Menú Buscar
Pásate al modo ahorro
Imagen de un niño en su mesita de juego. Celos / Pexels

Síndrome del príncipe destronado: cómo minimizar los celos con la llegada de un hermanito

Los expertos recomiendan dar un papel protagonista a los niños ante el segundo bebé en el domicilio familiar

5 min

La llegada de un hermano --especialmente cuando es el primero-- supone un cambio importante en la vida de los más pequeños. De ser hijos únicos y recibir en exclusiva la atención de padres y familiares pasan a tener que compartir tiempo, atenciones y espacio con un bebé recién llegado al que todavía no han tenido tiempo de coger cariño. Es lo que los especialistas llaman el Síndrome del príncipe destronado o Complejo de Caín. Ceder el trono no será tan traumático si todo el entorno familiar se prepara para minimizar el impacto que supondrá la llegada del hermanito o la hermanita.

Junts pide ampliar el plazo para decidir el orden de los apellidos de los bebés / EUROPA PRESS
Una madre, cogiendo la mano de su bebé / EUROPA PRESS

Belén Marinone, la primera babyplanner de España, confirma que la mayoría de las dudas e incertidumbres de las madres no primerizas son sobre cómo hablar con el hijo mayor, cómo acompañarlo en este cambio y cómo adaptar su vida a la llegada del hermanito. Afirma que este tema es posible que nos destape nuevamente “esa sensación de no saber hacerlo, típico de una primeriza”. Sin embargo, todo puede ser más fácil de lo que imaginamos, principalmente porque este síndrome no se da en el 100% de los casos.

Habitual en niños de entre 3 y 7 años

El Síndrome del Príncipe Destronado es más habitual, tal y como señala el psicólogo Ángel Luis Guillén, fundador del centro de psicología clínica Psicopartner, entre los 3 y los 7 años. “Antes son muy pequeños y a veces ni se dan cuenta del porqué de su frustración; pasados los 7, y con ellos la fase más egocéntrica, comienzan a ver al nuevo miembro de la familia como una personita y no como un rival”, añade.

Directamente relacionado con los celos, este síndrome se puede manifestar de múltiples formas -explica Guillén- que van desde hacer daño en mayor o menor medida al recién llegado; retroceder en el tiempo y chuparse el dedo, pretender volver al biberón o al chupete, orinarse, presentar ansiedad, dolor de tripa o de cabeza o cuadros de mal funcionamiento para llegar la atención de los padres y del entorno y así recuperar su prevalencia: dejar de comer, rabietas y/o resistencia a la colaboración.

Una buena forma de intentar esquivar este síndrome o de reducirlo a la mínima expresión es, sostiene el mismo psicólogo, hablarle del bebé durante el embarazo, preparándole, y, sobre todo, dándole un papel protagonista en la llegada del nuevo hermanito como protector, maestro y cuidador. “Que sienta que es útil como hermano mayor y que no va a sufrir una pérdida de cariño, cuidado o posición sino al contrario porque se espera mucho de él”, recomiendan desde Psicopartner.

Cuando no se gestionan bien los celos

Las malas gestiones del afecto, tanto por parte de los padres como entre los hermanos “pueden abrir brechas muy duraderas en la dinámica familiar y en la formación de la personalidad”, advierte Ángel Luis Guillén.

Niños enganchados a la pantalla de dispositivos móviles / Jessica Lewis - Pexels
Niños jugando con dispositivos móviles / Jessica Lewis - Pexels

Por ello, también es recomendable implicar a familiares y a amigos antes de que visiten por primera vez a la recién ampliada familia. La babyplanner, que acaba de publicar su primer libro, Nace una mamá, aconseja a familiares preguntar a los propios padres si ven adecuado llevaré un regalo al hermano mayor. No obstante, con regalo o sin él, ve importante que el día de la visita la familia dedique tiempo, juego y conversaciones al niño mayor, evitando así que la atención no sea exclusiva del bebé. “Por supuesto que a los niños les encantan los regalos y los recibirán siempre con una sonrisa, pero es importante, primero, respetar el deseo de los padres y, en segundo lugar, tener claro que dar al niño atención tiene aún mayor valor que un obsequio”, concluye Belén Marinone.