Fotografía de Paco de Lucía

Fotografía de Paco de Lucía

Ideas

Un día decisivo de 1976

La genialidad que reside en la calvicie: el caso de Paco de Lucía, el músico que se apresuró a quedarse calvo para mostrar que era serio

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El otro día escribí para una revista un perfil de Paco de Lucía. Al verlo impreso, y releerlo, me mordí los labios: me había olvidado de insertar en él una frase fundamental, la frase que decía: “Yo creo que Paco se apresuró a quedarse calvo adrede, para mejor mostrar su alta frente, su gravedad; para mostrar que era serio.”

No se trataba de una boutade. Hay entre los hombres una obsesión por no quedarse calvos, o por aceptar la pérdida del cabello como una fatalidad a la que hay que resignarse, en vez de asumirlo con alegría, como un logro.

No, ellos (los hombres, quiero decir) observan con angustia la línea de cabello en la frente, que va retrocediendo implacablemente, entonces compran champús especiales y se untan en el cuero cabelludo toda clase de ungüentos, hasta viajan a una ciudad horrible de Turquía (la conozco) a pasar unos días e implantarse pelo.

Si constatan que no hay nada que hacer, algunos acaban resignándose y asumiéndolo, mientras que otros se encasquetan gorros y gorras y sombreros y no se los sacan ni que les vaya en ello la vida.

La esperanza del pelo

La única excepción en esto, que yo sepa, es Jules Renard (1864-1910). En su formidable dietario, del cual traduje una antología (con Josep Massot) tiene una entrada sobre este tema de vital interés. Voy a buscarlo, no vaya usted a buscar otro artículo, un momento de paciencia, por favor. Será recompensada.

Ya estoy aquí. Tengo la biblioteca muy desordenada y no encuentro mi versión, pero sí he encontrado el original francés, voy a traducirlo otra vez. Es la entrada del 29 de mayo de 1894. Dice: “Bueno, ya soy calvo. ¡Mucho mejor! ¿De qué me servía el pelo? No me adornaba, y yo era presa de ese ser innoble, el peluquero, que me soplaba a la cara su desprecio, o me acariciaba como una amante, o me daba palmaditas en la mejilla, como un cura.”

Se podía haber alargado más, pero Renard era un hombre sintético, elíptico. (Sin descartar que ese día estuviera de mal humor, porque ¿qué culpa tiene de nada el barbero, si hace un oficio honesto?).

No sé para qué, después de superada la edad de la juventud, en vez de releer a Renard quieren los hombres mantener el pelo, y ofrecer, en el mejor de los casos, la imagen en la cabeza de algo que ralea y disminuye, y, en el peor, esa estampa de un rostro arrugado y devastado por la experiencia, bajo una mata espesa, a lo peor teñida. Pelo de joven, rostro de viejo: fatal.

Veamos un silogismo que nos aclara las ideas sobre este asunto: ¿No decía Proust que “la verdadera vida es la literatura?” Estamos todos de acuerdo, ¿verdad? Quien ha probado las dos cosas, lo sabe.

Menos pelo, mejor literatura

Ahora bien, ¿quién era el mejor novelista del siglo XX? Vladimir Nabokov. Y era calvo. No hay más preguntas, señoría.

--Pero es que…

--No insista. Dígame: ¿quién fue el mejor poeta del siglo XX español?

--No sé… ¿Juan Ramón Jiménez? ¿Borges? ¿Jaime Gil de Biedma?...

Todos se apresuraron a quedarse calvos, no podían perder el tiempo en ambiguas visitas al barbero, ya que, como se comprenderá, tenían que estar continuamente escribiendo páginas magistrales. Era una cuestión de responsabilidad con la humanidad, o sea con la literatura.

--Pero usted se contradice, porque ha citado a Proust, y él murió a los 51 años y tenía mucho pelo.

Bueno, las excepciones confirman la regla. Ahora piense en el que todos dicen que era el mejor actor de cine norteamericano, Marlon Brando. Pensemos en la sobrecogedora escena de esa obra maestra que es Apocalypse Now, en la que encarna al coronel Kurtz, cuando se acaricia la monda cabeza, sumido en los más tétricos y oscuros pensamientos mientras musita “el horror… el horror…”.

¿Sería lo mismo si Marlon luciera melena? Parecería que se peina con los dedos. No, desengañémonos, el pensamiento, la gravedad, se manifiestan con la calvicie, es su tarjeta de visita.

Volviendo al perfil de Paco de Lucía que mencionaba al principio de esta meditación: allí, en ese perfil, recordaba yo un día de hace cincuenta años. 1976. No recuerdo la fecha exacta, pero fue un día clave.

Por la tarde fui al cine a ver El desencanto. Franco acababa de morir y con la desaparición del dictador y el colapso del régimen parecían abrirse mil expectativas para España y especialmente para los jóvenes de mi generación.

Pero enseguida cundió en nuestro país —los motivos son demasiado largos para exponerlos aquí— un estado de ánimo depresivo, de desengaño, de decepción, de arrastrar los pies, que reflejó magistralmente esa película donde los tres hermanos Panero, hijos del famoso poeta franquista Leopoldo Panero, melenuda fin de estirpe, se la pasaban bebiendo, charloteando, hablando pestes y afeándole a su mamá que no siempre les diera el beso de buenas noches.

Aquel espectáculo era una incisiva invitación a rendirse, y estuve a punto de hacerlo, empezando, ya a la salida del cine, por tomarme rápidamente tres gin tónics de MG, que era, según creo recordar, la marca de ginebra barata que a palo seco bebían los Panero…

El caso de Paco de Lucía

Pero afortunadamente esa misma noche vi en TVE a Paco de Lucía —entonces muy joven pero que ya se peinaba cuidadosamente para ocultar las entradas—, tocando Entre dos aguas con un virtuosismo asombroso. Virtuosismo que era fruto, no del desencanto ni de la actitud crítica, sino del trabajo constante, tanto como del talento.

Mítica actuación de Paco. No dijo ni una palabra, pero su sublime, preciso rasguear la guitarra, era la impugnación radical del atribulado mensaje de desencanto vital de los hijos Panero. En el mismo día, tuve, sobre el mundo, la tesis y la antítesis.

Luego el joven maestro, para subrayar su mensaje de seriedad y pensamiento, se apresuró a quedarse calvo.

En youtube puede verse gratis La búsqueda (2014) un estupendo documental sobre Paco de Lucía que explica todo esto mucho mejor. Incluye, además, esa actuación deslumbrante en TVE.

Entiéndaseme: no digo que El desencanto sea una mala película, todo lo contrario, pero no volvería a verla ni a tiros. En cambio, nunca he dejado de oír al fondo de mi conciencia Entre dos aguas como una arrebatada invitación a la seriedad más vitalista.