Un grupo de guerrilleros maquis

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Historia oculta de la guerrilla española: 'La guerra degenerada', de Javier Rodrigo

El autor reconstruye episodios de la guerra rural a través de las peripecias de personajes reales y  testimonios recogidos de expedientes judiciales

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Destapa hechos sorprendentes. Reconstruye la historia de una guerra rural oculta que muy pocos conocían. Solo por estas dos frases descriptivas ya valdría la pena comprarse el nuevo libro del historiador Javier Rodrigo, que acaba de publicar el sello especializado Pasado&Presente, pero hay más motivos por los que vale la pena leerlo.

Quienes conocemos un poco al autor sabemos que sabe unir al orgullo de trabajar bien la historia con la identidad rockera, que Rodrigo no solo no oculta sino que incluso fomenta. Tiene su importancia la cita de Pearl Jam con que se abre el volumen. No es un rasgo superficial el hecho de unir el máximo rigor historiográfico con el ritmo narrativo propio de los prosistas más dinámicos.

Aquí se tiene muy claro que un buen historiador es también un buen ensayista. Es como si Ángel Viñas se hubiera fusionado con Bob Dylan. Algo así. La guerra degenerada vibra, emociona y a la vez convence, y además quienes también conocemos algo al autor también sabemos hasta qué punto ha entendido Rodrigo algo esencial: sin colaboración grupal, sin generosidad académica, no es posible que una disciplina avance; y esto es lo que más destacaron los dos ilustres discípulos que presentaron La guerra degenerada en la librería Nollegiu de Barcelona: Javier Rodrigo ha creado escuela, y una escuela que se propone objetivos claros y propuestas conscientes, a través de un trabajo coordinado y planificado.

Veo a los discípulos de Javier Rodrigo, Miguel Alonso Ibarra y David Alegre, (y hay muchos más) muy orgullosos con esa condición. Desde que el autor publicara Cautivos (2005), se ha ido avanzando en una dirección concreta: acabar con la historiografía especulativa sobre la guerra civil, alejar los relatos sobre la violencia extrema desarrollada en Europa desde 1914 hasta 1952 de los abordajes idealistas o antropológicos, para volver a los archivos, los hechos concretos, y en todo caso reconstruir los aparatos teóricos desde una perspectiva completamente renovada y, sin duda, más ajustada a lo que pudo suceder y a las historias reales de protagonistas reales.

Percibo en ellos el mismo entusiasmo y la misma gratitud que yo conservo por mi maestro, Ricardo García Cárcel, que me enseñó lo que era la Historia Cultural y cómo se divulgaba eficazmente, y sobre todo alegremente, y que me enseñó también cómo resulta imposible dedicarse a la investigación sin mantener una notable reserva de ilusión y sed de diálogo con los demás.

El historiador Javier Rodrigo

El historiador Javier Rodrigo

Yo sé que los discípulos y los amigos de Rodrigo pondrían la mano en el fuego por él por la sencilla razón de que pone en las investigaciones de los demás la misma ilusión con la que trabaja las suyas propias, como hacía García Cárcel con las mías hace unos años, y porque son perfectamente conscientes de estar trabajando y creando en red, en diálogo constante, y que en la brega cotidiana se completan y ayudan los unos a los otros, porque en el fondo todos están escribiendo el mismo libro, y por eso no pueden caer, y escriben juntos el gran libro de las voces silenciadas bajo las botas de las guerras civiles y las invasiones imperialistas, en toda Europa, las voces de los que sufrieron el fascismo y toda clase de radicalismos violentos, sin interferencias ideológicas y sin manipulaciones adicionales, desde la máxima objetividad posible o alcanzable. Y en esa aventura profesional y humana no están solos.

Si la persona no se abre, la ciencia no fluye. Donde no hay calor humano, una horrible nada burocrática lo engulle todo. Fuera del compromiso y de la ilusión, no hay absolutamente nada. Solo rutinas y mediocridad. Pero nos estamos alejando, o algo peor, nos estamos poniendo solemnes: esto no va de Javier Rodrigo, sino de su último libro. Este romanticismo es ajeno a la austeridad aragonesa que preside sus páginas.

No es un libro fácil de digerir, porque contiene innumerables testimonios recogidos de expedientes judiciales que contienen escenas duras, historias vitales truncadas y experiencias de violencia difíciles de integrar, imposibles de romantizar.

Rodrigo intenta reconstruir las violencias cruzadas que se cebaron con las vidas de guerrilleros, enlaces rurales, paisanos atrapados en redes de terror, mujeres supervivientes de violencia sexual y guardias civiles encargados de continuar aplastando focos de lucha armada republicana a partir de 1939. Y lo hace como el juglar o quienquiera que escribiese el Poema de Mío Cid, ampliando y cerrando la lente narrativa, partiendo de hechos inmediatos para construir un relato coral o un friso de lo que ocurrió.

Y siempre comparado el caso español con muchas otras luchas análogas, como las acciones de los ejércitos partisanos durante la Segunda Guerra Mundial, los casos francés, italiano o yugoslavo, o los casos griegos o las luchas de descolonización asiáticas o africanas, toda clase de saberes e informaciones internacionales que el autor domina a la perfección.

Así que en lugar de la acostumbrada charla tertuliana, el lector tiene siempre la sensación de que lo que se le está relatando es totalmente fiable, y no una anomalía antropológica hispánica o un proceso desconectado del resto del mundo. El registro busca, por un lado, romper con los solipsismos provincianos habituales y, por otro, huir de las manipulaciones politizadas. Cuando hay que hablar de violencias y coacciones, secuestros de niños o ejecuciones de inocentes por parte de los guerrilleros, esta realidad no se oculta.

'La guerra degenerada'

'La guerra degenerada' PASADO & PRESENTE

Este objetivo de apegarse al testimonio directo de la fuente primaria es especialmente palpable en La guerra degenerada, que el autor concibió, dice medio en broma, durante una convalecencia por apendicitis, como un mosaico de testimonios, aunque él habla de patchwork. Hay mucho, es cierto, de eso, porque los fragmentos rescatados son especialmente impactantes, y que no se conserve la memoria de uso sufrimientos tan humillantes es sencillamente una idea perfectamente intolerable. Entre todos estos fragmentos de declaración tan duros me ha golpeado especialmente este, extraído del testimonio de Leriñia Díaz:

“Nosotros desde el principio colaboramos con los 'fugaos'. Aunque yo no era más que una niña de más de once o doce años, ya les llevaba comida a los del monte. Cada vez que pasaba algo, los guardias venían a casa a pegar y machacar a mi padre. Llorábamos todos, mi madre, nosotros, y eso que no éramos más que 'guajes'. Aunque ver al padre llorar te impresiona, si ves a la madre, ¡qué sé yo!, si siempre estás al lado de ella… A mi madre la pegaron y la colgaron, lo hizo un vecino de Laviana, que ahora lo estamos viendo todos los días por ahí. Mi madre entonces estaba embarazada de ocho meses y querían que cantara dónde estaba mi tía escondida, pero no cantó. (…) La historia nuestra es la de ver solo en casa sangre y palos. Y de llorar todos, mi abuela, mi abuelo, todos”.

No era fácil escribir sobre esta materia, transmitiendo dignidad, digámoslo así, a tantas historias de torturas, suicidios, vejaciones genitales, odio, humillaciones y deshumanización de la mujer. Y Rodrigo se ha hecho asesorar por especialistas cómo podía anonimizar los testimonios de violencia sexual sin revictimizar a las supervivientes y sus familias. Causa estupor y pasmo que tantos cientos y miles de casos cayeran en un limbo de desmemoria tan profundo, y que durante más de medio siglo permanecieran en la oscuridad más completa.

Y nos cuenta el autor: “Para poder hacer este libro, además de usar fuentes de índole política o militar que ya conocía de antemano, obtuve documentación fundamentalmente de tres archivos militares: el archivo del Tribunal Militar Territorial Segundo de Sevilla, el Archivo del Juzgado Togado Militar de Almería y el Archivo Intermedio Militar Noroeste de El Ferrol. Estos tres archivos cuentan con una amplísima colección de consejos de guerra instruidos entre 1936 y finales de la década de los cincuenta”.

Y demostrando su cautela, explica en otra página: “Además de tratar de comprender cómo otras historiadoras e historiadores habían abordado estas cuestiones que son tan metodológicas como morales y políticas, decidí pedir ayuda y consejo a una de las voces más acreditadas para tratar una cuestión como esta, Alejandra Naftal: la que fue directora de Museo Sitio de Memoria de la ESMA en Argentina, curadora de innumerables trabajos que han abordado experiencias como las de las violencias sexuadas en el contexto de la también aquí guerra sucia e irregular contra civiles.

Milicianos apresan al comandante Rafael Ortiz de Zárate, sublevado, antes de ser fusilado.

Milicianos apresan al comandante Rafael Ortiz de Zárate, sublevado, antes de ser fusilado.

Una mujer, por si no fuera suficiente autoridad, ella misma víctima en 1978, siendo menor de edad, de secuestro, maltratos, torturas, abusos sexuales y violaciones en el que las propias internas denominan campo de concentración de El Vesuvio y una de las declarantes ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y, un año después, en 1985, en los juicios a las juntas militares”. Esta prosa es rápida, pero nunca es irreflexiva o poco cuidadosa. No se busca el efecto emocional, aunque naturalmente lo produzca, sino el análisis pormenorizado, el esclarecimiento de un pasado crudo y sucio del que se ha hablado demasiado poco.

Datos sorprendentes, decíamos al principio. Aquí algunos de ellos: “Proyectadas sobre los 13 años (entre 1939 y 1952) que sobrevivió la guerrilla tras el fin de la Guerra Civil, esas 8.000 muertes arrojan unos números (más de 600 víctimas anuales) que, según los parámetros de la ciencia política, permiten, sobre el papel, hablar de un conflicto interno e incluso de una guerra civil”. “El último guerrillero en caer muerto en España fue O Piloto, en 1965”. Hasta este punto puede cambiar un libro la percepción que se quiso imponer sobre un período. Más datos: se estima que “entre 18.000 y 20.000 personas  fueron enjuiciadas o perseguidas por las actividades guerrilleras, entre civiles y armadas”. Todo esto es una barbaridad.

La guerra degenerada aborda en toda su complejidad una guerra latente y soterrada que surgió en 1936, pero que se prolongó más allá del famoso parte firmado por Franco el 1 de abril de 1939, donde declaraba solemnemente que la guerra había terminado. Sin duda, la guerra convencional, aquella que enfrentaba a dos ejércitos regulares, terminó aquel día. Pero otra, de carácter irregular, se prolongaría en los márgenes de la geografía quebrada de las sierras hasta 1952”; así resume Jorge Marco, especialista en la materia, en su epílogo del libro, la labor del autor.