Marina Garcés, por Farruqo

Marina Garcés, por Farruqo

Ideas

Marina Garcés: la amistad, una soledad compartida

La filósofa publica La pasión de los extraños, donde constata que “la amistad no es un receso sino un anhelo y su ruptura es un vacío en el lenguaje”

Seguir con Hannah Arendt, una biografía intelectual

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Emprendemos el viaje de la amistad frente a las inclemencias del presente. Marina Garcés lanza su discurso sobre la amistad y en parte también contra la amistad plácida que le produce “desconfianza o envidia”.

A largo de  de su exposición, en el libro La pasión de los extraños (Galaxia Gutenberg), la pensadora encuentra rellanos en los que detenerse sin complejos, con citas casi insólitas, como esta de Epicuro: “No obtenemos tanta ayuda de la ayuda de los amigos como de la confianza en su ayuda”.

El bien supremo que nos produce el afecto restringido de la amistad no se devalúa por el hecho de recibir ayuda. No podemos rechazar la ventaja obtenida gracias al amigo. La autora lo acepta sin remilgo y acaba revolcándose en el paradigma aristotélico, según el cual la amistad placentera tiene un final escrito en función de su utilidad.

Garcés lo pone encima de la mesa y se rebela de inmediato: “La amistad no es un receso sino un anhelo y su ruptura es un vacío en el lenguaje”. La filósofa desvela su lucha interior entre el ingenio y la aporía: se puede ser amigo por conveniencia o amigo de verdad. Existen ambas cosas.

La respuesta de Arendt

Garcés nos muestra senderos sutiles en un libro de incontables cruces en dirección a espacios desconocidos por innombrados. Nietzsche no escribió ningún libro sobre la amistad, pero toda su obra está hecha de martillazos, a causa de la inquietud que le producen las rupturas entre amigos: “En nuestro propio amigo debemos tener nuestro peor enemigo” (Así habló Zaratustra). El conflicto y la confrontación son más resistentes que el afecto. Partiendo de esta premisa, la amistad, una forma de amor diletante, es una experiencia que no cabe en el discurso ni en el consenso ni en la ideología. Los amigos, situados uno frente al otro, comparten su soledad.

Garcés utiliza un amago socrático para entrar a fondo en dos ideales contrapuestos: amistad y amor al prójimo. Confronta el afecto elegido y sincero con la necesidad de presencia divina en nuestras emociones interpersonales.  

La filósofa Marina Garcés

La filósofa Marina Garcés

La amistad entre seres humanos depende del tiempo (interrupción, muerte y otras causas); “la temporalidad es la materia prima de la amistad”. En el origen del amor al prójimo, Teresa de Ávila vio la elección humana como un simple egoísmo. Para destruir la amistad de Cicerón, el cristianismo interpuso el Nuevo Testamento y así lo hizo Tomás de Aquino al razonar la existencia de un amor que nos iguala ante Dios y convierte en intrascendente el afecto  entre nosotros. En sus Confesiones, Agustín de Hipona introdujo el Caritas, una gracia concedida que niega todo vínculo si no emana de Dios.

Un juego de distancias

Valiéndose de los argumentos escolásticos, Garcés desliza la respuesta de la inolvidable Hannah Arendt -enorme pensadora de la cuestión judía y del totalitarismo- contraria al amor divino del creador imitado por sus criaturas. Así lo  refleja Arendt en su emblemática tesis doctoral, dirigida por Karl Jaspers en la universidad de Heidelberg, cuando el cerco totalitario del horror nazi se cernía sobre ambos.

La soledad, lo contrario de la amistad, es el oponente dialéctico que concentra lo mejor de Marina Garcés en este libro. La risa aparece como un camino intermedio entre ambos conceptos y, cuando se desborda, llega a provocar una especie de borrachera en todo el cuerpo.

Para evitar el contagio, encuentra el remedio en la distancia: “La amistad es un juego de distancias y proximidades que se resuelven entre lo social y lo íntimo, lo doméstico y lo público, lo personal y lo colectivo”.

Garcés exprime el argumento y lo proyecta en palabras de Simone Weil: “La amistad es el milagro por el que el ser humano acepta mirar a distancia y sin aproximarse al ser que le es necesario”. Por este sendero llega el alimento necesario para la colectividad y su instancia política. Llega la libertad que por si misma no existe, pero que se mide por la relación que somos capaces de mantener “sin dejarnos caer”.

No hay nadie más inmune a la soledad que quien no quiere sentirla porque está por encima de ella; una formulación que encaja como anillo al dedo en un autócrata como Putin y su larga mesa marmórea de reuniones frente el otro a varios metros de distancia.

Graffiti callejero con la imagen de Hannah Arendt

Graffiti callejero con la imagen de Hannah Arendt

La autosuficiencia es una falsa invulnerabilidad. Ahora mismo, el desembarco de Donald Trump nos interpela en tanto que débiles; y Garcés, sin citarlo, se pregunta en qué medida esta común vulnerabilidad puede ser “una potencia crítica y emancipadora”. Ella pone a prueba la praxis política, si somos capaces de vivir no como individualidades, sino “como entramado que precede a cada vida y la hace posible”.   

El pensador es aquel que nos invita a ser nosotros mismos partiendo de la idea de que la “cultura es una experiencia de la extrañeza”; la cultura tiene un coste, si no quiere dejarse llevar por la inercia del populismo o caer en el laberinto académico. “Sin extrañeza no puede haber pensamiento”.

Pensar y luchar

Responsable del máster de Filosofía para los retos contemporáneos de la UOC, impulsora del proyecto Espai en Blanc y colaboradora de la Escuela de Pensamiento del Teatre Lliure, Marina Garcés (Barcelona, 1973) ha publicado un montón de libros, entre ellos, En las prisiones de lo posible (2002); Filosofía inacabada (2015); Fuera de clase (2016); Escuela de aprendices (2020)  Un mundo común (2013/2021); y recientemente Malas compañías, una colección jerarquizada de relecturas y cartas familiares, calificada por ella como una cacofonía de voces indirectas que intercambian “ideas sobre los límites de nuestro presente sin futuro”.

En este momento de modificación de roles impuestos a la fuerza, “el arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza en lo que se refiere a estar firmemente dispuestos ante los incidentes”, según la versión de Marco Aurelio (Meditaciones), aquel emperador romano y pensador estoico que dirigió a las legiones en los márgenes danubianos contra los germanos y los sármatas.

El pensamiento debe cuestionar la herencia recibida; escapar de lo posible. Pensar y luchar son términos complementarios. Marina Garcés confía en él hasta clavada en el centro del mercado que concita a mercaderes y curiosos; cree en la palabra como medio en la arena de lo público.

Pero nadie debe dejarse avasallar por la palabra, como recordó el lejano Soren Kierkegard, el filósofo hijo de una familia acaudalada de Copenhague que exploró un mundo de fantasía a través de sus seudónimos:: “Se puede engañar a un hombre con vistas a la verdad y, por recordar al viejo Sócrates, engañarlo para conducirlo a la verdad” (Elogio de Sócrates de Pierre Hadot (Alfdecay).

La permanencia del recuerdo

Es la labor socrática a la que se somete la filosofía desde los comienzos, porque el método es el gran educador y un educador jamás dice lo que piensa, solo responde a una cuestión en cuanto que sea útil al que educa. Y, además, “no es necesario que se adivine este disimulo”, escribió E. Bertram, citando a Nietzsche.

El sentido del humor es absolutamente imprescindible para filosofar. Garcés lo tiene, aunque se tome muy a pecho lo de la soledad, a la que considera a la postre “una potencia de invención, una forma de sensibilidad no solo para cooperar sino para compartir la vida con otros”.

El escritor Paul Auster

El escritor Paul Auster

Y, al hilo de este argumento, “la amistad se convierte en una forma de vida sin institución, al límite de cualquier justificación”.

La autora recoge la ficción casi homónima de Paul Auster (La invención de la soledad) y reclama al Milan Kundera (La identidad), defensor de la memoria y las historias familiares que sirven para levantar genealogías a partir de recuerdos y traumas. Rememora la sentencia terrible de Blanchot en la despedida de George Bataille: “Podemos, en una palabra, recordar. Pero el pensamiento sabe que uno no recuerda. Sin memoria, el pensamiento lucha ya en lo invisible donde todo recae en la indiferencia.  Ahí radica el profundo dolor”.

Vista por Marina Garcés, la permanencia del recuerdo es inestable, borroso y conduce al olvido. El mundo de la amistad se apaga y abre paso a uno nuevo sin continuidad ni puentes. La amistad no es un linaje ni un país; “su aparición es azarosa y su extinción, inevitable”.