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Ghislaine Maxwell / EP

Ghislaine Maxwell

4 min

Falta gente por detener

Nos habíamos medio olvidado de Ghislaine Maxwell (hija del magnate de la prensa británica Robert Maxwell, muerto en extrañas circunstancias hace años) hasta que el otro día nos enteramos de que le habían caído veinte años de trullo por su participación en los delitos sexuales del pedófilo neoyorquino Jeffrey Epstein (fallecido también de manera sospechosa, un teórico suicidio, en la celda en la que esperaba su sentencia definitiva), del que fue, sucesivamente, novia, amante y cómplice de sus fechorías contra mujeres menores de edad. El personaje nos sigue pareciendo enigmático, incluso a aquellos de nosotros que nos tragamos el documental por entregas que emitió Movistar. Probablemente, debió romper con Epstein cuando vio cómo se las gastaba el muchacho, pero se quedó dónde estaba y hasta se ofreció a reclutarle a su amo y señor las víctimas que éste andaba buscando. En general, a todos nos parecen bien los veinte años de encierro que le han caído, pero, como ya empieza a leerse en la prensa norteamericana, seguimos con la impresión de que la historia no puede darse por cerrada con el supuesto suicidio de Epstein y la condena de Maxwell. Se extiende la sospecha, para entendernos, de que queda gente por detener, de que se han salido de rositas muchos de los que visitaban con inusitada frecuencia aquella isla de la fantasía en la que el millonetis entretenía a sus invitados con un ramillete insuperable de chicas menores de edad.

La lista no es precisamente corta, y algunos nombres brillan con luz propia. El de Bill Clinton, por ejemplo, de cuyo natural rijoso puede dar constancia la sufrida becaria Monica Lewinsky. O el del príncipe Andrés de Inglaterra, quien cree haberse salvado de la quema sobornando convenientemente a su víctima (aunque le siguen buscando las cosquillas y todo parece indicar que, en el mejor de los casos, le va a hacer un roto notable a la inmensa fortuna de los Windsor). Tampoco nos hemos olvidado de aquellas fotos en las que se ve a Epstein y Woody Allen en alegre camaradería. Pero parece haber cierta prisa en cerrar el expediente, aunque la teoría del suicidio de Epstein se tambalee por todas partes y se pretenda hacer pagar a la señorita Maxwell por todas las canalladas cometidas en su momento por el muerto, ella misma y sus amiguetes ricachones.

Estamos ante un caso ideal para el periodista Ronan Farrow, que así podría matar dos pájaros de un tiro saciando su sed de justicia y clavando un nuevo clavo en el ataúd de su padre, Woody Allen, al que detesta profundamente. A ver si así deja de incordiar con el Catalangate y demás asuntos que no son de su incumbencia ni acaba de entender muy bien. Lo de Epstein y Maxwell, por el contrario, lo entiende cualquiera. Y cualquiera se da cuenta de que estamos ante eso que los gringos denominan unfinished business.