Andrea Rodés Joaquín Romero

'Lo que me gusta de Lluís Mijoler', por Andrea Rodés

Para empezar, de Lluís Mijoler me encanta la foto que preside su web personal. Sale con americana azul, casco en mano, atando el candado de su bici con matrícula de El Prat de Llobregat. Se nota que es un señor presumido, con aires de moderno. 

Me gusta que defina su ciudad como “lo común que compartimos gente con historias y orígenes muy diversos”. Suena poético, pero es una buena filosofía para gobernar una ciudad. La familia de Mijoler, igual que la de muchos de sus conciudadanos, viene de fuera de Cataluña: Serón y Uleila del Campo, en Almería; Benasque (Huesca) y Errenteria, en Guipúzcoa. Solo por tener raíces en el valle de Benasque, el paraíso pirenaico que mi àvia eligió para pasar sus vacaciones, ya me cae bien.  

Me gusta que su trabajo como abogado le haya permitido tratar temas como la violencia machista, y que se preocupe por la justicia social. 

Me encanta que en su Instagram publique un muñeco de Lego tuneado por un alumno de una escuela local para que se parezca a él (las gafas de montura de pasta negra son una de sus marcas distintivas). “Pequeñas cosas que se reciben con mucha ilusión. Ya tengo una réplica de mí en figurita. Gracias Martí”, escribe. 

Me gusta su perra Greta, un bonito teckel de pelo duro que lo acompaña en sus caminatas por las montañas del Baix Llobregat, y que los domingos se sube a su cama para despertarlo. 

Me gusta que lleve el brazo izquierdo tatuado --el tatuaje más reciente hace referencia a la canción My Generation, de los The Who-- y que en Instagram etiquete al autor de los tatuajes.

 

'Lo que no me gusta de Lluís Mijoler', por Joaquín Romero

El candidato de El Prat en Comú, Lluís Mijoler, ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria profesional en el sector privado, un rara avis en el mundo comunero. Apadrinado por otro Lluís, el mítico Tejedor –el alcalde más longevo en la democracia española, 1982-2019--, entró en política como concejal sin retribución en 2015 y cuatro años después de convirtió en alcalde. Un diez para él.

Sin embargo, su patriotismo ecologista le ha llevado a decir que el pollo de pota blava y la alcachofa son "emblemas que articulan una identidad comunitaria", lo que no me gusta nada porque es pasarse de frenada. Otra cosa es que ambos productos contribuyan al kilómetro 0, que ayuden en la lucha contra el cambio climático y que, además, estén riquísimos.

Su discurso no es antiempresa, pero el entusiasmo por la soberanía local, incluida la alimentaria, huele a ingenuidad. ¿Qué hará el sector agrícola mediterráneo si todos los países imponen el autoabastecimiento de frutas y verduras? ¿Y Cataluña con su producción cárnica? ¿Qué pensarán los payeses de Lleida?

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