'El tesoro de los saberes olvidados'
Arte, memoria y prodigio de las buenas letras
Siruela publica un hermoso ensayo de la helenista Jacqueline de Romilly sobre cómo los saberes humanísticos permean la sensibilidad individual, condicionan nuestro juicio del mundo y nos ayudan a comprender aquello que nos sucede
“Todo se desgasta y se olvida”. Bastan estas seis palabras para resumir el inevitable desenlace de cualquier vida, incluso aquellas que, en cualquier época, pueden ser descritas como heroicas. La existencia no tolera excepciones: desde los grandes monarcas feudales a los campesinos, desde el presidente de una gran compañía a un humilde pedigüeño, dos personajes entre los que, a pesar de las apariencias, no existen excesivas diferencias, todas las trayectorias vitales se ven sometidas a las mismas calamidades e idénticos quebrantos. La única diferencia es cómo y cuánto tiempo demoran en llegar en cada caso. “Seas quien seas tendrás que servir a alguien”, escribe Bob Dylan en la letra de una de sus mejores canciones de conversión (cristiana).
En esta vida nadie está libre de las fuerzas superiores, sean las leyes de la naturaleza, de los hombres o de la moral. El olvido (involuntario) es, sin duda, una de ellas. La memoria cobija lo que somos –atesora el rastro de lo que fuimos y conserva lo que aún queda en pie de los lejanos augurios de nuestra juventud– pero tiene un comportamiento extraño: no es exacta, tiende a ser caprichosa y, en algunos casos, se evapora sin remedio. Jacqueline de Romilly, helenista y académica francesa, escribió dos años antes de que el siglo XXI estrenase su calendario un libro –Le Trésor des savoirs oubliés (Editions de Fallois)– donde exploraba este territorio difuso en el cual ya no recordamos todo lo que queremos y, sin embargo, revivimos nuestro pretérito de una manera involuntaria y mágica.
Jacqueline de Romilly.
Romilly, que había dedicado su vida a estudiar y traducir a los autores clásicos, continuando la noble tarea de conservar y enriquecer el legado cultural de la Antigua Grecia, se había quedado ciega. Ya no podía leer ni escribir. No tenía hijos ni tampoco familia. De forma que, en un acto de afirmación, decidió dictar a sus colaboradoras y discípulas este ensayo, que ahora edita en español el sello Siruela con traducción de Manuel Serrat Crespo. El tesoro de los saberes olvidados es una obra hermosísima, compuesta desde ese finis terrae que es la vejez –Romilly viviría una década más; hasta cumplir los 97 años de edad– pero con el entusiasmo de quien ha logrado hacer lo que quería en esta vida. En su caso, dedicar sus mejores días a la cultura clásica y a la enseñanza.
Desde ambas atalayas, la helenista quiso reivindicar la utilidad (secreta) de las humanidades y componer una lección magistral acerca de la profunda influencia que estos saberes, despreciados en una sociedad cada vez más materialista e ignorante, dejan en el carácter de los individuos, con independencia de cuál sea su grado de instrucción y sus circunstancias. La tesis de Romilly es que, aunque creamos haber olvidado muchas de las cosas que aprendimos de niños –en las calles o en la escuela– y no hayamos dedicado nuestra vida ni al estudio ni al conocimiento, el poso de la literatura, el arte y la memoria de las buenas letras permanecen enterrados en nuestro interior y, sin que seamos conscientes, acaban por determinar nuestra sensibilidad, la manera que tenemos de ver y enjuiciar el mundo y comprender lo que nos sucede.
La convención utilitarista, asumida en mayor o menor medida por la sociedad contemporánea, ha sentenciado que los saberes humanísticos no tienen aplicación práctica, aunque ante la fragilidad de la vida sean, junto a la religión para los creyentes, los únicos instrumentos válidos para poder soportar los golpes del destino y sobrellevar las calamidades cotidianas. No porque los libros nos vacunen ante estos quebrantos, sino porque nos ayudan a entender que no somos ni los primeros ni seremos los últimos en sufrir injusticias.
'El tesoro de los saberes olvidados'.
Véase, a modo de ejemplo, la literatura de Shakespeare o de Cervantes, cuyas obras –lejanas ya en el tiempo– todavía nos hablan acerca de nuestro presente. ¿Acaso la tristísima muerte de don Quijote –“quiero decir que se murió”– no es la descripción del deceso de nuestros padres o el augurio de nuestra propia desaparición? ¿No es Shylock, el mercader de Venecia, quien mejor representa la avaricia y la crueldad? ¿La historia de Falstaff y el príncipe Hal (Enrique V) no puede leerse como la puesta en escena de una amistad traicionada por los intereses fenicios?
Ninguna de estas grandes obras literarias impedirá que los (falsos) amigos nos vendan o que alguien abuse de nuestra precariedad, pero conocer, gracias a la literatura, el rostro de los personajes que encarnan estas actitudes en el mundo de la ficción ayuda a identificarlos en la realidad. Para Romilly, lo que una vez nos enseñaron a través de la literatura, la historia o la filosofía no se pierde. Permanece –en estado de hibernación– dentro de nuestro cerebro. Y, aunque no seamos conscientes, llega un día en el que este conocimiento revive gracias a la memoria emocional, que es la que hemos ido construyendo a lo largo de nuestra vida.
Una de las grandes virtudes de su ensayo es su carácter testimonial. Su lección autobiográfica. Porque la helenista francesa, justamente cuando se queda ciega, es cuando descubre que sus recuerdos, sus lecturas y las experiencias acumuladas le permiten sobrevivir a la oscuridad. La cultura, por supuesto, no nos salva de los males, pero sí nos acoge y, en cierto sentido, nos consuela. Y su remedio (íntimo) opera gracias al légamo que configuran los saberes inútiles. Romilly sería cancelada –sin reparos– por los pedagogos que conciben el conocimiento como una disciplina técnica, utilitaria y rentable, incapaz de enriquecer la sensibilidad individual y resolver los grandes dilemas morales.
'Muros de troya, playas de Ítaca'.jpg
La literatura o la poesía, sin embargo, nos muestran las palabras que necesitamos para expresar lo que sentimos; la historia nos enseña a mirar (el presente) y la filosofía nos ofrece ejemplos de conducta y métodos de reflexión. Este patrimonio no es monopolio de los eruditos, sino una caja de herramientas que cualquiera puede –y debería– utilizar. Para Romilly el aprendizaje no es un acto inútil, aunque sea invisible ante determinados ojos. La decadencia de los saberes humanísticos impide que seamos individuos conscientes y nos aboca a convertirnos en seres vacíos y sin espíritu.
En un tiempo en el que la libertad está en decadencia y hay quien cree que la transmisión del conocimiento puede hacerse a través de las máquinas –cuyos dueños no son los usuarios, sino las grandes empresas tecnológicas–, la helenista defiende la importancia de los maitres à penser, cuya función es descubrir a sus alumnos cómo mirar las cosas con sensibilidad y apreciar la fascinante constelación de grises que existe entre el blanco y el negro. El verdadero conocimiento –escribe Romilly– no radica en acumular datos e información. Reside en facultades que están en extinción: el criterio propio, el juicio personal, el sentido crítico y la sensibilidad para desentrañar el inmenso espesor de la realidad.