Montaje con una fotografía del cartel del Bar Coyote, local afectado, y el empresario hotelero Salvador Sallés
El hotelero 'Grinch' que quiere terminar con la meca del rock en Barcelona
El proyecto hotelero impulsado por Salvador Sallés reabre el debate sobre el modelo de ciudad que busca el equilibrio entre inversión y crecimiento turístico frente a la supervivencia del tejido de ocio nocturno
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En el imaginario popular del barrio del Poblenou de Barcelona, un nombre propio se ha granjeado cierta antipatía en el ámbito del ocio nocturno. Se trata de un empresario catalán, discreto, de trayectoria familiar y larga implantación en el territorio: Salvador Sallés
Para algunos, es el hombre que ha puesto en jaque a la histórica meca del rock en la ciudad catalana. Para otros, simplemente un hotelero que ejerce su legítimo derecho a desarrollar un proyecto en una finca de su propiedad.
Salvador Sallés
Salvador Sallés es uno de los nombres consolidados del empresariado hotelero catalán. En 1985 fundó, junto a Rosa Maria Oriol, la cadena familiar Sallés Hotels, germen de un grupo que nació con la marca comercial Euromar, y que ha evolucionado hacia un posicionamiento en el segmento de cuatro y cinco estrellas.
Sallés ha pilotado la expansión del grupo con una estrategia de crecimiento progresivo y activos emblemáticos, como el hotel-rascacielos Marina Badalona.
Además de su papel como fundador, ha desempeñado funciones de administrador y consejero en distintas sociedades vinculadas al entramado empresarial familiar: entre ellas, Sagemar Hotels y Eroles SA.
Legado familiar
Los Sallés no son recién llegados. La familia ha tejido durante décadas una cadena hotelera con fuerte presencia en Cataluña. Especialmente, en la Costa Brava, el Empordà y Barcelona.
Sin embargo, su proyecto en el barrio del Poblenou ha situado a la familia en el centro de un conflicto. Para algunos defensores del ocio nocturno, encarna —aunque quizá de forma involuntaria— la sustitución de la cultura popular por un modelo urbano más homogéneo, más turístico, más silencioso.
Una herida abierta
La controversia surge en el corazón del Poblenou. Allí, durante más de tres décadas, floreció un ecosistema de bares musicales y salas que convirtieron la zona en una referencia del rock y la cultura nocturna alternativa en Barcelona.
En su momento de máximo esplendor, llegó a concentrar cerca de 30 bares musicales y seis discotecas. Actualmente, según datos de la Federación Catalana de Locales de Ocio Nocturno (Fecalon), apenas sobreviven alrededor de una decena de bares y tres salas. La reducción no es coyuntural, es estructural.
Ocio nocturno
En paralelo, Barcelona ciudad cuenta con 113 actividades recreativas musicales, con un aforo conjunto que no supera las 50.000 personas, según el último estudio de 2023 realizado por Fecalon.
La cifra, en frío, puede parecer considerable. Sin embargo, en una ciudad de 1,7 millones de habitantes que recibió 16 millones de visitantes extranjeros en 2025 —muchos de ellos, en franjas de edad susceptibles de recurrir al ocio nocturno—, los números dibujan otra realidad. La oferta es limitada para la demanda existente.
El conflicto
El foco del malestar se sitúa en unas obras vinculadas a un nuevo proyecto hotelero en la finca que afecta a varios locales históricos como BB+, Open Bar y D9, además de otros espacios de la manzana comprendida entre Pere IV y las calles adyacentes, según reveló Metrópoli.
Interior del local D9, uno de los establecimientos que cierra sus puertas D9
Los propietarios de estos bares han denunciado filtraciones, daños estructurales, levantamiento de cubiertas, trabajos que derivaron en filtraciones de agua, humedades, daños en techos e instalaciones y dificultades operativas que, según su versión, han hecho inviable su continuidad.
Otros establecimientos, como Hijos de Caín o el Bar Coyote, también han denunciado incidencias relacionadas con las obras: desde desprendimientos hasta inundaciones puntuales. Así lo ha explicado Eduardo, propietario de Bar Ceferino a través de sus redes sociales.
Cierre o resistencia
En un sector donde la mayoría de locales son bares musicales con aforos reducidos y márgenes ajustados, cualquier interrupción prolongada puede resultar determinante.
Algunos optaron por acuerdos y cierre definitivo; otros siguen resistiendo entre arreglos y limitaciones, mientras el conflicto se dirime en los tribunales y el tejido del histórico enclave nocturno continúa debilitándose.
Pero el problema trasciende lo jurídico. Lo que está en juego es el equilibrio entre la transformación urbana y la preservación de un tejido cultural consolidado.
Equilibrio empresarial
El cierre progresivo de los locales se inscribe en un fenómeno más amplio: la contracción del ocio nocturno regulado en Barcelona y su área metropolitana.
Según el estudio de Fecalon, 192 municipios de la provincia no cuentan con ningún establecimiento de ocio nocturno. El 76% de la oferta se concentra en unas 31 localidades. Esta concentración genera desplazamientos masivos hacia los pocos puntos con actividad, saturación en determinadas zonas y problemas añadidos de movilidad nocturna.
El epicentro
Barcelona absorbe buena parte de esa presión. Cada fin de semana, miles de jóvenes se desplazan a la capital porque en sus municipios no existe oferta. Si, además, la ciudad reduce progresivamente sus espacios históricos, el resultado es una tormenta perfecta: menos locales, más concentración y mayor tensión vecinal.
Cerrar un bar musical no es solo bajar una persiana. Es eliminar un espacio regulado, con horarios, controles y responsabilidades claras. Cuando la oferta legal disminuye, la demanda no desaparece: se desplaza. Y no siempre hacia entornos más seguros.
Modelo de ciudad
Barcelona lleva años debatiéndose entre su vocación turística y su identidad cultural. El hotel es una pieza central del engranaje económico. Genera empleo, atrae inversión y consolida la marca de ciudad.
Pero el ocio nocturno también forma parte del ADN barcelonés. Desde las salas del Raval hasta los bares musicales del Poblenou, la noche ha sido un laboratorio creativo, un espacio de mestizaje cultural y una industria que sostiene miles de puestos de trabajo directos e indirectos.