Detalle del retrato de Marcelino Menéndez Pelayo (1912

Detalle del retrato de Marcelino Menéndez Pelayo (1912 JOSÉ MORENO CARBONERO

Ideas

La montaña heterodoxa de Marcelino Menéndez Pelayo

La tarea de un crítico y de un historiador de las ideas, como demuestra la obra sobre los heterodoxos españoles del sabio y polígrafo santanderino, erudito, ultramontano y principal figura intelectual de la Restauración, no estriba en discriminar cuanto en saber exponer los fundamentos de su discriminación

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“El país de la crítica literaria es triste y áspero; abundan los yermos, los matorrales y las hierbas biliosas; hay muchas colinas peladas, lúgubres pantanos, unos cuantos valles encantadores con vistas admirables y una montaña imponente. La montaña se llama Menéndez Pelayo”. Así resumía Octavio Paz, excelente crítico él mismo, su deuda con la Historia de los heterodoxos españoles en una cita traída a colación por Gabriel Albiac en su epílogo a la selección de la obra que acaba de publicar Calenda, con un estudio introductorio de Pedro González Cuevas. Se trata de una iniciativa muy loable y oportuna por cuanto pone al alcance de cualquiera un título que en sus dimensiones originales suele disuadir a muchos lectores, privándoles de una experiencia de primer orden.

Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) fue la gran figura intelectual de la Restauración, una cabeza prodigiosa, trabajador infatigable, erudito hasta lo inverosímil, políglota, polígrafo, católico ultramontano, enemigo de la modernidad laica y republicana emanada de la Revolución francesa, nostálgico del Antiguo Régimen y de la España de los Austrias y por tanto adversario de lo que supuso la llegada de los Borbones y lo que a su entender constituyó una imparable decadencia ilustrada y hereje.

Fotografía de Menéndez Pelayo (1912)

Fotografía de Menéndez Pelayo (1912) KAULAK

Como recuerda González Cuevas en su instructivo prólogo, su figura ha sufrido diversas apropiaciones y condenas ideológicas a lo largo de los años, desde la compleja relación que con él mantuvieron Unamuno, Ortega o Azaña –la generación que le sucedió–, hasta su encumbramiento vacío durante el franquismo o su ostracismo al principio de la democracia debido sobre todo a la labor de José Luis Abellán o de López Aranguren, que quisieron reivindicar la corriente erasmista y heterodoxa a la que se opuso Menéndez Pelayo. (Dan un poco de apuro, por cierto, las tonterías que llegó a decir Aranguren).

A estas alturas de los tiempos, ya no hace falta disculparse ni ruborizarse por leer a viejos reaccionarios. Un lector adulto acierta a distinguir perfectamente entre un fanatismo caduco y trasnochado, fruto de las polémicas de su tiempo, y una inteligencia crítica de primera magnitud, capaz de rescatar del olvido toda una tradición sumergida y reprimida que, si no hubiera sido por el afán inquisitorial de su autor, no hubiera tenido voz ni hubiera perdurado.

Puesto que la gran paradoja de los Heterodoxos –y en el fondo del catolicismo– es que salva aquello que condena, permitiéndole al desviado exponer sus pecados en el purgatorio y reivindicar su apostasía antes de ascender a los cielos. Como le confió al mismo Octavio Paz, Luis Buñuel fue un lector asiduo y obsesivo de los Heterodoxos, que le sirvió de cantera para construir esa maravillosa épica de la herejía que es La vía láctea, una de las obras más bellas que se han rodado sobre el misterio de la fe, a despecho de su primera impresión cómica e irreverente.

'Historia de los heterodoxos españoles'

'Historia de los heterodoxos españoles'

Una de las primeras cosas que llama la atención en el modus operandi de Menéndez Pelayo es que, si bien el ortodoxo siempre deja clara su discrepancia y aun su repugnancia con respecto a las ideas que sostuvieron los heterodoxos, la argumentación no se dirime luego en cuestiones doctrinales, sino que su atención se desplaza a la vida y a los detalles de la obra de aquellos, expuestos a menudo con una prolijidad y un cuidado que terminan por congraciarle con los que pretendía combatir. Así, por ejemplo, hablando del humanista Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas de Carlos V (qué cargo envidiable para una reencarnación en aquella época) y de su relación con Erasmo, comenta:

“Nunca se entibió entre ellos esta cariñosa amistad, por más que nunca llegasen a verse. A veces tenían sus riñas, riñas de enamorados, de esas que, como dice Terencio, son reintegraciones del amor, estímulo necesario para que el amor y la amistad no se entibien. Y luego se desquitaban colmándose mutuamente de elogios”.

Una vez asumida la distancia dogmática, Menéndez Pelayo rescata la humanidad de los heterodoxos, su inteligencia, su trabajo, los sinsabores que les causó su dedicación así como la atmósfera política y religiosa en la que vivieron. Y eso es justamente lo que sigue vibrando en estas páginas y estimula nuestra curiosidad, apelando al mismo tiempo a nuestro propio juicio al respecto. Puesto que la tarea de un crítico o de un historiador de las ideas, cual fue el caso del santanderino, no estriba tanto en discriminar cuanto en saber exponer los fundamentos de su discriminación. Y en ese sentido, Menéndez Pelayo consiguió afirmar mientras negaba precisamente por su generosidad con lo negado.

Caricatura de Marcelino Menéndez y Pelayo (1898)

Caricatura de Marcelino Menéndez y Pelayo (1898) J. MOYA

Su forma de pensar a contrapelo, por otro lado, le lleva muchas veces a componer enumeraciones que a nuestro oído nos recuerdan a autores más cercanos, por ejemplo a Borges, que también solía articular largas listas de paradojas. Fijémonos si no en esta maravillosa diatriba que dedica a los enciclopedistas españoles:

“Admitir la existencia de un Dios personal y negarle toda relación con las criaturas; confesar su sabiduría y providencia infinitas y poner en duda la posibilidad y necesidad de la revelación; entrarse por las Escrituras negando a bulto cuanto les parecía extraordinario y milagroso; hablar a tuertas y a derechas de indios, chinos y persas, y de su remotísima antigüedad y alta sabiduría; plagiar remiendos del pirronismo histórico de Bayle; soñar que Moisés fue la misma cosa que Baco o que Prometeo (vergonzoso delirio de Voltaire); imaginar que Esdras falsificó los libros de la ley después del cautiverio babilónico; tener por cosa baladí la jamás interrumpida y siempre incorrupta transmisión de las Escrituras en la sinagoga; ver en el Génesis imitaciones y copias de Sanconation y hasta de Platón; cortar y rajar a roso y velloso en los textos hebreos sin conocer si quiera el valor de las letras del alefato, como ni Voltaire ni casi ninguno de los suyos lo conocía y, después de haber mostrado soberano desprecio al pueblo judío, ir a desenterrar del fárrago talmúdico, y del Toldot Jesu las más monstruosas invenciones para contradecir el relato evangélico, tal era la ciencia petulante y vana de los deístas y espíritus fuertes de la centuria pasada”.

'La Historia de España'

'La Historia de España' CIUDADELA

Que un muchacho veinteañero –el libro se publicó entre 1880 y 1882– fuera capaz de batirse con esa altura, esa gracia y ese detalle con los espíritus más reformistas del siglo anterior nos resulta hoy, a despecho de cuantas discrepancias se quieran esgrimir, un verdadero milagro y un motivo de fruición intelectual de difícil parangón. A pesar de su intransigencia, además, el tono no deja de sonar nunca distendido e incluso humorístico, gracias, entre otras cosas, a un dominio de la lengua y a un estilo que sabe combinar la vigorosa complexión con la cercanía de una plática ingeniosa y cercana. Hablando por ejemplo de un obispo santanderino, antienciclopedista y por tanto de los suyos, don Rafael Tomás Menéndez de Luarca, al parecer un dechado de caridad, dice que sin embargo sus escritos le resultan ilegibles:

“A tal punto llega lo estrafalario, macarrónico y gerundiano de su estilo, que yo mismo, con ser montañés y preciarme de impertérrito leyente, nunca he podido llegar al cabo ni puedo dar razón sino de algunas páginas salteadas. Años adelante, y creciendo en él con la vejez el mal gusto, escribió un enorme poema filosófico, que debió constar de siete volúmenes, pero que, afortunadamente, quedó reducido a dos. Viene a ser una refutación de las teorías enciclopédicas, pero no se publicó hasta 1814, y, por consiguiente, no entra en el periodo que historiamos. La portada tiene cincuenta reglones; baste el principio: 'El recíproco sin y con de Dios y de los hombres, buscado por medio de aloquios al mismo Dios…y reconocido del propio modo en lo que son el Sumo Ser y los otros seres, especialmente el hombre…, con los mejores arbitrios de pasar de nuestro Todo-nada (nada doble) al que hemos de ser Nada-Todo. Cualquiera diría que este título y el poema entero habían salido de la pluma de Sanz del Río o de Nicolás Salmerón”.

'Historia de los heterodoxos españoles'

'Historia de los heterodoxos españoles' CALENDA

Es tronchante la capacidad de Menéndez Pelayo de reírse de sí mismo y de la tradición que con tanto ahínco estaba defendiendo al poner en pie de igualdad la obra imposible del obispo con la de Sanz de Río, importador del krausismo –otras de las bestias negras del montañés– y de Nicolás Salmerón, uno de los presidentes de la efímera Primera República. Al hacerlo, además, el joven erudito reconocía implícitamente la comedia que nunca ha dejado de ser el dogmatismo ideológico, con personajes que en una y otra facción parecían efectivamente destinados a protagonizar una película de Buñuel.

El estilo, lo adelantábamos antes, es otra de las fuentes de placer de esta obra y en general de toda la producción de su autor. La prosa de Menéndez Pelayo, de largos periodos muy bien articulados, dúctil, precisa, de adjetivación exacta y restallante, contiene el aliento de la mejor tradición española y parece albergar tanto el espíritu de Cervantes como incubar la semilla de lo que será el despliegue del ensayo y la teoría en Unamuno, Ortega e incluso en Benet, Ferlosio o Francisco Rico, a mi juicio uno de los mejores prosistas que ha dado el siglo XX, pocas veces saludado como tal.

Figura yacente de Marcelino Menéndez Pelayo de la Catedral de Santander.

Figura yacente de Marcelino Menéndez Pelayo de la Catedral de Santander. VICTORIO MACHO

Como todos ellos, Menéndez Pelayo escribe con esa docta casualness que hace de sus páginas un goce tanto para la inteligencia como para el gusto y que da la impresión de una conversación elevada a la máxima potencia. Hay, por otra parte, en su desmesurada y solitaria ambición de reemplazo una actitud también muy española, la gesta privada que quiere rebatir y refundar de una vez por todas y a despecho del mundo una tradición oculta o marginada. Ya decía Ortega que la cultura española, a diferencia de otras europeas, no era una cordillera de suaves y continuos picos vertebrados, sino que consistía en macizos aislados, desmesurados y a menudo abandonados a su suerte.

Ortega, por cierto, tras su temprana admiración por Menéndez Pelayo, terminó distanciándose de él, no solo por razones ideológicas sino sobre todo por considerar que el método filológico del maestro –heredado de Milà i Fontanals y luego preservado por la línea que va de Menéndez Pidal a Martín de Riquer o el propio Rico– era insuficiente para enfrentarse a muchas cuestiones de la historia española que requerían una distinta y más ambiciosa concepción teórica. Pero esa sería ya otra historia en la que sin duda don Marcelino vería asomar horrorizado “las mil cabezas de la hidra protestante”.