Eva Díaz Pérez

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Letras

Eva Díaz Pérez: "No es un fracaso morirse. Sí lo es permitir la muerte con dolor"

La periodista y escritora, que acaba de publicar Los viajeros del continente (Galaxia Gutenberg), reflexiona sobre la narrativa histórica, el peso de la memoria, la cultura europea y la eutanasia como último acto de libertad

11 abril, 2024 17:49

Lleva catorce libros en la mochila, la mayor parte de ellos ficciones relacionadas con momentos históricos. Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) quiso ser periodista para poder escribir rebuscando datos en archivos y hemerotecas. Tiene ojos despiertos para descubrir a las personas que pueden contar cosas y, a la vez, dedos finos de contumaz documentalista. Le ha puesto voz a los erasmistas de la Biblia del Oso, a las vanguardias ultraístas, al pintor Murillo y al gramático Nebrija. Mira Europa como un viaje cultural y así lo recrea en su último libro: Los viajeros del continente (Galaxia Gutenberg). Fue finalista del Nadal y atesora otros galardones. Usa la expresión letraheridos con una ternura que rezuma ironía. Se considera uno de ellos. Vive mientras escribe y viceversa.

Desmienta que lee cuantas actas de congresos de Historia caen en sus manos.

(Ríe a carcajadas) Confirmo, confirmo. Ese grado de friquismo me viene de la infancia. Jamás me aburre un acta, ya sea de un congreso internacional o de unas jornadas de dos días en una asociación: siempre encuentro un tesoro, me da igual la época o el asunto. Siempre hay algo interesante. Leo más este tipo de escritos que novelas, esa es la verdad. Son material inflamable para excitar la imaginación. Hay muchos profesionales que hacen un trabajo impagable: rastrean, catalogan, descubren, datan y yo los devoro como Drácula (vuelve a reír). Es una enfermedad que padezco desde pequeña, me viene de serie, como la miopía. Todas mis historias han nacido de algún rastro descubierto. Así empecé con Memoria de cenizas (2005), después de un reportaje sobre Casiodoro de Reina y las persecuciones a los reformistas, y así he seguido. Le debo un tributo a los investigadores que me han inspirado. Sin su trabajo yo no habría escrito nada. 

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Más dato que relato en la academia.

Exactamente, aunque en eso también estamos cambiando mucho en España. Ahora mismo hay historiadores que escriben con la pulsión de los mejores escritores. Mantienen el rigor y tienen mayor vocación divulgadora. Los británicos siempre lo han hecho muy bien, contando su Historia y también la nuestra. Ahora podemos presumir de nombres que están a la altura de Preston, Thomas o Beevor.   

Existe un chascarrillo entre historiadores: llaman periodismo a la rama de la historia contemporánea. 

Es posible: el pasado reciente está tan presente… Reconozco que me apasiona su trabajo y que es el periodismo que más me gusta. Rebuscar la huella del pasado, indagar sobre rastros que aún están frescos en la memoria, preguntarme qué hay detrás de una ley, de un edificio, de un nomenclátor… Mi vocación siempre fue literaria, pero la aparqué por el periodismo, que siempre he querido enfocar a la cultura y  las letras. Y la historia, como parte de lo que sucede ahora mismo. No puedo evitar preguntarme de dónde viene todo, los objetos, las tradiciones, las decisiones. Mas allá de estudiar periodismo, letras o historia lo que siempre supe, desde primaria, es que quería escribir de estas preguntas.

'Memoria de cenizas'

'Memoria de cenizas' EL PASEO EDITORIAL

¿Los periódicos son una fuente fiable?

Las hemerotecas lo son, sin duda. Otra cosa es lo que vaya a pasar a partir de ahora con la fragmentación de los medios y las redes. Pero los diarios de la época son magníficos testigos no solo de los hechos, sino de todas esas cosas pequeñas que pasaban y que retratan tan bien un tiempo. No se trata de seguir un solo periódico, claro, yo los uso mucho. Hasta hace poco los suplementos literarios o las revistas eran tan importantes para la creación como las editoriales. Lo que ocurre es que no hay que dar nada por cierto y pedir una segunda opinión, como ante un caso médico delicado. Y en muchos casos los periodistas han dado mayores testimonio de su época que los historiadores, mire a Chaves Nogales.

Andamos cortos de credibilidad.

Nos lo hemos ganado (Hace un gesto y refuta lo dicho). O se lo han ganado, porque muchos seguimos creyendo en el oficio y poniendo todo el rigor en nuestro trabajo. Pero es difícil contar historias que necesiten perspectiva y letra pequeña en la época de los likes y los mensajes de pocos caracteres. Priman las emociones y la necesidad de tener una opinión en el menor tiempo posible. No me reconozco en este tiempo, pero hay grandes periodistas que siguen haciendo lo que hacían Chaves Nogales o Pérez Galdós. En sus episodios hay reporterismo puro. Esa es mi intención: ser capaz de encontrar a las personas en el paisaje de su tiempo. Que las personas sean quienes cuenten la Historia porque son quienes la sufren y la construyen. La literatura es parte esencial de cómo entendemos el pasado. Ulises está más presente que muchos personajes reales. Y a muchos de personajes históricos los mantiene vivos la literatura. 

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Viajeros del continente, viajeros del tiempo (la entrevistadora confunde el título de la novela).

Viajan en el tiempo, pero siempre quise llamar esta novela así, Viajeros del continente. Así es como sus protagonistas (un escritor de libros de viajes británico, Hugh de Galard y su mujer, la violinista, Violet Archer)  llaman a Europa: el continente. Los británicos han sido parte esencial de este continente, el alma de la Europa que entendemos. No tendríamos la misma idea de Europa sin ellos, sus crónicas de viajes y sus estancias en otros países. Joyce, Beckett, Wilde, el grupo de Bloomsbury… todos transitaban por ese mundo, que era el suyo, aunque se sintieran isla… Esa idea la tuve siempre, como tuve claro que quería contar el último viaje voluntario de alguien que, al mismo tiempo, emula uno de los viajes más famosos del siglo XIX: el que hacen los Shelley para reunirse con Byron. Mis viajeros hacen su viaje y al mismo tiempo rescatan los lugares de aquél que vuelve a vivir con ellos.

Sus personajes transitan por la Europa del siglo XXI. No sé si encuentran lo que buscan.

El viaje de los Shelley y su encuentro con Byron, alrededor de 1816, es paradigmático por muchas razones. Es un momento crucial para Europa y marca una especie de génesis de una Europa literaria. Yo he querido situar a Hugh y a Violet ahora mismo, poco antes de la pandemia. Este libro lleva escribiéndose desde hace diez años y se me han ido cruzando otras novelas, pero sabía qué quería contar y he evitado la pandemia y sus consecuencias. Mis viajeros –Hugh, que viaja para morir; y Violet que lo acompaña–  transitan por el mundo de hoy con ojos de hoy, pero con la mirada de ayer. Una mirada que es literaria. Viajar por Europa es viajar no tanto por el pasado como con el pasado.

'El sonámbulo de Verdún'

'El sonámbulo de Verdún' DESTINO

¿Qué es Europa?

Ufff (resopla). Precisamente esta novela forma parte de esa serie que abrí con El sonámbulo de Verdún (Destino), que seguí con Adriático (Fundación Lara) y que pretendía cerrar con estos viajeros, pero que es posible que continúe…Pensé en una trilogía, pero creo que puedo seguir con esa búsqueda de una Europa que es realidad y es una idea. Sigo preguntándome por Europa. No se trata de buscar respuestas como de instalarme en la pregunta y descubrir qué encuentro en esa búsqueda. Mi presente es también mi idea del pasado, como en Europa el pasado marca el presente. En mis novelas trato de ponerme en el lugar y el momento de quienes las protagonizan, como Murillo o Nebrija. Siento el pasado reciente como algo que me concierne personalmente.

La nostalgia ya no es lo que era, dice Signoret.

Yo no soy nostálgica o, al menos, no pretendo escribir con nostalgia ni creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Pero me obsesiona su huella en mí y en el tiempo que vivimos. Y detesto (deletrea la palabra, enfatiza) el adanismo. No soporto la idea de ignorar todo lo que nos ha precedido. Esa ignorancia soberbia de creer que se está inventando lo que ya hicieron otros. Se trata de beber vino añejo en odres nuevos. Sé que suena antiguo, pero no me importa. La curiosidad no puede ir en una sola dirección. Si renunciamos a esta herencia estamos despreciando tanto…

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Pero las vanguardias que tanto admira también les arrearon a sus antecesores.

Pero no los ignoraban. Conocían contra quién iban. Y eso es una forma de reconocerlos. No se rompe con lo que se desconoce, en ningún ámbito, ni en las artes ni en las letras ni en la ciencia, creo yo. Para cambiar un paradigma tienes que conocer el paradigma al que te enfrentas. Me deslumbran algunos momentos de la Historia y la efervescencia de las vanguardias, pero intento no idealizarlas, no convertirlas en un paraíso perdido. Tengo la sensación de haber llegado cuando se están apagando las luces, pero lucho para que no se convierta en una nostalgia tóxica y desesperanzada. Estoy atenta a mi tiempo. Puedo ser una friqui del pasado o de algunas figuras históricas (sonríe), pero no alguien que no sea capaz de deslumbrarse con algo nuevo. Mis viajeros son huéspedes de los bares, las calles, de las ruinas de ahora que, por cierto, de alguna manera recuerdan a aquel tiempo convulso que vivieron los Shelley a comienzos del XIX, en plena expansión napoleónica, con revoluciones larvándose en Europa. Un tiempo de incertidumbre. Como ahora. 

Esos viajeros del XIX y del XX, antes de la Segunda Guerra Mundial, viajaban por Europa sin detenerse en fronteras, como un territorio Schengen no escrito.

Es verdad y se parece mucho, salvando todas las distancias, a lo que han hecho lo estudiantes europeos con las becas Erasmus. Esas estancias han hecho más por la construcción de Europa que todas las declaraciones de Bruselas. Eso ha sido crucial. Se construye más conciencia europea así que con ruido, divergencias o la ausencia de política común en temas de política exterior, por ejemplo. Se trata de construir un espacio real que nos vincule.

Hugh y Violet parecen ignorar el Brexit. Ya necesitan pasaporte.

Para ellos nada ha cambiado. Y es que yo creo que, en ese sentido de viaje y de pertenencia a una cultura, los británicos no se han ido. O al menos tengo la sensación de que han dejado la puerta entornada. 

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Siguen en Eurovisión.

Creo que quedaron los penúltimos (ríe), yo no lo sigo, aunque he de reconocer que es un fenómeno que ha vinculado a mucha gente, que tiene sus fans, e incluso polémica con el veto a Rusia y no a Israel. Para muchos es una manera de estar en Europa. Es un artefacto comercial, pero la cultura popular forma parte de ese vínculo. Más importantes son las plataformas audiovisuales, que me permiten ver el cine europeo que resulta tan complicado ya encontrar en los cines. Ahora puedo estar al tanto de cine danés o sueco, el que se sigue haciendo en Francia o las míticas producciones de la BBC.

Teniendo en cuenta su obsesión por la Historia la imagino seguidora de Juego de Tronos. ¿O es más de The Crown?   

Por mi pasión medievalista, que la tengo), debería ser grupi de Juego de Tronos, pero lo cierto es que me interesa más la serie sobre la corona británica. Es valiente, está bien hecha y, aunque no ataca a la línea de flotación de la monarquía británica, se permite licencias que en otros países –como el nuestro– son impensables.

¿Y las series y las novelas negras europeas?

Yo no soy muy aficionada a ese género, la verdad, no me suele interesar, pero hay autores que lo trascienden literariamente como pasa también aquí con Vázquez Montalbán, que ha supuesto un movimiento editorial y de lectores muy interesante. Hasta hay rutas de esos autores. Todo eso me parece estupendo, aunque yo siga prefiriendo otros libros y otros viajes. 

'Adriático'

'Adriático' FUNDACIÓN LARA

En su novela hay una muerte anunciada.

Siempre me ha interesado la muerte. En este caso me quería enfrentar a lo que creo que es el acto supremo de voluntad, el acto más libre: decidir acabar con tu vida. He leído mucho sobre la muerte en la Historia, según cada momento, según la moral o la mayor o menoe influencia de la religión en la vida de las personas. Incluso en la Edad Media, desde el oscurantismo y el miedo, qué duda cabe, existía una presencia de la muerte en la vida cotidiana, certeza de lo finito y efímero de la existencia. Sin duda, con la idea del paraíso y del infierno y todo eso, pero sin ocultar el hecho en sí de la muerte, sin esconder a los muertos.

Ahora que vivimos más tiempo, que hemos ganado batallas a las enfermedades, preferimos ignorar que vamos a morir y que podemos decidir cómo hacerlo. Me parece terrible que se niegue, desde posiciones respetables, pero que no pueden imponerse, el derecho a una muerte elegida. Me indignan las alusiones al mal uso de la eutanasia en manos de familiares o de desaprensivos para evitar que se regule por ley. Es lamentable y cruel. Tenemos derecho a no sufrir dolor, ya sabemos que el dolor no santifica ni dignifica. Esta novela, aparte del viaje, empezó a escribirse para hablar exactamente de eso, del viaje de un hombre que ha decidido poner fin a su vida porque está muy enfermo y tiene que ir al único país donde puede hacerlo sin preguntas: Suiza.   

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Cuando lo escribió no sabía que le tocaría vivir una pérdida cercana (Su madre murió de cáncer dos días antes de la presentación de la novela) 

La palabra maldita: cáncer. Sí. Y cómo la ocultamos con eufemismos o la vestimos de gesta: lucha, resistencia. No es un fracaso morirse. Es un fracaso de la sociedad permitir la muerte con dolor y con agonía. (Se le humedecen los ojos). Ha sido brutal porque parte de lo que he vivido lo había escrito antes, hace tiempo ya, sin tener la menor idea de que me tocaría vivirlo. Hay escenas que son una réplica de lo que hemos vivido con mi madre. Y escribí el libro cuando no había tenido ningún contacto directo con la enfermedad, ni con los síntomas, ni con los estadíos del proceso. Y los he escrito antes de vivirlos. Es la primera vez que mi padre no me lee, no puede aún. Siempre ha sido el primero, en cada uno de mis libros, antes de que se editaran, pero en esta ocasión, no. Es pronto. Mi hermana, sí. Y me han acompañado en los primeros días de las presentaciones. Está ahí siempre. Ha sido duro pero, aunque parezca extraño, es tambien hermoso. Seguramente es mi novela más personal.

Usted nunca se cuenta.

Me lo dijo Juan Eslava Galán cuando publiqué Memoria de cenizas, que era inaudito que no hablara de mí en una ópera prima, que eligiera unos personajes tan lejanos a mi vida como los erasmistas. Y me han dicho muchas veces que no parezco una mujer, que mi voz narrativa es poco emocional, más descriptiva (sonríe).Obviamente hay una mirada propia, como narradora, aunque usa la voz de un pintor como Murillo o los poetas ultraístas…pero es cierto que Hugh es el personaje que más tiene de mí. Es escritor, es viajero literario. Pero aparte de estos rasgos, me reconozco en su manera de enfrentarse a la muerte. Leí muchos testimonios sobre cómo los moribundos viven instantes de seminconsciencia y regresan a la infancia. Pero nunca creí que efectivamente mi madre llamara a la suya en sus últimos momentos y que yo lo vería. 

'Los viajeros del continente', de Eva Díaz Pérez

'Los viajeros del continente', de Eva Díaz Pérez GALAXIA GUTENBERG

Y hay amor. De pareja. 

Sí. El amor que acompaña. Un amor en el fin de la vida, cómplice, leal, cuidador. Violet es quien hace posible el viaje, quien concede el sueño a Hugh, quien hace posible que Ginebra sea el final del trayecto, pero que tenga algo de Ítaca. ¿Si me ha sanado leerla, después? No sé, creo que me ha sanado lo que salva siempre, la literatura. Aunque ha habido momento que me maldecía: ¿por qué tengo que vivir este momento como si lo estuviera escribiendo? ¿por qué me fijo en ese detalle precisamente, un reloj parado, la sábana rota, como si los estuviera describiendo? En cualquier caso, no he podido evitarlo. Creo que más que letraherida soy una letraviva sin remedio.

La novela ha tenido una acogida extraordinaria y buenas críticas.

Eso sí que es sanador. La experiencia con Galaxia Gutenberg está siendo magnífica. Tengo la sensación de llegar a sitios donde no había estado. Y ciertamente me estoy acercando a unos lectores nuevos para mí, y eso es una maravilla. Esta novela supone un momento de cambio profundo. Sigo apasionándome por esos temas que siempre me han inspirado, pero tengo otra mirada. Soy, de alguna manera, otra.

¿Y ahora? 

Tengo varios frentes abiertos. Estoy en fase de documentación de una novela sobre los Machado y estamos trabajando (la Academia de las Buenas Letras de Sevilla y la Fundación Unicaja) en una exposición sobre la saga. Quiero reivindicarlos como una gran familia europea, a la altura de los Mann. Eran instruidos, liberales y laicistas. Conocemos a los hermanos Antonio y Manuel, y algo a Demófilo, el padre folclorista, pero hay otros personajes fascinantes: la madre pintora, el abuelo científico.

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Nos falta orgullo sobre la cultura de vanguardia en España. Desconocemos mucho de nuestro pasado reciente y de esos liberales ilustrados que quisieron cambiar España y de instituciones que siguen siendo grandes desconocidas. Por ejemplo: la masonería. Tanto hablar del complot judeomasónico, como hizo Franco, ha logrado que sigamos ignorando su papel y su relación con los republicanos. Mucho nacionalismo de palabra, pero poco interés y menos orgullo por la cultura española. Yo no soy nacionalista, pero creo en una gran cultura de país que debería hacernos sentirnos orgullosos. También estoy entusiasmada con un encargo que me ha hecho la editorial Esfera de los libros: una biografía de Sevilla, a la manera de la biografía de Londres de Peter Ackroyd.

¿Hay alguna biografía que le gustaría escribir?

Soy una lectora voraz de memorias y de biografías. Y claro que hay muchos personajes que me interesan… Tal vez el abuelo de los Machado. Últimamente estoy deslumbrada por Luisa Carnés. He leído todo lo que se ha publicado y las introducciones de Antonio Plaza en la editorial Renacimiento, pero me gustaría saber mucho más. Todo lo que voy descubriendo me fascina: su vida personal, tan valiente, tan libre y su excelencia profesional. Escribió de deportes, fue corresponsal, hablaba idiomas. Sus cuentos me parecen de lo mejor del realismo español, por no hablar de Tea Rooms que es una novela impresionante. Sería un personaje con el que me gustaría implicarme, sí.

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¿Algún escritor de referencia?

(Piensa un instante) En literatura, dos: el británico Julian Barnes y el español Muñoz Molina, que es el escritor que reúne todo lo que me interesa, tanto desde el estilo como por la manera de abordar las historias. Pocos como él usan con tanto mimo y tanto respeto a la lengua y pocos cuentan mejor las historias.  

Un concurso de TVE ha elegido a Lorca.

Ni me lo nombre. Me parece una obscenidad que con dinero público se haga semejante mamarrachada disfrazada de programa de cultura. Vi unos minutos y no daba crédito: una lista en la que coincidían deportistas, científicos, cantantes, escritores. Pavoroso. Aparte de programas especializados, que los hay y muy buenos, lo mejor que ha hecho la TVE pública por la cultura y por la Historia ha sido El ministerio del tiempo. Una grandísima serie a todos los niveles. Los capítulos de Lorca escuchando a Camarón o de Velázquez oyendo un trap sobre la infanta Margarita son estelares. Con imaginación y con rigor. Si quieren, pueden hacerlo bien.