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Marcela Topor, esposa de Carles Puigdemont / TV3

Marcela Topor

5 min

Aprovechada, pero quejica

Personaje secundario del prusés, en su condición de esposa del Hombre del Maletero, Marcela Topor acostumbra a adoptar un perfil bajo mientras disfruta de todos los chollos a su alcance como legítima primera dama de Cataluña (que es lo que debe considerarse, partiendo del mismo error que su marido fugado, que se considera el presidente más legítimo de tots els que es fan i desfan). El principal es el que se deriva de un programa de televisión en inglés que presenta y que no ve nadie, pero por el que se embolsa la bonita suma de 6000 euros mensuales gracias la generosidad (involuntaria) de los catalanes y la actitud pusilánime del PSC. Por regla general, la señora Topor mantiene una actitud discreta y se dedica a comer y a callar. Pero de vez en cuando abre la boquita para echar pestes de su país de acogida, España, al que recientemente ha tenido el cuajo de comparar con su Rumanía natal en tiempos de los Ceaucescu. Lo dijo en unas declaraciones a algún medio del régimen, ya no recuerdo cual, y se quedó tan ancha. Supongo que forma parte de sus atribuciones soltar de vez en cuando algún exabrupto lazi para hacer como que se solidariza con su marido y el resto de la corte de los milagros que éste ha constituido en Flandes (donde no se le ve mucho el pelo, por cierto).

Marcela Topor forma parte de esa parodia siniestra de la Brigada Lincoln que sufrimos los catalanes desde hace años, esa caterva de extranjeros metidos a lazi que suelen recibir su premio por la epifanía nacionalista en forma de cargos, carguitos, chollos y chollitos (Matthew Tree y demás desechos de tienta, para entendernos, gente que en sus países tendrían serios problemas para ganarse la vida, aunque creo que Marcela es una tarotista consumada). Se supone que Marcela es periodista, aunque aparte del momio de la tele no se le conozca obra alguna. Eso sí, las cartas le debieron anunciar que le esperaba un futuro esplendoroso si se casaba con Puchi, como así ha sido (y con la ventaja añadida de no tener ni que convivir con él). No sé qué tal le habrían ido las cosas en su país natal, pero en España no le han funcionado nada mal, motivo por el cual comparar a Pedro Sánchez con Nicolae Ceaucescu es de un injusto y un ingrato que atufa: difícilmente podría haber acabado en un país tan tonto como el nuestro, que alimenta a los que se apuntan a la idea de destruirlo.

Sus ofensivas declaraciones, todo hay que decirlo, pasaron bastante inadvertidas y, evidentemente, no obtuvieron respuesta alguna por parte del estado opresor. Ni la obtendrán, ya que la señora Topor es más irrelevante, incluso, que su marido. En estos momentos, Pedro Sánchez tiene otras prioridades, como calmar a los de ERC para conservar el sillón, y si una aprovechada con mucha jeta lo compara con Ceaucescu, supongo que le entra por una oreja y le sale por la otra. Tampoco es probable que se interese por esos 6000 euros de dinero público que tiramos mensualmente a la basura en Cataluña, dado que es calderilla comparado con el que se invierte en embajadas inútiles o en que Puigneró cuelgue unos anuncios muy vistosos en Times Square sobre la presencia del catalán en Internet. De hecho, es posible que la última salida de pata de banco de la señora de Puigdemont obedezca a la necesidad de recordarnos que existe. O, más bien, de hacerse la ilusión de que existe, creando una versión en miniatura de las alharacas periódicas de Puchi con la intención de alejar la sospecha de que si hay alguien en España que recuerda peligrosamente a los Ceaucescu son precisamente ella y su valeroso marido. En fin, Marcela, a seguir disfrutando del chollo patriótico, pero por lo que más quieras, come y calla.