
'La hora del destino de Mussolini'
Mussolini y la eucaristía de los últimos días del ‘fascio’
Antonio Scurati cierra su ciclo novelístico sobre el padre del fascismo con La hora del destino, donde aborda la debacle de la Italia totalitaria en la Segunda Guerra Mundial y enmienda la idea de que las víctimas no pueden ser, a su vez, verdugos
El histrionismo, que puede manifestarse de forma teatral o directamente como patología, es uno de los rasgos definitivos de los fanfarrones, esos individuos que alardean de las virtudes que no practican, especialmente si se discute sobre la valentía. El cuarto –y último– tomo del ciclo novelístico que Antonio Scurati (1969) ha dedicado a analizar el sustrato cultural y las peripecias que hicieron posible que Mussolini, un matón de esquina, un agitador profesional, se convirtiera en jefe de la Italia totalitaria, creando una ideología política –el fascismo– sin la que no puede explicarse ni el siglo pasado ni el presente, parece haber sido escrito para advertirnos de las calamidades que acarrean todas las personalidades providenciales.
En esta entrega, que relata el desastroso papel de Italia en la Segunda Guerra Mundial, especialmente en aquellos territorios donde el delirio fascista ambicionaba crear un nuevo imperio romano, desde Europa (los Alpes, Grecia, Albania, Yugoslavia, Rusia) al Norte de África, hasta casi las puertas mismas de Oriente Próximo, el tirano se torna, después de alcanzar la cumbre del poder, nuevamente humano y las masas que lo adoraban se transforman en mártires sin dejar de ser, a su vez, asesinas.

Antonio Scurati
Es una paradoja que expresa el lado oscuro de los populismos políticos: sus guías desprecian y sacrifican al pueblo al que dicen encarnar porque para ellos las hordas son un instrumento para su ascenso personal. Cuando la infalible ley de la gravedad, que en política es particularmente intensa, se impone, ninguno duda ni un minuto en abandonar a su suerte a quienes los entronizaron, culpándoles además de sus errores.
Este es el eje narrativo de La hora del destino (Alfaguara), donde Scurati, entreverando la historia documental con una prosa robusta, imaginativa y eficaz, hace una crónica del descenso de Mussolini, cuyo triunfo ya documentó en las entregas previas de M, título general de este ciclo narrativo, y se detiene en las consecuencias que su caída tuvo para los italianos, que no por padecer la derrota dejaron de ser los causantes de su desgracia. Scurati lo explica en el prefacio de esta cuarta novela:

Foto de la ficha policial de Benito Mussolini (1903)
“No nos es lícito en modo alguno olvidar o negar que los italianos lucharon como agresores e invasores allí donde el fascismo los había condenado a matar y a morir (…) Esta certeza, sin embargo, no debe impedirnos recordar también que la infausta, desatinada y obstinada voluntad fascista de desplegar a nuestros padres y abuelos flanqueando a los verdugos nazis acabó transformando en víctimas, además de los agredidos, a los agresores. Todo un pueblo arrojado al matadero de la Historia. Nuestro pueblo”.
La hora del destino tiene, por tanto, una atmósfera de exorcismo familiar, ese sabor agrio de no poder atenuar las decisiones propias debido a las circunstancias ajenas, que es la forma de autoengaño colectivo más común que existe. Que el fascismo trataba a sus vasallos como si fueran un rebaño no cabe duda –“La masa es descartable, son hombres grises”, dijo una vez el Duce ante Salazar, el dictador portugués–, pero esto no exime de pecado a los hombres concretos que, de forma activa o gracias a su pasividad, alimentaron la hoguera que acabaría devorándolos a todos.

Los últimos días de Mussolini
La ferocidad con la que los partisanos ejecutaron al dictador italiano y expusieron su cadáver, junto al de su amante, Clara Petacci, en la Plaza de Loreto de Milán, un episodio que queda al margen de esta entrega, acaso fuera resultado de ese pánico (colectivo) a ver reflejado en el espejo los fantasmas de una época llena de muertos, crueldad y soberbia. Pero destruyendo al jefe de la República de Saló no diluían su responsabilidad. Sencillamente la camuflaban. Igual que hacen los cobardes.
El relato de Scurati, que se extiende con brío a lo largo de más de setecientas páginas, y que es tan poderoso y fascinante como todas las entregas anteriores, intenta que esta idea no caiga en el olvido y, en cierto sentido, enmienda (gracias a un trabajo de documentación y composición admirable) esa noción interesada de memoria que convierte a todas las víctimas, por el simple hecho de serlo, en bondadosas, infalibles, dignas de nuestra compasión e inviolables ante el juicio de la Historia.

'La hora del destino'
Todos sabemos que las cosas no son así. En las situaciones extremas, y por supuesto especialmente en las guerras, la naturaleza de los mártires y los asesinos es perfectamente intercambiable, cuando no resulta complementaria, salvo en contadas excepciones. Es gracias a esta capacidad para identificar la doblez de la Historia, y a su talento para mostrárnosla como un fresco lleno de matices, que el ciclo narrativo de Scurati sobre Mussolini se sostiene y aguanta frente a otros relatos maniqueos, que confían en disimular su óptica simplista mediante meros ejercicios de estilo.
La hora del destino empieza en 1940, con el episodio de la muerte (por fuego amigo) del aviador Italo Balbo en Tobruk (Libia). Termina con la defenestración y encarcelación de Mussolini tres años más tarde por parte del Consejo Fascista, donde sus hasta entonces rendidos fieles, incluido el monarca Vittorio Emanuele III, tras un encadenamiento de derrotas militares que cabría calificar como cómico si no hubiera tenido consecuencias trágicas, renegaron de su capo para salvarse a sí mismos.

Itali Balbo, mariscal del aire del ejército italiano
El dictador italiano aparece en esta última fase de su vida como un individuo ensimismado en sus fantasías, insensible ante las derrotas y la muerte de sus camaradas, que se siente traicionado por todos, incluso por Hitler, a quien acompañó en su locura bélica sabiendo de antemano la incapacidad de su ejército, y que piensa que basta con que su voluntad desee algo para que se conviderta en realidad. Es un ser fuera del tiempo real después de haber encarnado –como nadie pudo hacerlo nunca– el zeitgeist de los totalitarismos europeos, encadenado a sus propias pesadillas.
Scurati usa una polofonía de voces para incorporar todos los planos del drama. Su libro se revela así como un gran caleidoscopio –que es la forma más exacta en la que sucede la Historia– del ocaso fascista. La muerte de sus ambiciones imperiales en el Mediterráneo y en África. En esto la historia de Mussolini recuerda –aunque del mismo modo en que lo hace una farsa– la historia de Roma, que levantaba los arcos del triunfo más y más grandes a medida que alimentaba su debacle, como si estas arquitecturas fueran a librarla de una enfermedad que no venía de fuera, sino que nacía dentro.

Mussolini y Hitler
La alianza de Italia con la Alemania nazi extendió el cáncer desde Berlín a Roma. La asociación mutua llevaría a ambos autócratas a la muerte prematura, componiendo dos escenas pavorosas: el suicidio consciente de Hitler, víctima de sí mismo sin dejar de ser el infame verdugo de millones de personas; y la brutal ejecución de Mussolini, que conocerá en su carne cansada y rosada los efectos devastadores de la violencia.
Scurati, en cierto sentido, resucita con este colofón narrativo un viejo tema clásico: la hybris como fuente de la calamidad entre los hombres y una desgracia para los pueblos. Esa forma de arrogancia que consiste en creer que puede suplantarse a Dios. El teatro de operaciones tiene lugar en Italia y en las plazas foráneas del imperio italiano, desde Egipto a Etiopía, pero el trasfondo de la historia nos lleva a la Antigua Grecia, donde Eurípides formuló una de sus profecías: “A aquel al que los dioses quieren confundir primero lo vuelven loco”.

'El hijo del siglo'
La locura primero tiene un rostro individual. Pero la máscara no tarda en desfigurarse para acabar expresando unas facciones colectivas. Nunca hubo un tirano de naturaleza despótica y un pueblo inocente. Todos, aunque sea en grado distinto, fueron responsables. Por eso el descontento social, cuando se suceden las derrotas militares y la crisis económica, se volvió en contra del líder supremo, atormentado ya por sus famosas dolencias intestinales. El hundimiento del fascismo italiano se produce en cinco geografías diferentes y se encarna en las historias de una galería de personajes secundarios. Pero se consuma en la obstinación declinante del Duce, capaz de fusilar a su yerno –Ciano, el interlocutor de la España franquista a través de la figura de Serrano Suñer– por traición para conservar el mando, igual que hacían los césares romanos antes de caer en desgracia, asesinados por su propia prole, ignorantes a su vez de que, hasta en las más estrechas relaciones familiares, el poder atrae sin remedio porque es una industria segura de privilegios y la derrota, como la pobreza de Quevedo, pobre y con cara de hereje, es objeto universal de repudio.