El lienzo ‘El rey bebe’, ejecutado por el pintor flamenco Jacob Jordaens hacia 1640, hoy en los Museos Reales de Bélgica.

El lienzo ‘El rey bebe’, ejecutado por el pintor flamenco Jacob Jordaens hacia 1640, hoy en los Museos Reales de Bélgica.

Artes

Alguien ríe en un cuadro: un viaje por el inventario del humor en el arte

Carlos Reyero, académico de la Pompeu Fabra, plantea un estimulante recorrido por la presencia de la risa en la pintura occidental desde el Renacimiento hasta el siglo XX en un libro editado por Cátedra

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La risa suele amenazar la solemnidad de la obra de arte, su heráldica de prestigio y eternidad. La sacralización de la belleza ha arrinconado la diversión bajo reproches de frivolidad, de rudeza, de vacío. Nadie ríe hoy en las salas de los museos y, si alguien lo hace, se le invita a callar y guardar las formas. Sin embargo, fueron muchas las pinturas que se concibieron para mover al espectador a la carcajada, y muchas más las que representan escenas jocosas y a personajes –de clases populares, por lo general– que bromean y se divierten.

A todas luces, el humor dispensa a la obra artística una valiosa mercancía: la ironía, lo grotesco, el vitalismo, lo escatológico, el contrasentido, la dosis justa de algún delirio... De igual modo, la imagen es uno de los procedimientos más efectivos para expresar ideas y suscitar emociones, entre ellas, la de empujar hacia la diversión, producir hilaridad, mover al alboroto. Si el arte es comprensión de lo que está sucediendo, la risa le proporciona motivos para la insurgencia.

Fragmento de la obra de Léopold Boilly ‘Reunión de treinta y cinco cabezas de expresión’ (1825).

Fragmento de la obra de Léopold Boilly ‘Reunión de treinta y cinco cabezas de expresión’ (1825).

En el arte como en la vida, la risa surge a partir de una variedad amplísima de circunstancias, que abarcan desde lo entretenido a lo malvado, desde lo ingenuo a lo disparatado, desde lo banal a lo inteligente. Reímos por ignorancia, por diversión o por desprecio. Reconocemos risas sutiles y risas idiotas, melancólicas y desesperanzadas. Hay muchas formas de reírse. Incluso sin mover los labios. Basta una mirada o un gesto para burlarse de alguien o para sentir que nos están tomando el pelo.

La dimensión humorística de la creación artística está, por lo demás, repleta de intensas paradojas: la risa es efímera, pero convive con la aspiración de trascendencia de la obra artística; suele ser un signo de alegría, aunque también puede albergar dolor y sufrimiento; certifica, por lo general, el estatus social de una época, si bien acostumbra a dar rienda suelta a la crítica social e, incluso, ejercita el desafío al poder, transgrediendo normas, volteando convenciones, asesinando protocolos.

De todo ello da cuenta Carlos Reyero en el libro Las risas del arte (Cátedra), donde es posible rastrear un hilo jocoso en la pintura occidental que va desde el Renacimiento a las primeras vanguardias del siglo XX, que acabaron por fijar un lenguaje directo, inesperado, juguetón, profundo por vía de la sátira, del humor negro, de lo elemental como provocación. El humor se revela, por tanto, como un eje fundamental de la Historia del Arte, capaz de mostrar el signo de los tiempos y alumbrar la experiencia humana.

Óleo de José de Ribera, cuyo personaje se ha identificado con Demócrito, el filósofo que ríe.

Óleo de José de Ribera, cuyo personaje se ha identificado con Demócrito, el filósofo que ríe. MUSEO NACIONAL DEL PRADO

“La aparente gravedad del arte no excluye, pues, la risa”, expone Reyero, quien reconoce, sin embargo, las dificultades de la propuesta, ya que la chispa humorística no solo depende del qué, sino del con quién y, por extensión, del dónde y el cuándo. “Resulta un tanto inútil ponerle límites. Lo más gracioso es lo inesperado. Depende de factores que ni el artífice de la broma es capaz de controlar y, por supuesto, puede manifestarse en el más serio de los momentos”, sostiene el autor, que ha sido catedrático en la Pompeu Fabra de Barcelona.

Lo jocoso ha tenido, por lo general, un cierto aire de escondite dentro de las creaciones artísticas. El gesto humorístico está marcado por el disimulo o la privacidad si el lugar de exhibición no es propicio para la risa, de ahí que haya sido relegado, en ocasiones, a las decoraciones casi inaccesibles de las iglesias y a las estancias más recónditas de los palacios. El burgués decimonónico, por ejemplo, admitía con agrado temas humorísticos en el espacio reservado de su residencia mientras los descartaba en lugares visibles y representativos.

El humor también tiene historia: al igual que otras formas de comunicación, se sustenta en determinados referentes, que decaen o se actualizan con el paso del tiempo. No es extraño, por tanto, que la comicidad que acompañó a una obra de arte se haya olvidado, en la medida en que han desaparecido, a su vez, las circunstancias que la provocaron, comprensibles solo para los destinatarios a quienes originalmente. “La recuperación erudita de ese humor raramente se traduce hoy en risa y, aunque se produjera, no sería la misma risa”, advierte Reyero.

‘El vino de la fiesta de San Martín’ (1566-1567), de Pieter Bruegel el Viejo.

‘El vino de la fiesta de San Martín’ (1566-1567), de Pieter Bruegel el Viejo. MUSEO NACIONAL DEL PRADO

Ocurre así que el alcance humorístico de muchos cuadros de género de los siglos XVI y XVII, en los que aparecen personajes populares divirtiéndose en bailes y fiestas, pasa desapercibido para el espectador moderno, al igual que individuos con alteraciones físicas o mentales, excluidos hoy rotundamente de la burla, también fueron antaño motivo de risa, si bien tanto su existencia real como sus imágenes presentan una gran complejidad interpretativa.

A partir de innumerables ejemplos, el estudio aborda temas como la parodia, el carnaval y la inversión de roles, lo pretencioso y lo cursi o el humor escatológico y sexual, destacando siempre el papel del contexto y la mirada del público. Porque, a veces, la broma esconde un aviso. Un pintor como Bruegel, en cuya obra aparecen tantos motivos cómicos, ofrece lecciones morales. Sus fuentes no forman parte de la alta cultura, sino que se basan en anécdotas de la vida cotidiana. Por esa razón, sus obras aún despiertan nuestra curiosidad, por decirlo de algún modo, son agradables y nos entretienen.

También el chiste se convierte en sátira política cuando, en opinión del autor de Las risas del arte, “está asociado a la dignificación y a la legitimación”, exaltando un poder que aspira imponerse frente al que resulta indigno y, por tanto, motivo de burla. Ningún ejemplo tan rotundo como la exaltación de la memoria victimista con ocasión de la independencia de los Países Bajos de la Monarquía Hispánica, en la que abundan las representaciones del duque de Alba –el enviado por Felipe II– comiéndose a los niños y sosteniendo una bolsa de dinero.

Autorretrato del pintor Ramón Casas vestido de flamenco, hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Autorretrato del pintor Ramón Casas vestido de flamenco, hoy en el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Asoma igualmente en este inventario humorístico el uso de recursos explícitamente cómicos para banalizar episodios literarios o mitológicos con la intención de divertir al espectador, así como el relevante papel de la parodia en la gestación de la modernidad artística. Artistas como Manet y Cézanne concibieron el simulacro como un revulsivo estético que no se burlaba de los originales, sino de sus imitaciones triviales y estereotipadas, faltas de auténtica emoción y compromiso personal.

Algunos pintores, ya para rematar, se autorretrataron de forma jocosa. Giovanni Paolo Lomazzo se representó como un borracho y pordiosero y Joseph Ducreux se presentó con los rasgos de un burlador, señalando al espectador con un gesto retador. Mariano Fortuny aparece en uno de los lienzos ataviado con un manto de aires antiguos que sugiere más un divertimento que una forma de ostentación, mientras que Ramón Casas se disfrazó de flamenco en París. El humor, en definitiva, es una viva presencia en el arte.