Karl Kraus: estampas y miniaturas del gran vodevil del universo
Karl Kraus y las miniaturas del gran guiñol del universo
La editorial H&O publica, con una tradución de Adán Kovacsics, la versión definitiva en español de ‘Los últimos días de la humanidad’, la obra maestra del periodista austriaco sobre la Gran Guerra que destruyó la cultura europea
“Al principio fue la prensa; después vino el mundo”. Estas líneas escritas por Karl Kraus (1874-1936) para un cuplé teatral condensan, a pesar de su extrema sencillez, la concepción del mundo del gran autor austriaco, periodista en contra de los periódicos, obstinado lobo estepario que, como suele ocurrir con los individuos solitarios, proyectó su literatura siempre hacia el espacio público, dejando en vislumbre los secretos de su intimidad. Nunca hubo, sin embargo, escisión entre obra y vida: Kraus, indesmayable crítico de la Viena anterior, sucesiva y posterior a la Gran Guerra, editor unipersonal de la revista Die Fackel (La Antorcha), de cuyos textos hizo en su momento una antología para el sello Acantilado Adan Kovacsics, su mejor traductor y gran heraldo en español, vivía para el periodismo y el teatro, disciplinas que alimentaba gracias a su condición genética de espectador del presente.
Kraus fue, a pesar de la censura, el testigo crítico e insobornable de un tiempo atravesado por la crisis de la cultura europea y que tendría en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) su particular Apocalipsis. Sobre las consecuencias de esta contienda, primero en su revista, y después como libro (la primera edición data de 1922), escribió Die letzten Tage der Menschheit (Los últimos días de la humanidad), un colosal friso dramático dividido en cinco actos y más de doscientas escenas, con prólogo y epílogo, donde recoge todas las voces, gritos, mentiras y palabras de un conflicto que, con independencia de su brutalidad –fue la primera guerra moderna y, en cierto sentido, industrial–, vino a mostrar el gran guiñol del universo en los tiempos de la modernidad.
Karl Kraus
Aunque ha habido muchos intentos, se trata de una obra irrepresentable. “Su extensión equivale más o menos a diez veladas según la medición humana del tiempo, y ha sido ideada para su puesta en escena en un teatro del planeta Marte”, escribe el propio Kraus, que advierte a continuación a sus lectores: “El público de este mundo no sería capaz de soportarla. Pues es sangre de su sangre, y el contenido es el de todos estos años irreales, impensables, inasibles para una mente despierta, inaccesibles para la memoria y solo conservados en algún sueño sangriento, años en que personajes de la opereta interpretaron la tragedia de la humanidad”.
La editorial barcelonesa H&O acaba de publicar, en una versión revisada y ampliada por Kovacsics –a la que acompañan epílogos de Elfriede Jelinek y Clemens J. Setz y un apéndice con imágenes y documentos inéditos en nuestro país–, la que sin duda está llamada a convertirse en la edición definitiva de esta monumental sátira sobre el instante en el que fenece el siglo XIX y comienza la centuria posterior. Un libro actualísimo –nuestro presente está poblándose de nuevo de guerras y de autoritarismos– y que, entre otras muchas cosas, indaga sobre la perversión del lenguaje que acompaña a las calamidades históricas. Kraus concebía su periodismo y su teatro como una forma de crítica estilística. De filología retórica. No tanto a la manera de la hermenéutica cuanto como un método de trabajo.
'La Antorcha'
Uno de sus grandes hallazgos, convertido después en un principio universal, es la constatación de cómo el fanatismo y la propaganda instauran el diktat del lugar común, separando el lenguaje de la emoción y el pensamiento mediante el uso obsesivo de fórmulas expresivas codificadas. Una lección infalible: los idiolectos, tan en boga en nuestro tiempo, donde muchos individuos hablan ya como si fueran algoritmos, a través de fórmulas, siempre son el preludio de la debacle intelectual que precede a la desvinculación de una sociedad con la realidad. Si en Die Fackel Kraus combate –al modo de don Quijote– la perversión de la prensa, a la que considera un instrumento al servicio del morbo y condicionado por los intereses del poder, en Los últimos días de la humanidad encontramos la puesta en abismo de este drama en el que, como señala Kovacsics en su magnífica introducción, desaparece el hombre trágico, y por tanto también los héroes, y quedamos “nosotros, una fauna serpenteante de ufanos muertos vivientes, impulsada por quién sabe qué viento, quién sabe hacia dónde”.
En este hundimiento no está exento de humor, como se aprecia en alguna de las escenas del libro, donde tras el atentado de Sarajevo que señaló el comienzo de la guerra, Kraus dispone el cuadro grotesco de una galería de tipos –políticos, militares, nobles, proletarios, príncipes, mercaderes o vendedores de diarios, entre otras criaturas– más interesados en ver y ser vista en las honras fúnebres del magnicidio que conscientes del infierno que les esperaba.
Tropas austriacas en la frontera con Serbia durante la Gran Guerra
Esta estampa, vivísima, es un retrato de aquel momento histórico, pero a su vez representa la inconsciencia y la frivolidad de una Europa atrapada en su propia autodestrucción moral. Kraus registra la opereta a partir de las voces, las notas de los periódicos, los encuentros en los cafés, las conversaciones callejeras, los noticiarios, la propaganda, el patrioterismo profesional y la corrupción de su gremio, que colabora en todo este naufragio, y que el escritor resume en imágenes como la de cadáver de Cesare Battisti después de ser ajusticiado por su verdugo, Josef Lang, que posa satisfecho con el fruto (inanimado) de su esfuerzo.
Hay quien interpreta el drama krausiano como un alegato antibélico. Sin duda lo es, pero su ambición (totalizadora) trasciende esta estrecha lectura. Lo que se expone ante los ojos de los lectores de este libro es un suicidio colectivo que discurre en paralelo al sonido de la cháchara de una legión de charlatanes que cantan, defienden, justifican y exaltan la guerra, cuando no se enriquecen con ella. La misión de Kraus, igual que el Funes de Borges, es registrarlo todo, hasta el detalle más ínfimo, y reproducirlo, devolverlo a la vida figurada del teatro, convirtiéndolo en memoria.
Josef Lang, verdugo, posa sonriente tras ajusticiar a Cesare Battisti, diputado del Reichstat vienés por Trentino
Todos los parlamentos del sinfín de personajes que pueblan estos días crepusculares de la civilización europea –captados por el escritor austriaco con una oralidad que Kovacsics adapta a un castellano meridional– fueron dichos. Las escenas y los escenarios no son imaginarios, sino documentales. Y la perspectiva, igual que le sucedió a Valle-Inclán, que ejerció como corresponsal en la Gran Guerra, cuando sobrevoló en avión los distintos frentes de combate, nos descubre una realidad inesperada y permite saltar desde el relato lineal a la narración simultánea.
Los cuadros sociales de Kraus, caricaturas similares a las de una novela gráfica que en vez de mediante la ilustración se expresase a través del vendaval de las palabras, suceden en un tiempo único, no en progresión. El libro tiene una clara vocación de collage. Es la suma de estas miniaturas, la convergencia entre los distintos fragmentos de la realidad, lo que dota de toda su fuerza y originalidad al cruento retablo de guiñoles de Kraus.
'Die letzten Tage der Menschheit¡ (1922)
Desde el punto de vista intelectual, Los últimos días de la humanidad es el anuncio del cambio de era que conduce hasta nuestro presente. Porque lo que se asesina en los campos de batalla de 1914, además de a hombres, son las palabras, mientras en las retaguardias –Berlín y, especialmente Viena– se conspira contra la verdad. La civilización del embuste, en la que todos habitamos, seamos o no conscientes, irrumpe en Europa en ese momento. “Una mentira, una mentira diaria de la que fluía la tinta de la imprenta como sangre, una –la mentira– alimentando a la otra –la tinta– y separándose para crear un delta en el gran océano de la locura”, escribe Kraus que es una suerte de profeta de la calamidad.
Su tarea tiene algo de inmolación: levantar un acta tan exacta y diáfana de la verdadera condición humana no es un trabajo que los retratados en el lienzo agradezcan con elogios. Nada de esto detuvo al escritor austriaco, que sabía que su obra perduraría en la medida en que no participase del fingimiento general de su época. Kraus puede ser considerado un neurótico, alguien incapaz de dejar pasar una errata o tolerar una coma mal puesta en los cuadernos de Die Fackel. Pero también fue el mejor cronista de cómo el nacionalismo, causante de todas las guerras europeas, pervierte la vida social de las democracias y destruye la libertad, antes de conducir a la gente a una tragedia. La Gran Guerra supuso el exterminio de toda una generación de jóvenes que, guiados por el vano idealismo de quienes no combatían, fueron reventados en las trincheras. Nadie les explicó a esos muertos que la patria exigía ser víctimas de una carnicería.
'Los últimos días de la humanidad'
En Los últimos días de la humanidad hay, y en abundancia, retratos de víctimas y victimarios. Monólogos, diálogos. Sátira y espanto. Humor y escenas de desesperación. Hipocresía y perversión. Lo que no hay son héroes. Ni épica. Ni epopeya. Es un mundo similar a una topografía lunar. Un paisaje de hienas. Una sombra que camina. El actor que se pavonea en el escenario y al que no se le oye más. Una crónica de Kakania. El fuese y no hubo nada de Cervantes. “El cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada” de Shakespeare. Un obra maestra absoluta.
Colección de ejemplares de la revista 'Die Fackel'