

El paseo de Robert Walser. En esa noveleta (el acertado término que usan en Cuba para lo que nosotros llamamos “novela corta” y los franceses nouvelle) el narrador sale de buen humor a caminar en un día soleado, se encuentra por el camino a toda clase de gente simpática y buena que le inspira algunas meditaciones cordiales (según creo recordar), hasta que en la última página, a la hora crepuscular, cuando está en un bosquecillo lejos de toda habitación humana, recogiendo unas flores para hacer un ramo, le asalta un pensamiento de clase muy diferente que convierte la noveleta en un poema conmovedor.

En Juan Van Halen Pío Baroja hace la biografía de este militar y aventurero andaluz decimonónico que combatió en España, en Rusia, en Bélgica y acabó jubilado en su localidad natal, el Puerto de Santa María. El texto es, como a veces sucede en el gran novelista, ameno pero algo despeinado, algo seco y desigual.

Desmontar la historia entera

Una vez concluye, Baroja agrega una coda personal y que parece pegada ahí sin mucho ton ni son, sobre una vez que fue en tren al Puerto de Santa María. Éstas son páginas descriptivas en que su magistral estilo brilla y deslumbra. Hasta la última frase confesional que resuena como redoble de campanas silenciosas. Pero, claro, para llegar aquí, es preciso antes haber leído muchas páginas con las aventuras amenas pero un tanto caóticas y salpicadas de hechos apenas explicados del señor Van Halen. Sin haberlas leído, ese redoble final no sería posible.

La piedad peligrosa –o, en la traducción de Acantilado, La impaciencia del corazón, título peor pero más ajustado al original— es una novela, como suele pasar con Zweig, o al menos así me lo parece, interesante pero algo verbosa. Tras el final de la historia –sobre los inciertos amores entre el oficial Anton Hofmiller y la aristócrata Edith von Kekesfalva-- hay una especie de postfacio cuya acción transcurre --años después del drama, y lejos de la mansión y el cuartel que fueron sus escenarios--, en un teatro, que le confiere a aquellas antiguas relaciones su pleno sentido. Erupción volcánica aquí también.

Portada del libro de Zweig

Portada del libro de Zweig

Para acabar, apunto solamente las dos frases finales de Molloy, la gran novela de Beckett: “No entré en casa. No llovía.” Acababa el detective Moran, el narrador de la segunda parte, su informe, el informe de su auto-destructora pesquisa para encontrar a Molloy, diciendo que por fin entró en casa, y llovía. La última línea, con sus dos enunciados negativos, desmonta la historia entera que las precede. Erupción del Krakatoa.