'Todos los hombres del presidente'
La cara y la cruz del periodismo: 50 años de 'Todos los hombres del presidente' y 'Network'
Se cumple medio siglo del estreno de dos películas que muestran las dos caras del periodismo moderno: la luminosa y admirable y la que convierte a las personas y a las noticias en un espectáculo
"El periodismo, tanto el informativo como el de opinión, es el mayor garante de la libertad, la mejor herramienta de la que una sociedad dispone para saber qué es lo que funciona mal, para promover la causa de la justicia y para mejorar la democracia". Mario Vargas Llosa pronunció estas palabras en Nueva York en 2006, en el discurso de aceptación del Premio Cabot, que otorga la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. En 1976 -hace ahora cincuenta años- se estrenaron dos películas que muestran las dos caras del periodismo moderno. Todos los hombres del presidente recrea el más legendario scoop de la prensa del siglo XX: el escándalo Watergate, que logró tumbar a un presidente. Como contrapeso, Network, un mundo implacable es una descarnada anticipación de la telebasura: el todo por la audiencia y la reconversión de la información en espectáculo. Ambas son estadounidenses, lo cual no es casualidad. Ninguna cinematografía ha producido tantas películas sobre el periodismo, empezando por una de las obras maestras de la historia del cine: Ciudadano Kane.
Todos los hombres del presidente se ha asentado como el modelo a seguir para plasmar en la pantalla una investigación periodística, dándole un aire de thriller. El proyecto se desarrolló con rapidez. El caso Watergate arrancó con la detención de los cubanos en las oficinas de los demócratas en el ya célebre edificio de Washington D.C. en junio de 1972 y culminó con la renuncia de Nixon el 9 de agosto de 1974. Antes de que se produjera esa renuncia, el 15 de junio de 1974, Simon & Schuster puso a la venta All the President’s Men de Carl Bernstein y Bob Woodward (contarían el final de Nixon en The Last Days, una secuela publicada en junio de 1976).
'Todos los hombres del presidente'
Robert Redford, adalid liberal hollywoodiense, compró los derechos para el cine del primer libro por 450.000 dólares y el largometraje se estrenó en Estados Unidos el 9 de abril de 1976. El actor, que fue el motor del proyecto, contrató a William Goldman, uno de los grandes guionistas de Hollywood, con el que ya había trabajado en Dos hombres y un destino. Goldman ganó dos Oscars, uno al mejor guion original por el western y otro al mejor guion adaptado por la cinta sobre el Watergate. Sin embargo, cuando llegó el momento del rodaje, Redford y el director Alan J. Pakula metieron mano en el texto, aunque no figuran como coguionistas. Lo que hicieron es relevante para el resultado final. Goldman había construido tensión dramática e introducido algunos toques de comedia jugando con las opuestas personalidades de Woodward y Bernstein, siguiendo el patrón de Dos hombres y un destino. Es decir, había escrito una buddy movie. Redford y Pakula eliminaron todo esto y en pantalla no vemos ni una sola mención a la vida privada de los periodistas, ni aparece ninguna novia decorativa de relleno. Lo único que se muestra en un par de escenas es el desordenado apartamento de Woodward, que es relevante para la trama.
La opción era osada. Exprimir el contraste de personalidades y dar pinceladas de la intimidad de Woodward (Robert Redford) y Bernstein (Dustin Hoffman) hubiera seguido las reglas del manual del buen guionista. De este modo, se haría más digerible una trama centrada en una investigación muy compleja, basada en la acumulación de informaciones que en muchos casos pueden parecer minucias. Una trama que no resultará fácil de seguir a un espectador no familiarizado con el caso. La opción de Redford y Pakula apostaba por dar todo el protagonismo a la investigación, convirtiendo a los periodistas en el mero vehículo.
Para mantener la atención del espectador era imprescindible dotar a la farragosa indagación de un ritmo de thriller. Los dos periodistas van consiguiendo informaciones mediante artimañas seductoras o manipuladoras (hay varias escenas brillantes: la de la nerviosa secretaria a la que sonsaca Bernstein en su casa y la del dubitativo funcionario cuya mujer está a punto de dar a luz. Pero poco a poco, va asomando un progresivo clima de amenaza. La película lo plasma visualmente mediante el contraste de la intensa luz -la luz de la verdad- de la redacción del Washington Post y la oscuridad que preside los encuentros de Woodward con Garganta profunda en el garaje. En estas escenas apenas son visibles los rostros -los secretos del poder- y en ellas aparece el ya mítico Follow the Money.
Conforme avanza el metraje, se incrementa la sensación de peligro de los periodistas, que temen estar siendo espiados. Aparecen entonces los planos nocturnos de un Washington cada vez más espectral. El responsable: Gordon Willis, uno de los directores de fotografía que -junto con Vilmos Zsigmond- redefinieron el estilo visual del cine estadounidense en los años setenta. Willis, al que apodaban el príncipe de las tinieblas por su uso del claroscuro, es también el responsable de otros hitos de la época como El padrino de Coppola y todas las grandes películas de Woody Allen de esa década, incluida Manhattan. También de Klute y El último testigo, ambas de Pakula. La segunda es uno de los grandes thrillers conspiranoicos del periodo. Está protagonizada por un periodista (Warren Beatty) que investiga las extrañas muertes de varios testigos de un asesinato político.
Otro elemento clave que contribuye a crear el clima de inquietud en Todos los hombres del presidente es la nada invasiva música de David Shire (entonces casado con Talia Shire, la hermana actriz de Coppola). Él fue también el autor de la banda sonora de La conversación de Coppola, otro hito del cine conspiranoico setentero. Y muchos años después lo rescató de largos años de encargos anodinos David Fincher para que se encargara de la partitura de Zodiac, sobre el famoso asesino en serie que aterrorizó a San Francisco y en la que el periodismo tiene un papel relevante.
En relación con el caso Watergate, hay una fotografía histórica en la que aparecen retratados en la redacción del Washington Post los principales responsables de destapar el escándalo: Carl Bernstein, Bob Woodward, el legendario director Ben Bradlee (interpretado en la pantalla por Jason Robards, que ganó el Oscar al mejor secundario), el gerente Howard Simons (en la película, Martin Balsam) y la propietaria Katharine Graham. Es paradigmático de la época que la única persona de esa fotografía que no aparece en Todos los hombres del presidente sea Katherine Graham, la única mujer. Es muy injusto, porque como presidenta del periódico tras la muerte de su marido, supo torear las enormes presiones políticas, asumió el riesgo de una demanda millonaria del gobierno por difamación y respaldó a sus reporteros. En 2017 Steven Spielberg reparó la injusticia con Los archivos del Pentágono, sobre otra sonada investigación del Washington Post, esta de 1971, en torno a documentos secretos sobre la guerra de Vietnam. Aquí Bradlee (Tom Hanks) comparte el protagonismo con Katherine Graham (Maryl Streep), cuya figura por fin se reivindica.
'Network'
El modelo de Todos los hombres del presidente es que han seguido títulos más recientes como Spotlight de Tom McCarthy, sobre los casos de pederastia destapados en la diócesis de Boston, y Al descubierto de Maria Schrader, sobre las dos reporteras del New York Times que sacaron a la luz el caso Weinstein. Este tema se merecía un largometraje con más brío. Uno de los errores de la película es que se acerca más al planteamiento de Goldman que al de Redford y Pakula. Es decir, da demasiada relevancia a la vida privada de las dos periodistas, con unos maridos modélicos que no aportan nada a la trama y entorpecen el pulso narrativo.
Frente a estos ejemplos reales de dignidad periodística, la cara más oscura del oficio la presenta, mediante una ficción, Sidney Lumet en Network, un mundo implacable, con un sobresaliente guion de Paddy Chayevsky (ganó el Oscar en su categoría). Su protagonista en un presentador de noticiarios que enloquece, empieza a lanzar demagógicas arengas mesiánicas y amenaza con suicidarse en directo. Los ejecutivos de la cadena, en lugar de sacarlo de antena y mandarlo a una clínica de reposo, deciden aprovechar el tirón del descabellado espectáculo para incrementar las audiencias.
¿Lo que contaba la película era pura ficción? No del todo, ya había sucedido algo similar. El 15 de julio de 1974, Christina Chubbuck, presentadora del noticiario de un canal local de Florida se suicidó en directo disparándose en la sien con un revólver (hay una película sobre el tema: Christine del cineasta estadounidense Antonio Campos). La periodista padecía una severa depresión y un trastorno bipolar, pero resulta llamativo cómo introdujo su propia muerte a los televidentes, como si fuera una noticia más: “De acuerdo con la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver otra primicia: un intento de suicidio”. Network es una implacable radiografía de las miserias de la telebasura. Lo hace mediante un retrato coral de los diversos gerifaltes de la cadena, entre los que destaca la ambiciosa ejecutiva a la que interpreta Faye Dunaway (la actriz ganó el Oscar, y también se lo llevó Peter Finch por el papel del presentador con delirios mesiánicos).
Volviendo al caso Watergate, la mejor cara del periodismo televisivo está retratada en El desafío: Frost contra Nixon, de Ron Howard. Parte de una pieza teatral de Peter Morgan (alguien que sabe retratar muy bien los mecanismos del poder: es el guionista de La Reina de Stephen Frears y el creador de la serie The Crown). La película recrea la histórica entrevista que David Frost (Michael Sheen), un periodista dedicado al entretenimiento televisivo, consiguió que le concediera Nixon (apoteósico Frank Langella, que logra dotar de gravitas al personaje, huyendo de la caricatura histriónica). Fue la primera que dio el expresidente tras abandonar la Casa Blanca. El político creyó que podría manejar a su antojo a ese periodista que le parecía un peso pluma. Sin embargo, Frost se preparó a conciencia y puso a Nixon contra las cuerdas. Hizo verdadero periodismo, no simple espectáculo.