Álvaro Cunqueiro
Álvaro Cunqueiro, gloria y linaje de los Montenegro
La brillante biografía póstuma de Antonio Rivero Taravillo sobre la figura del escritor gallego, estafador, monarca del embuste y creador del realismo mágico, devuelve al mapa literario español a un consumado maestro en el arte de la fábula
De mayor, Álvaro Cunqueiro Mora (1911-1981) tenía un vago aspecto de obispo. Era alto y obeso, tenía buen saque y ejerció, junto a su admirado Néstor Luján, como dedicado crítico gastronómico. Mostraba un gesto condescendiente ante los pecados de la carne y del espíritu, quizás porque él mismo los había conocido en primerísima persona en una vida anterior, igual que Agustín de Hipona, que sin embargo alcanzaría la santidad. De rapaz –como diría él mismo en su lengua materna, que usó, sobre todo, para escribir poesía–, se asemejaba mucho a un seminarista.
El hábito no siempre hace al monje, pero lo contribuye. Aunque en el caso concreto de Cunqueiro, que vino al mundo con un primer apellido expresivo e inolvidable, pero al que quiso añadir tras el nomen materno la ilustre gens de los Montenegro –segundo apellido de su padre y muestra de su lejano parentesco con los Valle-Inclán–, no está del todo claro si la devoción literaria antecedió a la vida o sucedió lo contrario. Cunqueiro, conviene aclararlo desde el principio, inventó a Cunqueiro. Quiere decirse que su mayor creación (artística) fue él mismo, hasta el punto de que no puede desligarse su persona de su máscara. Ambas son una.
Álvaro Cunqueiro en 1928
Hubo más invenciones por supuesto, pero no se limitan a los libros que escribió ni a los artículos que rubricó (en toda clase de publicaciones, revistas y cabeceras, igual que un galeote de la pluma, que es el único destino que tienen los escritores de periódicos). Una fábula fue también su vida real, que trata in extenso –casi seiscientas páginas– la vibrante y brillante biografía que Antonio Rivero Taravillo, poeta y escritor total, dejó lista para su publicación casi un año antes de su temprana muerte, sucedida hace apenas unos meses.
Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda (Renacimiento) es un ensayo literario póstumo que, por su concepción y ambición, dice tanto de su autor como de su protagonista. Del primero, que sobresalió como poeta y es uno de nuestros mejores autores de vidas y hazañas literarias, como demuestran sus celebradas monografías dedicadas a Luis Cernuda –Premio Comillas– y a Juan Eduardo Cirlot –Premio Domínguez Ortiz–, muestra su devoción por el mundo de los mitos y las leyendas, aprendido gracias a su filiación irlandesa y a su dominio del gaélico que, en cierto sentido, se hermana con la ancestral cultura gallega, la más nórdica de las españolas.
'Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda'
De Cunqueiro, escritor de la primera generación de la posguerra española, esta biografía proyecta un retrato de corte panorámico, documentadísimo, panóptico y a todas luces ejemplar, que agota al personaje y en el que conviven –sin contradicción– el bilingüismo, la fábula, el embuste, la picaresca y la melancolía. El mejor español y el melódico gallego. El libro de Taravillo es el mejor de todos los que se han publicado en 2025. Y lo es por dos razones: por su esforzado trabajo como perseguidor del protagonista de la obra –el autor sevillano fatigó hemerotecas, recogió testimonios, consultó correspondencia, leyó y rescató una parte notable de la obra periodística del poeta de Mondoñedo hasta perfilar su retrato–; y por un estilo que, firmemente anclado en la mejor prosa de la tradición española, deja abundante espacio para la ternura, la claridad, el humor y la ironía, sin desmerecer los excelentes pasajes nacidos de una sincera admiración literaria.
Taravillo concebía sus biografías al modo británico: una narración libre y creativa cuyo sustento no se exhibe; pero se aprovecha. Conocimiento de hechos, protagonistas, personas, libros, paisajes y circunstancias hacen de sus ensayos litearios lienzos realistas y aproximaciones muy fieles a lo que estos personajes –creadores a su vez de otros personajes– pudieron ser. En el caso de Cunqueiro el reto no era sencillo. El escritor gallego, del que asombrosamente todavía no contamos con unas obras completas (ni en gallego ni en castellano), sembró su existencia de un sinfín de sueños, medias verdades y embustes. Esta fue su forma de arte poética.
Primera edición de 'Merlín y familia'
“Lo propio de un escritor” –aseveró una vez el autor de Merlín y compañía, “es contar claro, seguido y bien. Contar para la totalidad humana, que él por su parte tiene la obligación de alimentar con nuevas miradas. Y si hay algo que esté claro en esta dieta es que el hombre precisa, en primer lugar, como quien bebe agua, beber sueños”. Entre ensoñaciones literarias y realidades vitales ha tenido que navegar Rivero Taravillo para armar esta excelente biografía que devuelve al mapa literario español a uno de sus grandes maestros en el arte de la imaginación.
Cunqueiro –en lo literario– es una anomalía. Y en lo que al periodismo se refiere (su profesión esencial y más duradera; fue maestro de joven), una especie de sarcasmo luminoso. Empecemos por lo segundo: ¿Cómo es posible que un periodista como Cunqueiro, que en sus años madrileños conquistó las tribunas del diario Abc, y que muchos años después llegó a ser director del Faro de Vigo, además de articulista de Sábado Gráfico o de la revista Destino, fuera un embaucador? Milagros de aquellos tiempos.
Cunqueiro durante sus años en Madrid
Taravillo explica con profusión su tendencia a la fabulación –no siempre desinteresada ni inocente, sino fenicia y consciente– a través de algunas de sus peripecias, cuya exactitud es difícil de discernir por completo dado que alrededor del personaje la leyenda y la verdad siempre aparecen mezcladas. Pudiera decirse que toda su carrera periodística, azarosa y sin embargo constante, fue un absoluto milagro. No hubo en su época un periodista que mintiera más que Cunqueiro, usando incluso los periódicos en los que trabajó para propagar los embustes del lado oscuro de su biografía. Pero se trata de un pecado relativo si se tiene en cuenta que, por lo menos durante el franquismo, la prensa afecta al régimen, que era toda, también estaba llena de propaganda y embustes.
Vista así, la dudosa ética como periodista del escritor gallego no deja de ser una vuelta de tuerca a un mal enquistado y ambiental. Cunqueiro, que según fue cumpliendo años parecía un hombre de orden, actuó durante buena parte de su vida como un pícaro. Se dice que llegó a vender las máquinas de escribir de la redacción de los Luca de Tena –fue despedido, aunque la razón, apunta Taravillo en su biografía, pudiera no ser esta, sino su negativa a aceptar la exclusividad de firma que exigía el diario–, que estafó a un primo vendiéndole las verjas de Retiro, que llegó a comprar un tiovivo para las fiestas de Mondoñedo sin responder por la transacción y que –esto sí está documentado– se inventó un premio literario inexistente en Estados Unidos –el Mark Twain– para sacarle a un potentado norteamericano, noticia falsa mediante, un óbolo de mil pesetas.
Primera edición de 'Las crónicas de Sochantre'
Su vida está llena de cuartas preguntas y sucesos inverosímiles que lo dibujan, por decirlo a la manera de Josep Pla, con quien tuvo relación, similitudes y algunas divergencias– un absoluto cuco. Nunca terminó la licenciatura de Filosofía y Letras pero se presentaba, en los diarios donde anunciaba sus conferencias, con el grado de catedrático. Tampoco estuvo en el frente de la Guerra Civil y llevaba una condecoración de alférez. Empezó en el galleguismo, pero no tardó en arrimarse al falangismo y colaborar con la dictadura para medrar, igual que otros muchos escritores.
Puede que lo hiciera, sobre todo, para salvar el pellejo, pero es indudable que también hizo una industria de esta militancia. Ocupó cargos como propagandista con camisa azul, escribió panegíricos a Franco y a José Antonio (Primo de Rivera) y, durante los siete años de su época madrileña, estuvo en el cogollo de los intelectuales y escritores del régimen, que lo premió con prebendas, colaboraciones, contactos y tribunas periodísticas. Pero –cuenta Taravillo– como gastaba mucho más que ganaba, su afición a la estafa y a la falsificación, su devoción por la bohemia y la comida, el brillo del alcohol y las luces de los cabarets, aunque sin llegar a la maestría de González-Ruano, acabó llevándolo a la cárcel –donde estuvo varias veces– y, al cabo, provocando su expulsión de la Falange y la retirada del carnet de prensa, sin el cual ya no podía escribir con su nombre.
El escritor gallego Álvaro Cunqueiro en Cambados
Como Pla después de la decepción de no ser nombrado director de La Vanguardia, Cunqueiro se refugió en su pueblo, Mondoñedo, donde su mujer se negó a convivir con él y dejarle ver a sus hijos. Sus años como bala perdida en la capital de España le pasaron factura. Y le obligaron a la reclusión de aldea, aunque sin una masía donde poder disfrazarse de payés. El retorno a Galicia, donde conseguiría sobrevivir dando charlas y escribiendo en la prensa local y comarcal artículos sobre su tierra y sus mitos, hizo que retornase a los orígenes de las cosas, a la sabiduría rústica, a un pretérito idealizado. Pero, al contrario que Pla, que siempre fue un realista, Cunqueiro –como Joan Perucho– se inventó una Galicia de asombros y fantasías y se adelantó, muchas décadas antes, al género del realismo mágico practicado por los novelistas hispanoamericanos.
Se comprende así su singularidad: dentro de una tradición netamente realista, que es la propia de la literatura española desde sus orígenes, y en paralelo a los años de la novela social, Cunqueiro, consciente de que la capacidad de asombro de la gente mengua con la grisura de la realidad, fabrica su universo particular, geográficamente concreto y, a su vez, onírico. Ésta fue su forma de llamar la atención.
'La cocina cristiana de Occidente'
Encontró un modelo retórico en la sabrosa prosa de Antonio de Guevara, ilustre cronista de Carlos V y obispo de Mondoñedo, capaz de inventarse citas latinas falsas para dar autoridad a sus escritos, entre ellos sus libros para educar a los príncipes –¡con mentiras!– y, mientras escribía (en privado) poemas tristes en lengua gallega, en público se dedicaba a perorar –como diría el viejo Ortega y Gasset– en bodas, bautizos, comuniones y congresos culturales, y a escribir –sin descanso– en diarios y semanarios tan humildes como La noche, donde firmó algunos de sus mejores artículos.
“Las cosas, los periódicos, las noticias, además de su rostro tipográfico, tienen una cara secreta, un envés […] Es la otra cara de la realidad, la sustancia de la noticia, lo que queda, la salvación de los periódicos cuando los periódicos, una vez hojeados, entran para siempre y escarmientan en el ¿merecido? territorio del olvido”. Rivero Taravillo devuelve a Cunqueiro gracias esta colosal biografía a la vida, igual que el mago Merlín en las Tierras de Miranda: ajeno a su pasado, sociable, afable, discreto, erudito en el arte (ficticio) de las genealogías e inmortal.
Antonio Rivero Taravillo, en una entrevista en 'Letra Global'