Imagen de 'Bring me the beauties: A model cult'

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Cine & Teatro

‘Traedme a los guapos’: ‘American Psycho’

El documental versa sobre Fredrick Von Mierers, un niño bonito de Nueva York que se inventó, a finales de los años 70, un movimiento llamado Eternal Values (Valores Eternos) y se dedicó a reclutar a gente joven y guapa para explorar vías de contacto con los extraterrestres y prepararlos para el fin de los días

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No lo puedo evitar: las series de sectas me interpelan tanto como la miel a las abejas. Ya sé que, indefectiblemente, todas van de lo mismo: un cantamañanas que se ha venido arriba reúne a una pandilla de desgraciados que no saben donde les da el aire (en ningún sentido), se convierte en su gurú y los manipula a su mayor gloria, siempre en busca de sexo y dinero.

Si el cantamañanas de turno es indio, ya tiene mucho ganado, sobre todo si se expresa de manera críptica y luce luengas barbas. Pero si no es indio, también puede agarrarse a lo que haga falta para perseguir sus intereses (lucrarse y follar, básicamente). Véase el caso de Fredrick Von Mierers, un niño bonito de Nueva York que se inventó, a finales de los años 70, un movimiento llamado Eternal Values (Valores Eternos) y se dedicó a reclutar a gente joven y guapa para explorar vías de contacto con los extraterrestres y prepararlos para el fin de los días.

Imagen de 'Bring me the beauties: A model cult' (Traedme a los guapos: una secta modelo)

Imagen de 'Bring me the beauties: A model cult' (Traedme a los guapos: una secta modelo)

HBO Max acaba de colgar un interesante documental en tres partes sobre las andanzas trascendentales del señor Von Mierers, Bring me the beauties: A model cult (Traedme a los guapos: una secta modelo), dirigido por Chris Smith. Primer capítulo: auge de la secta. Segundo capítulo: tenemos problemas. Tercer capítulo: nos caemos con todo el equipo.

Absurdas reglas

El señor Smith nos explica la historia de Eternal Values a través de un superviviente de la pandilla, Hoyt Richards, modelo internacional de mucho éxito al que le costó lo suyo quitarse de encima a la garrapata Von Mierers, que lo sedujo intelectualmente cuando tenía dieciséis años y solo era un adolescente despistado (perdón por la redundancia) que se llevaba mal con su autoritaria madre y solo disfrutaba jugando al fútbol americano y persiguiendo a cheerleaders. O sea, un badulaque más al que enredar convenientemente en su tela de araña trascendental.

Frederick había sido modelo a principios de los 70, pero ya no estaba en el mercado del glamour, así que debía realizarse por persona (s) interpuesta (s). El hombre se presentaba como el huérfano de una buena familia de Manhattan cuyos progenitores habrían fallecido en un accidente automovilístico, pero, en realidad, se llamaba Freddy Myers y era hijo de madre soltera criado básicamente por sus abuelos en un barrio cutre de Nueva York.

Homosexual de armario (no salió de él ni cuando acabó muriendo de sida), el señor Myers se presentaba ante sus pupilos como un Walk In, es decir, un extraterrestre procedente de la estrella Arcturus que se había colado en el cuerpo de un ser (más o menos) humano y dirigía desde entonces su existencia.

Hoyt Richards se lo tragó todo (se aprecia a lo largo del metraje que el hombre no tiene muchas luces) y respetó las absurdas reglas impuestas por su gurú. Para empezar, nada de sexo entre los conjurados (que ocupaban varios pisos de un edificio de Manhattan), aunque se los llevara a todos al Studio 54, escuela de depravación. A dos que se liaron, les hizo la vida imposible.

Nada de intercambiar fluidos, aunque él recibiera frecuentes visitas de chaperos cuya tarifa solía endilgarles a sus pupilos, quedándose tan ancho a continuación. Evidentemente, el latrocinio no se reducía a sablazos esporádicos motivados por la necesidad urgente de semen, sino que era constante: solo así alcanzarían la gloria aquellos muchachos y muchachas desorientados.

No es fácil empatizar con Hoyt Richards porque se nos antoja un badulaque pusilánime que se ganó a pulso su propio destino, pero su credulidad es fundamental para entender cómo de fácil lo tuvo el timador trascendental para salirse con la suya.

Como de costumbre, el timo funcionó un tiempo y luego empezó a irse al carajo. Básicamente, gracias a todas las incongruencias del falso señor Von Mierers, cuyas apariciones (de archivo, ya que está muerto) nos muestran a un sujeto excesivamente operado y con sobredosis de bótox que se expresa como un iluminado, aunque de manera no muy convincente, hasta el punto de que más parece un secundario de la pandilla de Ed Wood que un líder con fundamento.

Don de la belleza

Es siniestro y da cierto miedito, no lo negaré, pero hemos visto a gurús más convincentes, aunque fuesen indios y tuvieran así ya mucho ganado para embaucar a los incautos.

Pese a lo manido de su discurso, hay que reconocer que Freddy Myers es un chiflado interesante, con su obsesión por los guapos (los únicos merecedores de salvación, según él), y que su capacidad de convicción, por simples y necesitados de ayuda espiritual que fuesen sus pupilos, era muy notable.

Consciente de que Estados Unidos es el lugar en el que uno se reinventa tantas veces como quiere, dejó atrás su pasado de niño pobre y se convirtió en el vástago de una buena familia de origen alemán distinguido con el don de la belleza, que, una vez marchita, podía encontrar en otros (junto al camino a su billetera).

¿Estaba bien de la cabeza? Yo diría que no. Pero no me negarán que pasar de mariquita de barrio a líder espiritual tiene su mérito, por siniestro que se nos antoje.