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El jugador del FC Barcelona Gerard Piqué / EP

Gerard Piqué

3 min

La revelación de conversaciones y mensajes entre Gerard Piqué y Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), acerca de voluminosas comisiones relacionadas con la celebración de la Supercopa en Arabia Saudí ha sacudido el entorno deportivo nacional. La información de El Confidencial apunta a cantidades de 24 millones de euros a cambio del papel que, en su día, representó Kosmos, la compañía fundada y controlada por el capitán del FC Barcelona, como intermediario para lograr el lucrativo acuerdo a largo plazo entre la RFEF y el Estado de Oriente Medio.

En su conocida faceta de empresario, Piqué no solo tiene derecho a obtener beneficios de su quehacer diario sino que, además, constituye la principal razón de ser de cualquier negocio. Sin embargo, lo económico no debe alejarse de lo estético y, menos aún, de lo ético. Y el hecho de que en su otra faceta profesional ocupe un lugar tan destacado en uno de los grandes clubes españoles (y, por lo tanto, bajo la tutela de la RFEF) genera no pocos conflictos de intereses en acuerdos de este tipo. Sin ir más lejos, entre los negocios gestionados por Kosmos está el de la gestión de la nueva Copa Davis de tenis, que no despierta recelo alguno dado que Piqué no tiene relación con este deporte en el plano deportivo. 

Es decir, no es su doble papel ni su ambición como empresario lo que está en entredicho sino la oportunidad de los negocios con determinados socios (al margen de la polémica generada en su día por el traslado del torneo a un país con notables déficits tanto de valores democráticos como de observación y respeto de los derechos humanos). Un aspecto en el que, además, llueve sobre mojado porque el central culé también es propietario del Andorra FC, que no solo milita en la tercera categoría del fútbol español (que para más inri lleva el nombre de la RFEF), sino que podría llegar a tener que enfrentarse al propio FC Barcelona en la competición de la Copa del Rey, lo que arroja dudas sobre la legalidad de la situación y generaría un insostenible conflicto de intereses. Cuestiones todas ellas a evitar cuando, además, se habla de un deporte que presume de transmitir valores como la deportividad, la transparencia, la ética del trabajo y el juego limpio.