Detalle de la portada del libro de

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Letras

El olvidado marido de Joan Didion

Para intentar sacar al señor John Gregory Dunne del olvido, la buena gente de Gatopardo ha publicado recientemente 'Vegas, crónica de una mala racha', donde nos hacemos una idea muy precisa de lo que era Las Vegas en los años 70

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A casi todo el mundo (que lee) le suena el nombre de la escritora estadounidense Joan Didion (Sacramento, California, 1934 – 2021), pero son muchos menos los que recuerdan a su marido, el también escritor John Gregory Dunne (Hartford, Connecticut, 1932 – 2003), al que tan poco se ha traducido en España (su novela Confesiones verdaderas, llevada al cine con Robert de Niro y Robert Duvall, y poco más).

Para intentar (modestamente) sacar al señor Dunne del olvido, la buena gente de Gatopardo ha publicado recientemente Vegas, crónica de una mala racha (1974), en excelente traducción de Javier Calvo.

Joan Didion cosechó su mayor éxito con El año del pensamiento mágico, libro surgido del infarto que se llevó por delante en 2003 a su compañero de vida, con el que se casó en 1964 y con el que tuvo a su hija Quintana, fallecida dos años después que su padre. John Gregory Dunne fue en su país un autor más respetado que leído o popular, pero dejó su huella con su peculiar visión de las cosas, marcada por un humor criminal no exento de humana compasión.

Nuevo Periodismo

Los Dunne eran de origen irlandés, lo cual se vio reflejado en una trilogía de nuestro hombre compuesta por las novelas True confessions (1977), Dutch Sea Jr. (1982) y The red, white and blue (1987). Su hermano, Dominick, fue también un escritor de mérito y ejecutivo de la industria cinematográfica que acabó sus días publicando unas espléndidas crónicas de juicios (O. J. Simpson, los hermanos Menéndez, Phil Spector) en la revista Vanity Fair. Su sobrino, el actor Griffin Dunne, ha tenido una carrera irregular en Hollywood, pero le cabe el honor de haber protagonizado Afterhours, de Martin Scorsese.

Mientras leía Vegas, crónica de una mala racha, pensaba que esa novela de ficción y de no ficción debería haber salido en la colección de Anagrama Contraseñas, que tanta felicidad nos dio a los muchachos de la Transición. Su estilo recuerda a Tom Wolfe, a Hunter S. Thompson y demás titanes del llamado Nuevo Periodismo.

Portada del libro de John Gregory Dunne

Portada del libro de John Gregory Dunne

Él mismo nos advierte en el texto de que lo que estamos leyendo es verdad o merecería serlo, sin distinguir entre una cosa y otra. Y lo que estamos leyendo es la confesión de un hombre en las últimas y en plena crisis matrimonial que, en busca de un lugar en el que reflexionar, no se le ocurre nada mejor que plantarse en Las Vegas, donde se trata con una pandilla de personajes atrabiliarios que, si no son reales, por lo menos lo parecen.

El señor Dunne no se va a Las Vegas para morirse de asco, como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas. De hecho, no llegamos a entender qué busca en esa ciudad absurda en cuyas calles te mueres de calor y en cuyos casinos te pelas de frío, pero no sientes una gran necesidad de salir al exterior.

Pero ahí se topa con unos interlocutores sensacionales en su cutrez: un detective privado con mucha calle, un cómico que no acaba de triunfar ni a tiros, pero que le recuerda a todo el mundo que fue telonero de Elvis, una furcia de casinos que acaba en el trullo con cada redada…Entre esas tres patas para un banco y el propio Dunne nos hacemos una idea muy precisa de lo que era Las Vegas en los años 70…Y, probablemente, ahora.

Con la lectura de este libro, reviví mi propia boda en Las Vegas con una chica de mi ciudad, Barcelona. Fue todo muy divertido: casorio en la capilla más antigua de la ciudad, The Little church of the west, donde George Sanders se casó con Zsa Zsa Gabor, cena en la (falsa) torre Eiffel, paseíto en góndola por los canales (falsos) del casino-hotel The Venetian.

¿Y qué hizo Herralde?

Y a la mañana siguiente, un taxi nos llevó al museo Liberace (ya chapado), que le gustó mucho a mi mujer, aunque no sabía quién era ese pájaro. Si se lo ha pasado bien con el viejo sodomita, no me dejará nunca, pensé (me dejó tres años después, que para una boda normal no es gran cosa, pero para una de Las Vegas, no está nada mal).

Pasamos tres días en el Bellagio (entre semana, precios de Lloret de Mar) y, cuando nos fuimos, llegamos a la conclusión de que, si nos llegamos a quedar más tiempo, nos habríamos vuelto locos. Lo absurdo resulta divertido un rato, pero a la larga cansa.

Por el contrario, al señor Dunne no se le ve nada cansado en su libro. Entre sus hilarantes reflexiones y las aportaciones de los tres inútiles con los que se junta, te retrata la ciudad de maravilla. Y de propina, unas cuantas remembranzas de su infancia y juventud como muchacho prometedor de origen irlandés (salen, básicamente, putas y curas).

De verdad que no entiendo cómo se le escapó esta crónica prodigiosa a Jorge Herralde a finales de los 70 o principios de los 80. Y agradezco a Gatopardo que haya exhumado este texto brillante donde los haya. Precisamente ahora, cuando el estilo desfachatado, tronchante y profundamente melancólico del Nuevo Periodismo parece haber pasado de moda y no interesar absolutamente a nadie.