Pásate al MODO AHORRO
Gonzalo Baratech.jpg

Gonzalo Baratech.jpg

Zona Franca

Casa Tarradellas, de una modesta masía catalana a un imperio multinacional de 2.330 millones

"Josep Terradellas, el ‘aristocárnico’ ausetano del porcino y las pizzas, no solo ha levantado de la nada un gigante alimentario, sino también un legado genuino"

Publicada

Casa Tarradellas propinó en vísperas de Nochebuena un sonoro aldabonazo. Compró a Nestlé el 40% de Herta Foods que todavía no controlaba. Ambas partes se han cuidado de silenciar el importe de la transacción, que se presume multimillonaria. Seis años atrás, Tarradellas se hizo con el 60% por 390 millones. Es tal su capacidad financiera, que en ambos casos sufragó la adquisición con sus recursos crematísticos particulares, sin necesidad de recurrir a endeudamiento bancario alguno.

La operación encierra mucha miga. En efecto, el consorcio catalán es un pigmeo comparado con el gigante suizo. Herta significa un paso decisivo para internacionalizar sus actividades, muy centradas hasta ahora en el mercado doméstico. Dicha firma fabrica salchichas, fiambres y masas para hornear, entre otros productos. Ocupa posiciones destacadas en Alemania, Bélgica, Francia, Irlanda y Reino Unido.

La absorción completa de Herta alumbra el nacimiento de un mastodonte alimentario español, con sede en el municipio barcelonés de Gurb, en la Cataluña profunda.

Las magnitudes agregadas de Tarradellas-Herta arrojan cifras relevantes. Con datos de 2024, la facturación sube a 2.330 millones, de los cuales 1.500 corresponden a la primera y el resto a la segunda. Los fondos propios se sitúan en 1.290 millones y los activos, en 1.670. Por último, los beneficios del binomio se cifran en 55 millones.

El fundador es Josep Terradellas Arcarons, de 75 años, de orígenes humildes. En 1976 abrió en su masía de Gurb un obrador y una tienda de embutidos de cerdo que elaboraba junto con su esposa Anna Falgueras Masramon. El matrimonio siguió la saludable política de reinvertir por entero los excedentes generados.

La extraordinaria capitalización que la compañía luce hoy refleja una realidad palmaria. Josep siempre albergó una visión patrimonialista a ultranza, habitual entre las gentes del campo. Consiste en no estirar más el brazo que la manga, ahorrar siempre hasta el último céntimo y guardar como oro en paño todas las ganancias.

Por ello, en su medio siglo de andadura nunca repartió dividendo. Y tal como repite Josep en la memoria anual, la directriz se va a mantener durante los próximos ejercicios, con el propósito de “asegurar la competitividad”.

La visión empresarial del pionero se plasma en tres hitos señalados de los anales corporativos. El primero se dio en los 80 con la creación del embutido curado Espetec, que hizo y sigue haciendo fortuna.

El segundo ocurrió en 1996, cuando lanzó las primeras pizzas frescas, un renglón hasta entonces inexistente en las tiendas, pues las congeladas campaban a sus anchas. Con semejante anticipación, inventó un artículo y lo erigió en categoría, de la que sigue siendo líder indiscutido treinta años después del estreno.

El tercer mojón consistió en la firma de un acuerdo con Mercadona, el rey de los supermercados, para abastecerle de chacinas y pizzas, tanto con su marca como con la de Hacendado, del grupo valenciano.

El veterano preboste sigue al frente de su emporio, pero ya prepara la sucesión que habrá de afrontar en un futuro cada día más cercano.

Sus tres hijos, Josep, Anna y Núria, pertenecen al consejo de administración desde hace veinte años. El varón, además, porta los galones de hereu en ciernes, con rango de director general.

El órgano de gobierno se completa con Conrad Blanch, profesor emérito de Esade y oriundo de la localidad de Taradell, cercana a Gurb.

Todas las fábricas del conglomerado radican en la comarca de Osona y emplean a 2.730 trabajadores. De forma paralela, otro medio millar de obreros labora en granjas de engorde de porcino, controladas por Terradellas.

El curioso andamiaje societario ocasiona abundantes trasiegos con las llamadas partes vinculadas, es decir, entre las cárnicas y Casa Tarradellas. Pero esta oculta los pormenores porque los considera información confidencial cuya divulgación podría acarrearle perjuicios económicos. Tal omisión merece desde tiempo inmemorial un reproche del auditor que revisa los estados contables.

El 90% de ese ejército de trabajadores reside en los pueblos cercanos a las factorías. Buena parte de ellos son de origen africano. Integran la multitudinaria colonia oriunda del continente negro que habita en la zona.

Casa Tarradellas celebra este año con todos los honores las bodas de oro. Su futuro se perfila despejado, con la misma determinación que ha caracterizado al fundador. El audaz asalto a Herta y la consiguiente extensión de sus tentáculos por Europa, constituyen un paso decisivo en el proceso de diversificar las fuentes de ingresos en territorios foráneos. Pero al mismo tiempo, implican nuevos retos en un entorno cada vez más competitivo y globalizado. La prudencia financiera, la reinversión constante de las utilidades y la gestión familiar seguirán siendo los pilares que sustenten el crecimiento.

Si algo queda claro de esta formidable historia de éxito es que su amo, Josep Terradellas, el aristocárnico ausetano del porcino y las pizzas, no solo ha levantado de la nada un imperio alimentario, sino también un legado genuino. Combina visión a largo plazo, austeridad férrea y vocación de permanencia, capaz de mirar al futuro sin menoscabo de sus raíces payesas.