Magdalena arrepentida (1640) de George de la Tour

Magdalena arrepentida (1640) de George de la Tour

Letra Global

Algo habrá hecho

Una propuesta para reflexionar sobre cómo ahora, en el marco del neoliberalismo, la dominación heterosexual busca y concreta sus nuevas formas

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En 2004 se aprobó la Ley de Violencia de Género en España y las cosas empezaron a cambiar. Sin embargo, en España, las primeras denuncias del asesinato sistémico de mujeres surgieron en las últimas décadas del siglo XIX. Un pensamiento ancestral y unas costumbres que el eje de dominación heterosexual del liberalismo actualizó a los nuevos tiempos. Esta es una propuesta para reflexionar sobre cómo ahora, en el marco del neoliberalismo, este mismo eje busca y concreta sus nuevas formas.

Ocurrió a finales de la década de 1880. Las librepensadoras, un grupo de mujeres cosmopolitas de espíritu ilustrado, volcadas en la defensa del derecho a la educación de las mujeres como forma de otorgarles dignidad, independencia y criterio, se dieron cuenta de que algo no funcionaba.

Se ocupaban de otros asuntos, como la denuncia de los represivos corsés, causa de terribles malformaciones y también —según se había comprobado recientemente— de la muerte de miles de mujeres. Más adelante, con el cambio de siglo, se convertirían en pioneras del ecologismo al denunciar la adulteración de los alimentos y sus efectos nocivos sobre la salud. Es decir, eran mujeres que se oponían al pensamiento dogmático, al férreo control que la Iglesia Católica ejercía —y llevaba siglos ejerciendo— sobre el pensamiento en España y, en su lugar, abogaban por el saber científico en línea con las innovaciones que se estaban dando en Francia y en Inglaterra.

De ahí, buscaban despertar vocación por la lectura de clásicos heterodoxos, de filósofos y científicos, de Epicuro a Darwin, con lo que animaban a utilizar la razón para entender la realidad, a buscar las causas en la naturaleza de las cosas y no en demonios ni espíritus ni en ningún más allá. Con todo ello esperaban que las mujeres fueran eligiendo el camino de la emancipación hacia la libertad.

Un sistema machista

A finales de la década, la preocupación fue en aumento. Empezaron a denunciar el abuso, el maltrato y el asesinato de prostitutas lo que, años después, también haría la novelista Emilia Pardo Bazán. Las librepensadoras, más de izquierdas desde una perspectiva actual, se dieron cuenta de que el problema era el sistema. Un sistema que otorgaba derechos ilimitados a los hombres, sin más límite que sus voluntades —parafraseo— lo que les permitía presentarse como dueños y señores de todo lo que les rodeaba.

Asesinato en la casa (1890) de Jakub Schikaneder

Asesinato en la casa (1890) de Jakub Schikaneder

Todo era inferior a ellos por razón de sexo y eso significaba que las mujeres eran también seres inferiores. El hombre se definía en la esfera de lo “activo”, de lo “esencial”, de lo “perfecto”, de lo “consciente”, de ser el “verbo” lo que a las mujeres les dejaba las cualidades de “pasivo”, “secundario”, “sufrible”, “hábil” y “sagrario”, decían. Y sí. El descubrimiento de la heterosexualidad como eje maniqueo de dominación data del siglo XIX. Desde ahí acusaron el cinismo de los hombres que, pese a considerarlas el sexo débil, eso no les frenaba a la hora de prostituirlas. Por cierto, también propusieron para terminar con el problema de la prostitución, que fueran ellos los multados y encarcelados, no ellas.

Pardo Bazán, más de derechas, no se lanzó a indagar sobre el sistema de dominación, se ceñía a contingencias, pero usó su estilo literario para denunciar injusticias flagrantes. Atacó sobre todo las costumbres —no acusó, por ejemplo, el papel que la Iglesia Católica había jugado en la conformación de la sociedad española, más bien, se valió a menudo de argumentos islamofóbicos—.

Cosa de prostitutas

Pero acusó en uno de sus artículos el asesinato de prostitutas. La indiferencia con que la sociedad se tomaba el asesinato de una mujer cuando esta se dedicaba a la prostitución. Vino a decir que eso era lo de menos. La manera en que una víctima se ganase la vida no podía pesar en la balanza de la justicia a la hora de decidir la gravedad de un crimen. Había sido asesinada por ser mujer, eso era lo que contaba.

La revolución industrial, con la expansión de las ciudades a costa de extrarradios surgidos de la miseria —que en España empezaría a acusarse más o menos tras la revolución de 1868— fomentó la prostitución callejera. Se sabe que muchas mujeres en situaciones extremas, trabajadoras de todo tipo de limpiezas o incluso obreras en las fábricas, recurrían a la prostitución esporádica para sacarse un dinero extra, como ocurría en Barcelona.

La denigración como forma de vida —Pardo Bazán denunció el trato vesánico que se daba a las estibadoras en Galicia—, sin oportunidades para labrarse unas condiciones dignas, respondía a la modernización de un eje de dominación ancestral sobre el control de la sexualidad femenina, todo para salvaguardar la paranoica paternidad de la progenie, en otras palabras, el sistema patriarcal.

Las prostitutas no eran las únicas asesinadas. Pero ahí se encuentra lo más curioso. A menudo, no era que las víctimas fueran prostitutas, sino que se las consideraba prostitutas tras haber sido asesinadas. Por poner un ejemplo, hoy se sabe que las víctimas de Jack el Destripador, etiquetadas como prostitutas durante más de cien años, no lo eran.

Bandido asesinando a una mujer de Francisco de Goya

Bandido asesinando a una mujer de Francisco de Goya

El respaldo de la sociedad

Son esas absurdas concesiones a las costumbres —Pardo Bazán sabía lo que se decía— que provienen de prácticas ancestrales vinculadas a dogmas religiosos —las librepensadoras tampoco andaban equivocadas—, asimiladas ciegamente durante siglos por toda una sociedad las que arrastran hasta nuestras puertas el germen de la violencia, el asesinato de mujeres por el simple hecho de serlo.

Yo misma recuerdo haber oído ese algo habrá hecho, esa bíblica condena emitida proféticamente por un espectador que se creía justo e inocente ante la noticia del brutal asesinato de una mujer en los medios. Como un remedo autocensurado, actualizado, del seguro que era una prostituta (por no decir la palabra malsonante que a nadie se le escapa y que no tiene nada que ver con el trabajo sexual), como si hubiera que probar que no lo era, como si tuviera algo que ver.

En 2004 se aprobó la Ley de Violencia de Género. Una ley que se hacía, por fin, responsable del constitucional derecho a la vida de toda la ciudadanía. Habían pasado más de cien años desde aquellas mujeres de finales del XIX. Es cierto que las hemos visto de todos los colores desde entonces. Sin olvidar el fascismo. Hasta Pardo Bazán, nada sospechosa de obrerismo, sabía que el socialismo era la única alternativa política que incluía las mujeres en su política.

Empalizada (2001) de Beatriz González

Empalizada (2001) de Beatriz González

Democracia frente a misoginia

Durante el franquismo, con la institucionalización del machismo, la violencia alcanzó cotas de crueldad insospechadas que no se esfumaron con la muerte de Franco —se tarda generaciones en salir de una dictadura—. Desde convertir el sufrimiento en un gag cómico con el “mi marido me pega” (que sus artífices, “Martes y 13”, abandonaron en cuanto se dieron cuenta de que el chiste no tenía gracia) o que mujeres crecieran creyendo que su cometido en la vida era ser palo de gallinero para la porquería de sus maridos que les pegaban lo normal.

No he vuelto a oír semejantes majaderías, pero me consta que esa forma de pensar ancestral sigue ahí, en el fondo de muchos comentarios jocosos no siempre pronunciados por criminales pero que, por la mecánica ciega que impulsa la superstición, se convierten en cómplices silenciosos de una brutalidad que atenta contra el estado de derecho, el progreso, la libertad y, rematando, contra la misma democracia.