Ilustración sobre la obra ´Falstaff´

Ilustración sobre la obra ´Falstaff´ Farruqo

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Falstaff: el ingenio de Shakespeare en la música de Verdi

La comedia, irónica y dramática ´Falstaff´, última ópera de Giuseppe Verdi, se representa en el Liceu del 9 al 19 de julio y será la despedida, después de 14 años, de Josep Pons como director musical del Liceu

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La prosa de Sir John Falstaff es una celebración del genio de su creador, William Shakespeare. El personaje más complejo del gran dramaturgo supo, en algún momento, que estaba allí desde mucho antes de que su autor le diera vida. En la obra del genio, Falstaff no aparece como personaje en escena, sino que se cuenta su muerte en unos términos que algunos han atribuido un parecido a la descripción de la muerte de Sócrates tras beberse la cicuta, siguiendo el diálogo de Platón.

Falstaff no es un pensador; practica el bufoneo cortesano y es el pretendiente de dos mujeres casadas, Alice Ford y Meg Page, en Las alegres comadres de Winsor, la obra en la que Shakespeare cita por primera vez a Falstaff antes de situarlo en Enrique IV y en la memoria de Enrique V, dos obras posteriores, haciendo de valido, siendo un bufón en escarnio, pero también un sabio rotundo.

Falstaff trasciende y supera los catálogos del pecado y del error humano. No es un cobarde ni un simple bufón, sino una inteligencia superior que se deleita cuando supera su propia inventiva, en sus conversaciones con Enrique IV, superando su negatividad, su pathos oscuro. Shakespeare tuvo una ligazón especial con sus dos mejores hijos, Hamlet y Falstaff, algo cercano a la conexión, más allá de la invención humana, entre Cervantes y Alonso Quijano. Verdi lo captó en su Falstaff y de ahí el éxito de la última entrega del gran músico. La contingencia domina la elección del autor.

El entretenido Falsfaff en el Liceu

En el Liceu, este final de temporada ha ido de más a menos; grandes ovaciones en la función del estreno, más moderadas los días siguientes a causa del reparto alternativo sobre el personaje central, para una producción, lo mejor de la propuesta, equilibrada sin grandes alardes acompañado del sonido implacable desde el foso, acompañado de un ligera crítica a la poca italianidad de las voces, según la ortodoxa clientela verdiana.

Falstaff: He aquí un petulante y patético en sus ansias donjuanescas, cómico, grotesco y disparatado, pero también entrañable. En su momento, Verdi, a través del libreto de Arrigo Boito, combinó humor, ironía y dramatismo, reduciendo el amor a un ritmo teatral constante y en una orquestación que da vida a cada diálogo y cierra la versión inicial con una “imponente carcajada” que refleja la ironía de Verdi sobre la seducción. El compositor quiso despedirse de la lírica exclamando con sarcasmo y picardía: Tutto nel mondo è burla. Es la moralina final de esta comedia agridulce en la que Verdi mostró una vitalidad impensada y una modernidad sorprendente en su estructura musical.

Cartel de la obra ´Falstaff´

Cartel de la obra ´Falstaff´ Teatre Liceu

A día de hoy, lo único que exige el público de Falstaff es que no aburra y desde luego que en su origen Giuseppe Verdi lo tuvo en cuenta. Es una de las piezas cumbre del compositor italiano, exponente del género bufo en Italia y la última obra de su repertorio; combina comedia, romance y sátira, con un Sir desenfadado y protagonista de un juego de seducciones, muy bien interpretado en esta ocasión por los barítonos italianos Luca Salsi y Ambrogio Maestri, que se alternan en el Liceu en las ocho funciones previstas en este mes de julio.

Ambos se muestran convencidos de que no son cantantes-actores que imitan a Falstaff sino que se sienten parte del alma del protagonista, como única forma de darle vida. Los músicos del foso, que doblan en número y en instrumentos el primer estreno de la obra —el 9 de febrero de 1893 en la Scala de Milán—, son interpretes pensadores; crecen en pedagogía a medida en que avanza la función como lo anunciaron el director escénico Laurent Pelly y el autor de la reposición, Benoît De Leersnyder.

Su ojo crítico y reformador ilustra la tesis hegeliana de “la muerte del arte” debida a una abundancia de conceptos teóricos. Pero para nada redunda este dato sobre la excelente calidad de la obra celebrada por el público barcelonés en plena canícula, gratamente sorprendido por este Falstaff, que, en un momento de la obra, entra en un bar, gabardina en ristre, como buen mitómano que es.

El amago de un Don Juan en decadencia atropella al público por su brillantez; todo se tiñe de rosa Tiépolo en el escenario donde conviven el teatro isabelino y el scherzo verdiano, no como etiqueta formal, sino como juego. Escenificar a Falstaff no es precisamente fácil; su recorrido no tiene aristas cuyo logro pueda endulzar la noche; no hay arias de lucimiento ni momentos de silencio de los que salvan la emotividad de algunas funciones. Si todo marcha, el público se lleva a casa la figura gigantesca de Shakespeare, cuya evocación en los sonetos anunció la carrera del dramaturgo y elevó a uno de los músicos más completos.

Una ópera sin alardes

Una ópera funciona, como en el caso de Falstaff, cuando no hay agarres de risa o llanto; tira al desnudo y sin muletas; muestra su valía sin la habanera de Violeta Válery ni el Nessun dorma de Puccini o sin el “Apurar sueños pretendo...” en el teatro de Calderón, ante un entregado corral de comedias. No hay super emociones para el recuerdo; solo sobrevive la memoria de un bufón sin estilo, pero con un corazón enorme.

Siempre queda sin repuesta la figura de Falstaff, el señor del desorden, frente a Hal, el príncipe perfecto convertido en Enrique IV. El amor paternal desplazado de Hal es la vulnerabilidad de Falstaff, su flaqueza, la causa de su destrucción. Lo argumentos dramáticos incluyen el destino de los personajes shakesperianos, menos en caso de Falstaff, el sir que muere por amor. Aunque sea aparentemente grotesco, el enorme mentor real muere a causa de la muerte de su Rey rechazado y de la pena que se da a sí mismo al convertirse en un consejero deshonrado.

El último Verdi, ya octogenario, utilizó momentos de ritmo ágil, juegos de frases y orquestación brillante. Nada de ello hubiese sido posible ahora sin la aportación del maestro Josep Pons que, con esta actuación, se despide como director musical del Gran Teatro del Liceu de Barcelona para ponerse al frente de la Deutsche Radio Philharmonie. Pons deja la que fue su apuesta personal, después de rechazar en su día una oferta de la La Fenice de Venecia y entrar en el Liceu, en los años noventa, bajo la dirección de Antoni Ros-Marbà. Empieza su final de temporada con Verdi y dará por concluido su ciclo barcelonés con la inmensa Octava de de Mahler que dirigirá el próximo 24 de julio, también en el Liceu.