Havel, frente a la Estatua de la Libertad, por Farruqo

Havel, frente a la Estatua de la Libertad, por Farruqo FARRUQO

Ideas

La “tercera vía” de Mark Carney con Havel a su lado acelera el declive de Trump

En su célebre intervención, Mark Carney cita la metáfora de Václav Havel, proclamada en 1979 por el disidente comunista y expresidente de Checoslovaquia sobre la falsa causa de millones de ciudadanos que mantuvieron los rituales estéticos soviéticos, aun sabiendo que “vivían en la mentira”

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“El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad. Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.

Todavía conmueve la franqueza con la que habló, la pasada semana, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos. Dijo que lo inexplorado encuentra su límite en el “fin de la docilidad” de las naciones ante las potencias que amenazan la paz y la democracia liberal.

Al denunciar la última amenaza sobre Groenlandia y Canadá lanzada por Donald Trump, Carney fue rotundo: “no será así, no podemos ser dóciles”. Davos nunca ha contemplado la posibilidad de un desembarco americano en suelo europeo, pero los líderes del mundo económico y político saben que el presidente de EEUU volverá a las andadas cuando sufra un nuevo arrebato de gloria, un nuevo repliegue de su masa encefálica.

Perdedores en la cumbre

Mark Carney se ha posicionado como el referente moral frente al modelo hegemónico del presidente estadounidense. El premier canadiense ha abierto una brecha que aprovecha la UE para distanciarse de la Casa Blanca neocolonial dominada por un discurso procaz, mientras Norteamérica, la democracia más antigua, vive un clima de guerra social provocado por la violencia del ICE contra los inmigrantes y los manifestantes. La inmigración es la excusa para desgastar la democracia ¿Será que conviven todavía la libertad y la esclavitud?

Tras el Davos más disruptivo del último medio siglo, Groenlandia eclipsa a Ucrania, muere el bloque trasatlántico y Carney se proclama “capitán del mundo libre” (John Carling). Carney asegura que el primer paso de una distensión consiste en “reconocer que el orden internacional se desvanece”.

En su intervención, el prestigioso economista y exgobernador de los bancos centrales de Canadá e Inglaterra fue rotundo: “dejen de invocar las reglas como si aún funcionasen. La nostalgia no es una estrategia”. El premier representa la avanzadilla que apuesta por China y sus plataformas digitales abiertas, como alternativas a los grupos tecnológicos de Silicon o a los magnates, como Elon Musk o Peter Thiel, presidente de Palantir.

Los trust norteamericanos, vecinos de la USA House en la Promenade de Davos, han salido perdedores de la cumbre económica, que en anteriores ocasiones ellos señorearon.

El viejo orden no volverá: "Llamen al sistema lo que es, un período en que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coacción. Carney está convencido de que, “desde la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Es una tarea de las potencias medianas, que son quienes más tienen que perder en un mundo de fortificaciones, y quienes más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina”. Entre sus palabras se filtra el principal destinatario del mensaje: la UE.

Naciones intermedias

El precario equilibrio sobre el que se asienta el binomio capitalismo-democracia es el flanco débil en el que trabaja la maquinaria del populismo trumpista para aprovechar las tensiones inevitables entre los supuestos igualitarios de la democracia y las tendencias monopolísticos de la globalización. La tensión entre el mercado internacional y las raíces nacionales de la democracia converge en la Casa Blanca de hoy: une al trust corporativo con los partidos patrióticos, “el nexo del modelo político autoritario dotado de popularidad”, en palabras de Martin Wolf (La crisis del capitalismo democrático; Deusto).

En estos momentos, la degradación de las libertades en Norteamérica es proporcional al expansionismo exterior, confirmando la dualidad de una decadencia, como pronosticaron los profesores de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, autores del libro Cómo mueren las democracias (Ariel; 2018).

Carney ataca directamente al centro de esta dualidad autoritaria. Entretenido en su taza de oro, a Trump le ha salido al fin una oposición realmente alternativa. Lo certificó el pleno de Davos, en el mítico sanatorio de los Alpes Suizos, cuando los asistentes se levantaron entre aplausos al primer ministro. Carney propone un frente común ante las “potencias”, la perífrasis de Trump sin olvidar a Putin. Anuncia “fortalecer nuestra posición interna y actuar juntos”, porque el mundo atraviesa “una ruptura, no una transición”.

Las grandes potencias utilizan la integración económica como arma; los aranceles como palanca; la infraestructura financiera como coacción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. Delante de este panorama “las naciones intermedias deben actuar juntas, porque, si no estamos en la mesa, estaremos en el menú”.

Portada del libro 'Cómo mueren las democracias'

Portada del libro 'Cómo mueren las democracias'

Canadá ha encontrado una salida: diversifica fuera de sus fronteras. Ha formalizado una asociación estratégica con la Unión Europea, que incluye la seguridad, y ha firmado otra docena de pactos comerciales en el último medio año. Ha cerrado una asociación estratégica con China y Catar, y está negociando acuerdos comerciales con la India, ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur. Busca una “geometría variable” basada en valores e intereses.

No se puede “vivir en la mentira” del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de subordinación, mientras desaparecen instituciones multilaterales como la OMC, la ONU, la COP (cambio climático). Está visto que, en el caso de Trump, la elección de un mundo impide la existencia de cualquier otro en el extenso catálogo de los mundos posibles. Es un depredador de la responsabilidad en el ejercicio de la res pública. Practica el arte de la insolvencia intelectual; sus escenarios mentales caben en un Boite-en-valise, escondido en un cajón privado del Despacho Oval.

Aguantar la presión

"Cuando negociamos bilateralmente con el país hegemónico lo hacemos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por quién se acomoda mejor. Y esto no es soberanía, es subordinación”, afirma Carney. El peligro de esta sumisión a Washington ha aumentado con la amenaza proteccionista y con el plan para reducir el precio del dólar lanzado por la Casa Blanca -con la intención de reducir la Deuda-, al que no quiere contribuir artificialmente el ortodoxo presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen que “elegir”, antes que competir entre ellos por el favor del mastodonte. Carney propone “crear una tercera vía con impacto”.

Recalca que los países intermedios “no deben permitir que el auge del poder duro les impida mantener la legitimidad, la integridad y las reglas”; “solo permaneceremos fuertes, si decidimos ejercer juntos la presión necesaria”.

Vaclav Havel

Vaclav Havel

En su célebre intervención, Mark Carney cita la metáfora de Václav Havel, proclamada en 1979 por el disidente comunista y expresidente de Checoslovaquia sobre la falsa causa de millones de ciudadanos que mantuvieron los rituales estéticos soviéticos, aun sabiendo que “vivían en la mentira”. La tragedia del mundo moderno no es que “el hombre conozca cada vez menos el sentido de su propia vida, sino que esto le importe cada vez menos”.

Después de la Primavera de Praga, Havel vivía en lo que llamó un sistema de gobierno postotalitario, cuya piedra angular es la mentira, “que también existe en las democracias occidentales, con un sistema más sutil y refinado que el brutal del sistema estalinista” (El poder de los sin poder, de Václav Havel; 1979).

El primer ministro canadiense, convertido hoy en un líder internacional, alude al fingimiento de los exchecoslovacos, en su aceptación en la estética de Moscú, en la Praga invadida por los tanques rusos, “la ciudad del Presidente del Olvido”, como la llamó Milan Kundera (El libro de la risa y el olvido), consciente de que el olvido es la muerte, porque sin memoria dejamos de ser humanos.

La Atenas clásica

La Guerra Fría unilateral de Trump está en marcha gracias a la disuasión de Washington, incomparablemente superior a la defensa geoestratégica de europeos, canadienses y otros países. El tercerismo de Carney se opone a la Junta de Paz, el artefacto definitivo con el que Trump quiere suplir a las Naciones Unidas, privatizando la ONU, junto a países amigos, como Albania, Argentina, Hungría, Marruecos, Jordania, Egipto, Kosovo, Paraguay, Armenia o Azerbaiyán, entre otros, que tienen a su disposición las ojivas del Pentágono y el consejo de líderes “más prestigioso jamás reunido”, en palabras de Trump.

En el plano geopolítico, la Junta de Paz es parecida a lo que fueron, al otro lado del telón de acero, los ineficaces No Alineados de Bandung -la Cuba de Fidel, el Egipto de Naser o la Yugoslavia del mariscal Tito- que, en los sesenta, declararon su pacifismo, amparados por las trincheras nucleares de la antigua Unión Soviética.

En el contexto actual de nuevas alianzas, el discurso del primer ministro de Canadá aboga por plantar cara a “la ley del más fuerte” en un momento en que “Estados Unidos recuerda a la Atenas clásica, cuando se sintió invulnerable y amenazó a sus propios aliados”, escribe Ana María Artal, recordando al historiador sueco Johan Norberg en Momentos cumbre de la humanidad (Deusto).

Atroz estética

Lo mismo puede decirse del parecido entre el Washington actual y la Roma imperial, cuando los ciudadanos “perdieron el arte de la persuasión a causa de la tiranía”, en la versión de Cornelio Tácito, señala David Brooks, en el Times.

El presidente que habla en Washington y negocia en su residencia particular de Palm Beach se comporta como un matón del póquer al estilo del legendario Stu Ingar, biografiado en la película High Roller (2003), un jugador implacable, atormentado por sus adicciones e incapaz de gestionar sus fracasos.

Trump adopta una actitud desdeñosa para insuflar con indiferencia la verdad alternativa de sus cruzados, los escuadristas armados en las calles de Minneapolis que asesinan, vulneran la justicia e impiden a su propia gente vivir más allá de su nacionalidad.

La última mano de Trump sobre la mesa de naipes ha consistido en subir hasta el 100% los aranceles a Canadá, en respuesta al discurso de Carney, y crear paralelamente “espacios de respiración geoeconómica” para que EEUU pueda competir tecnológicamente con China.

Suele decir que el mundo “necesita un tirano”, que él es el rey y que la “arbitrariedad es la base del poder”, sin advertir, por pura ignorancia, que la tiranía a quien degrada primero es al propio tirano. Las universidades de mayor prestigio del planeta en Norteamérica - Princeton, MIT, Stanford o Harvard, entre otras- sufren la fuga de cerebros causada por la descapitalización a que las ha sometido Trump; y Hollywood, la industria cultural nacida en la Edad Dorada, paraliza las redes y las noticias del mundo con el grito de fuck Trump lanzado por el veterano actor, Robert de Niro, sobre el escenario, en la noche de los Golden Globes de Los Ángeles.

El presidente firma decretos en ruedas de prensa tumultuosamente selectivas; baila como un zote y se embadurna la cara de rojo. La excentricidad de Trump es un síntoma de su declive. Su atroz estética no está urdida en ningún relato de auténtico futuro.