Ejemplo de arquitectura hostil en el mobiliario urbano de la plaza Urquinaona de Barcelona / CG

Ejemplo de arquitectura hostil en el mobiliario urbano de la plaza Urquinaona de Barcelona / CG

Artes

La arquitectura hostil como método de control social

José Mansilla, antropólogo en el Observatorio de Antropología del Conflicto Urbano, y Ferran Busquets, director de Arrels Fundació, reflexionan sobre los efectos de los elementos antipersonas

18 febrero, 2022 00:00

En los últimos años en las grandes ciudades se han popularizado determinados elementos arquitectónicos que pasan inadvertidos para la mayor parte de la población. Las urbes europeas han comenzado a colocar pinchos, bolardos y bancos de diseños imposibles en las zonas más turísticas para ahuyentar comportamientos incívicos y para disuadir a las personas sintecho. Pero esta arquitectura, bautizada como ‘hostil’, tiene también otras consecuencias sociales que no siempre son evidentes. “Persigue modificar comportamientos sociales, es como un libro de instrucciones para el uso de la ciudad”, explica José Mansilla, antropólogo en el Observatorio de Antropología del Conflicto Urbano (OACU).

La primera vez que comenzaron a colocarse este tipo de elementos, como parte del plan urbanístico municipal, fue durante la primera década del siglo XXI, con el mandato de Jordi Hereu. “Entre 2009 y 2010 el Ayuntamiento de Barcelona llevó a cabo una política de higienización de algunos lugares muy concretos de Ciutat Vella, sobre todo del barrio Gótico”. Sin embargo, esta medida iba acompañada de políticas sociales, no se limitaba a la intervención del espacio público. Hasta esa fecha, explica el antropólogo, estos elementos se colocaban de forma puntual o espontánea, pero no coordinada.

El impacto en las relaciones sociales

En contra de lo que se podría pensar, este tipo de arquitectura antipersonas no solo afecta a los sintecho --los mayores perjudicados--, sino a la sociedad en su conjunto. La colocación de estos elementos hostiles sirve como una especie de manual de uso de la ciudad y dirige la acción de los ciudadanos. “Estas intervenciones afectan a las relaciones de grupo”, asegura Mansilla.

Bancos individuales en la plaza Urquinaona de Barcelona / GOOGLE STREET VIEW

Bancos individuales en la plaza Urquinaona de Barcelona / GOOGLE STREET VIEW

Aunque en Barcelona esta arquitectura no es tan evidente como en otras ciudades europeas, cada vez está más presente. “Es algo sutil. No verás los bajos de los puentes cubiertos de puntas metálicas, como en Londres. Pero tampoco te darás cuenta de que la reforma de la Rambla del Raval ha incluido el urbanismo hostil y el carácter panóptico. O que en algunas zonas se han instalado bancos circulares, que impidan que una persona pueda tumbarse pero que también dificulta la interacción social".  

Mercantilización del espacio público

Otro ejemplo que pone el experto es la ubicación de las papeleras, que en Barcelona se encuentran siempre cerca de los semáforos “para que si estás en un banco te tengas que levantar y no te quedes apalancado”. O la ausencia de zonas verdes, de fuentes públicas o de árboles que den sombra en los meses más calurosos en determinadas plazas. “Todo está pensado para que ciertos emplazamientos se conviertan en un sitio de paso, pero no de estancia”.

Asimismo, según el antropólogo, este tipo de arquitectura contribuye a la mercantilización del espacio público y favorece el consumismo. Uno de los ejemplos más claros, menciona, es el de la plaza Reial de Barcelona, donde hay centenares de terrazas frente a una decena de bancos que son, además, hostiles. “Si quieres quedarte allí y socializar, tienes que consumir”. La otra cara de la moneda, expone, es el caso de Rambla Catalunya, una zona de tránsito y restauración en la que se han mantenido los bancos convencionales.

Esferas de hormigón instaladas en la plaza Reial de Barcelona / GOOGLE STREET VIEW

Esferas de hormigón instaladas en la plaza Reial de Barcelona / GOOGLE STREET VIEW

Proyectos contradictorios

Por último, explica, hay algunos barrios, sobre todo los que han sufrido una reciente modernización, que mezclan ambos tipos de arquitectura. A veces, explica el experto, se hacen intervenciones que son contradictorias entre sí y que no caracterizan la forma de actuar de un ayuntamiento.

En este sentido, dice, existen casos en los que se ponen en práctica simultáneamente proyectos para favorecer la socialización y, en otro barrio o incluso en el mismo pero en un momento diferente, se colocan elementos antagónicos. “Pero en general hay un pensamiento hegemónico, no solo en Barcelona sino en todas las ciudades europeas, que favorece un tipo de intervención que evita determinados comportamientos y actividades en la calle”.

Los más afectados

Una de los fenómenos sociales que pretende evitar la arquitectura hostil es el sinhogarismo. Ferran Busquets, director de Arrels Fundació, incide en que la colocación de estos elementos “estigmatiza a las personas que están en la calle y las culpabiliza”. El director de la entidad que atiende a 973 personas en la ciudad de Barcelona subraya que se trata de una agresión y remarca que “no soluciona el problema, sino que lo desplaza”. Además, dificulta la labor a los equipos de calle encargados de realizar un seguimiento a estas personas en situación de vulnerabilidad.

Bolardos colocados en la entrada de un párking de Barcelona / CG

Bolardos colocados en la entrada de un párking de Barcelona / CG

“Cuando los vecinos se quejan al ayuntamiento, éste coloca elementos hostiles para que las personas sintecho se vayan a otro lado”, incide Busquets, que coincide con Mansilla en que este tipo de arquitectura no contribuye a erradicar el problema de raíz sino a desplazarlo. “Al final es un método disuasorio impulsado por particulares que no están sensibilizados con la realidad social y que solo consigue que unos vecinos estén tranquilos para que otros estén más nerviosos”.

El mapa de la vergüenza

Para acabar con este tipo de urbanismo, desde Arrels han puesto en marcha una iniciativa que pretende visibilizar los puntos hostiles de la ciudad de Barcelona. Para ello, la fundación ha creado un mapa interactivo en el que los ciudadanos ya han identificado 170 elementos solo en la Ciudad Condal.

Sin embargo, el director de la entidad es consciente de que será muy difícil que la situación se revierta, al menos, a corto plazo. "No recuerdo ninguna arquitectura hostil que haya sido retirada, es muy difícil que la quiten", admite. Se trata de una herramienta de sensibilización que pone sobre la mesa la realidad de la crisis social, aunque el principal problema continúe siendo que haya gente durmiendo en las calles.