El poeta Jaime Gil de Biedma
Jaime Gil de Biedma, segundo retrato
Miguel Dalmau reescribe, dos décadas después de la primera versión, su relato sobre la vida, los milagros y los pecados del gran poeta barcelonés
El día que Jaime Gil de Biedma (1929-1990) escribió que en sus poemas sólo existían dos asuntos –“el paso del tiempo y yo”– estaba tendiéndonos una celada. Porque, si uno lo piensa, el decurso de los días, los meses y los años, la condena (a muerte) del calendario, es el factor que más trastoca la personalidad individual. Y el sujeto de su poesía, la voz que enuncia –y se enuncia– en sus mejores versos, falsamente prosaicos, ni es idéntica ni se asemeja por completo al timbre del Ciudadano Gil de Biedma. De forma que la poesía del gran poeta barcelonés del medio siglo, cuyo legado no ha sido destrozado por el tiempo, cosa que no siempre puede decirse de sus coetáneos y de sus compañeros de generación, sugiere pero no desvela en su totalidad las inquietudes del hombre. Cosa natural. El poeta encarna una voz inmortal, el individuo representa una presencia terrestre.
Gil de Biedma tiene la virtud de ser un escritor que, con independencia de la época histórica en la que se le lea, siempre suena a presente. Su árbol no es de hoja caduca. Por eso es un clásico cercano –tres decenios, en términos literarios, no es mucho– y a esta condición se debe que, siendo español, homosexual, hijo de una familia burguesa y hombre sin descendencia, además de una criatura carnal y fieramente vitalista, escribiera poemas que trascienden la poesía gay, beben de la tradición británica, se lamentan de la eterna tragedia española –“una historia que siempre termina mal”– y navegan, igual que un barco golpeado por el océano, entre el sentimentalismo más oscuro y la depresión luminosa. Versos, en definitiva, que meditan con una hondura excepcional sobre los tormentosos vínculos entre la identidad íntima y la imagen pública.
'La Castilla de Jaime Gil de Biedma'
Félix de Azúa ha dicho en algún sitio que sus poemas le recuerdan al ritmo de ciertos boleros, aunque cabe precisar –la lectura es el territorio de la libertad– que tampoco quedan excesivamente lejos de las mejores letras de determinados tangos. Por eso conviene aproximarse con prudencia a los relatos (de terceras personas) sobre su vida, entre los cuales la primera biografía de Miguel Dalmau, publicada por Circe en 2004, provocó un indudable revuelo en la república de las letras, aunque por motivos que tenían que ver con la carne –y el chisme– más que con la literatura.
Dalmau, que ha firmado como autor otros libros biográficos sobre Pasolini y la saga literaria de los hermanos Goytisolo (José Agustín, Juan y Luis), ha decidido, por motivos que él mismo no termina de desvelar, reescribir, veinte años después de esta primera aproximación, su perfil del poeta. Así nace una nueva biografía –Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta– que Tusquets acaba de colocar en las librerías. No es un hecho extraño: cualquier libro biográfico, por su propia naturaleza, puede ser objeto de revisión. Una obra biográfica siempre es, en potencia, una obra abierta, entre otras razones porque, debido su condición descriptiva y valorativa, en buena medida depende de la vigencia de los materiales y los testimonios disponibles en un momento histórico concreto.
La aparición de nuevos datos o aportaciones que confirmen, mejoren o desmientan la redacción inicial de una biografía justifica de forma sobrada su actualización. ¿Es el caso de este segundo retrato del Gil de Biedma de Dalmau? A medias. El biógrafo aborda esta cuestión, aunque no con nitidez, en el prólogo de esta versión renovada. Desde que viera la luz su primer libro sobre el poeta han aparecido obras confesionales y documentales del poeta que estaban inéditas. Es el caso de El argumento de la obra. Correspondencia 1951-1989 (Lumen, 2010) y de sus Diarios (Lumen, 2015), ambos editados por Andreu Jaume.
'Retrato de un poeta', segunda versión de la biografía de Dalmau sobre el poeta barcelonés
Son dos títulos complementarios donde el Gil de Biedma auténtico –que sobra decir que difiere del sujeto de sus poemas– relata pasajes de su vida privada. Lo hace en primera persona (en sus dietarios) o para terceros (los destinatarios de sus cartas). En conjunto, estos libros pueden leerse al modo de unas memorias. El diario de juventud del poeta –Retrato del artista en 1956– salió a la luz un año después de su muerte; el resto, tres dietarios más, abordan otras etapas vitales, como los años de madurez (1959-1965); el parteaguas de 1978, cuando, tras abandonar la escritura, Gil de Biedma intentó componer otra vez versos, o las anotaciones fechadas a mediados de los años ochenta, tras ser internado, un lustro antes de su deceso por sida, en una clínica de París.
En ellos están los avatares vitales fundamentales: la infancia feliz en La Nava y la vocación literaria, Filipinas, su trabajo como ejecutivo en la Compañía de Tabacos, el método de composición de sus poemarios, una parte íntima de su educación sentimental, la brillante práctica de la prosa –a través de sus magníficos ensayos literarios, reunidos, también por Andreu Jaume, en la colección El pie de la letra (Lumen, 2017)–, la sequía creativa, el desengaño o la inquietante inminencia de la muerte, tan temida.
Cabe pues preguntarse si tenía sentido, tras estas aportaciones, que Dalmau iguala a los “trabajos académicos” y a los “testimonios” de Carmen Riera, Richard Sanger, James Valender o Luis Antonio de Villena, de categoría e importancia distinta, volver de nuevo sobre lo ya narrado hace dos decenios. Miguel Dalmau evita contestar a esta cuestión. En el prólogo de su libro opta por dejarla sin respuesta expresa. Prefiere la ambigüedad: “Por motivos que al autor le bastan…y que a la editorial le sobran”, se justifica, apelando a una frase de Hemingway.
La primera versión de la biografía de Gil de Biedma de Miguel Dalmau
El biógrafo está en su derecho a jugar a mantener el misterio, aunque en realidad no existe. Su primer retrato, que en su momento causó escándalo –la sociedad española ha cambiado mucho en los últimos veinte años–, había quedado claramente superado por los inéditos de Gil de Biedma y la investigación de los especialistas. El biógrafo, pionero en su día, aunque fuese a costa de un naturalismo que no otorgaba sentidos nuevos a la poesía de Gil de Biedma y documentase las peripecias vulgares que a todos los seres humanos nos igualan, había perdido su sitio. Con esta nueva versión intenta recuperarlo a través de un relato cronológico y ciertamente documentado, pero más centrado en elementos accesorios que en cuestiones verdaderamente trascendentes.
Estamos, pues, ante un libro que nos permite contemplar, igual que en un documental, el devenir vital de un hombre llamado Jaime Gil de Biedma, pero que no cambia en demasía la estampa literaria del escritor, perfectamente asentada. Dalmau reitera en su prólogo el objetivo de su primera biografía: “Contar la historia de una persona, relatar lo que le sucedió a alguien de relieve y, sobre todo, lo que fue significativo para él. No para nosotros (…) Si no aceptamos esto desde el principio, no podremos valorar nunca una biografía valiente ni ver lo que tiene de acto de justicia. Y no sólo poética”. Pero termina confesando indirectamente otra motivación : corregir su primer libro.
Dicho con sus propias palabras: “He suprimido capítulos enteros, he incorporado otros nuevos, he añadido las aportaciones antes mencionadas [todas ajenas], he revisado viejos testimonios y he añadido otros de interés. He reinterpretado algunos hechos y he completado mis primeras impresiones. En suma: he vuelto a pintar a Jaime Gil de Biedma”. El libro, en efecto, tiene una factura diferente a la de su prematuro hermano. Ahora se identifican a los amantes del poeta por su nombre real y, según admite Dalmau, se han “moderado los excesos amarillistas”.
Gil de Biedma en su habitación de Casa del Caño, en La Nava de la Asunción
“Si mi primer cuadro era un tríptico al estilo de Francis Bacon –donde se abordaban desde varios ángulos tres caras principales del poeta [la Compañía de Tabacos de Filipinas, la poesía y el amor]– esta vez he optado por un relato a la clásica [sic], donde el personaje aparece de una sola pieza. Claro que, tratándose de Gil de Biedma, el resultado se parece un poco a un cuadro de Lucian Freud”, escribe el biógrafo.
Dicho de otra forma: una pintura carnal y con una paleta de colores limitada a los tonos crudos y terrosos. Dalmau presume de que en esta nueva versión ha decidido omitir secretos carnales –siempre vinculados con la homosexualidad del poeta, un asunto que parece obsesionar al biógrafo–, lo que, paradójicamente, resulta ser incoherente con la afirmación (solemne) de que un biógrafo debe contar todo lo que sabe o ha podido documentar, moleste a quien moleste. Por lo visto, hay determinadas excepciones a esta norma. Pero el biógrafo no entra a describirlas, más allá del efecto pernicioso que, al parecer, podrían tener muchas de ellas.
¿Cabe descartar que dentro de unos años nos encontremos con un tercer retrato de Dalmau donde por fin se revelen estos misterios que, a estas alturas del siglo, difícilmente pueden escandalizar a nadie? Quién sabe. Nosotros diríamos, más bien, que este segundo retrato de Dalmau sobre Gil de Biedma es un panóptico: la mirada del guardián de una prisión que vigilia al reo en régimen de monopolio y desde la altura segura de una torre vigía.