lustración de la Cábala hebrea
'Zohar': una cosmogonía sobre la mística hebrea
Atalanta publica la edición de Lola Josa del Libro del Esplendor, una obra espiritual que pone en cuestión la lectura latina de las Escrituras y nos descubre la tradición cabalística en el judaísmo ibérico medieval que discurre desde Gerona a Barcelona, pasando por Castilla y la Provenza
“Siempre se necesita una acción Abajo para despertar la actividad Arriba”. Esta frase del Zohar o Libro del Esplendor, texto fundamental de la Cábala atribuido por Gershom Scholem a Moisés de León, aunque en conjunto sea probablemente fruto de una larga tradición interpretativa de la Biblia, podría resumir no solo la esencia de la espiritualidad hebrea sino también aquello que en Occidente se ha ocultado en favor de una concepción filosófica de origen griego. La ontología helénica prima la apariencia y la abstracción del concepto sobre la concreción y la acción de lo que hacemos aquí y ahora. La particular morfología de la lengua griega creó un fabuloso sistema teórico que nos orientó hacia una interpretación –ideal o positiva– de la realidad. La naturaleza se nos presentó por ello como un cosmos de nombres y sustancias que luego se tradujeron a las diferentes propiedades humanas, dejándonos para siempre aislados en un mar de generalizaciones despegadas del mero vivir. La obsesión por el ser, para entendernos, nos distrajo del estar aquí.
En el pensamiento hebreo, en cambio, las palabras siempre están vinculadas a las cosas, sin ninguna disociación analítica. De hecho, davar significa a la vez palabra y cosa. Un padre no es el padre sino abba –palabra de origen arameo–, es decir, aquel que provee y que al engendrar ha pasado de la unidad del alef a la dualidad de bet, que por eso es la letra del principio y la creación. De la misma manera, em o imah, madre en hebreo, no es solo la que ha dado a luz sino también la que une a la familia.
Y si pasamos a un nivel superior nos encontramos, por ejemplo, con que la verdad hebrea no tiene nada que ver con la alétheia griega, que es desvelamiento, algo que surge del olvido en el que se oculta, sino emet, que remite a una fidelidad a lo largo del tiempo, una confianza en lo inquebrantable. Y de ahí se deriva la palabra emunah, que a veces se traduce por fe, aunque no tenga nada que ver con el significado de la pistis griega –literalmente, un crédito–, sino con una confianza, una seguridad. (El cristiano amén se deriva de esa palabra). Tampoco amor significa en hebreo lo mismo que eros en griego, que es una fuerza que todo lo devasta, más cercana al deseo. La palabra bíblica para amor es ahavah, que lleva en su seno la raíz hav, matriz del verbo dar. Literalmente, por tanto, en hebreo amar significa yo estoy dando.
Lola Josa Barcelona
La lengua hebrea se organiza en un bosque de raíces que van conformando un único árbol que simboliza una inagotable cosmogonía. La palabra para alma es ruah, algo invisible pero perfectamente real como la respiración, de donde se deriva ruhani, que se traduciría por intelectuales, solo que en hebreo es imposible ser intelectual sin ser espiritual, literalmente aquel que insufla el aire de las vocales a las consonantes del alefato. No hay por tanto en el mundo hebreo un espacio analítico secundario que pueda segregarse de la vida, sino que todo forma parte de la misma realidad latente, ya sea en la baja ética cotidiana o en la alta especulación teológica.
La misión de la Cábala no es otra que poner nuestra finitud en relación con el infinito o Ein Sof, la contracción o vacío original que permitió la creación. No deja de ser llamativo cómo esa tradición mística, oculta durante siglos en nuestras propias lenguas, ha terminado por coincidir con las teorías más avanzadas de la física, cuyas principales conclusiones con respecto al origen del universo y la materia parecen traducciones científicas de lo que ya estaba en la Cábala. Tampoco es casual que la filosofía de Spinoza, que nos libró del absolutismo conceptual y desplazó la prueba ontológica hacia el infinito de la Naturaleza, en detrimento de la eternidad humana, contenga, como se ha venido aceptando poco a poco, secretas concomitancias con la espiritualidad judía. El Deus sive Natura spinozista parece de hecho la actualización de un Dios entendido como Ein Sof, un infinito gracias al cual nuestra finitud acepta su condición y, al hacerlo, alcanza la felicidad, no en vano la misma meta de la Cábala.
Atalanta acaba de publicar una nueva antología del Zohar, al cuidado de Lola Josa, hispanista especializada en San Juan de la Cruz, responsable de una edición, revolucionaria y pionera, del Cántico espirtual (Lumen), a la luz de la mística hebrea. En su excelente estudio introductorio, Lola Josa expone cómo se fue gestando la tradición cabalística en el judaísmo ibérico medieval, de Gerona a Barcelona, la Provenza y Castilla, cristalizando en este Libro del Esplendor que constituye una suerte de Biblia para místicos y, por tanto, una insurrección contra la lectura unívoca y latina de las Escrituras. El pensamiento hebreo ha sufrido a lo largo de los siglos un proceso de censura y domesticación, perceptible incluso en la helenización del Nuevo Testamento. Al estar escritos en un griego convencional, a menudo se ha perdido de vista que los relatos evangélicos pertenecen al mundo hebreo y que a menudo hay que traducir del griego al hebreo o el arameo para calibrar la verdadera significación de lo que allí se dice.
'Zohar'
La imposición más tarde de la Vulgata como versión única y autorizada de la Biblia en el orbe católico diluyó aún más la huella de la espiritualidad hebrea, que acabó arrinconada, cual sería el caso de Spinoza, en el limbo de las herejías. Como está demostrando Lola Josa en su fértil y ambiciosa investigación en curso, la mística española, con San Juan a la cabeza, se rebeló contra la imposición y buceó en las raíces hebreas con una radicalidad coherente por lo demás con lo que fue la tierra de Sefarad, justamente la que alumbró el Zohar. Lola Josa, por ejemplo, interpretó con singular lucidez el neologismo de San Juan “adamabas”, cuando en el Cántico, dice: “Cuando Tú me mirabas / tu gracia en mí tus ojos imprimían, / por eso me adamabas, y en eso merecían / los míos adorar lo que en ti vían”.
Adam en hebreo significa ser humano, como ánthropos en griego, pero en hebreo el nombre común de la humanidad remite, como siempre en esa lengua, a algo muy concreto, la sangre (dam) y la tierra (adama). Todos estamos hechos de lo mismo y participamos tanto de la condición masculina como de la femenina, que no están enfrentadas sino unidas por la misma sangre y la misma tierra. De ahí que San Juan, al dar voz a la Amada, diga que el Amado la adamaba, transmitiéndole la gracia y reconociéndose como el lado femenino de la divinidad.
Esa comunión verbal, física y espiritual es también la que se experimenta en la Cábala a través del viaje hermenéutico conservado en el Zohar, cuya meditación en forma de plegaria, con su infinito de letras y números, “no solo no es una pieza de museo”, como escribió Borges en una cita que Lola Josa elige oportunamente como epígrafe para su edición, “sino una suerte de metáfora del pensamiento”.