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La Cataluña tirana

Josep Maria Cortés
8 min

El dron inventado por Òmnium es la última murga. Pasea su leyenda por las alturas, pero sin capacidad para distraer nuestro baño diario, a orillas del Bogatell o junto a la Fosca. Sabemos muy bien que, contra una idea, por falsa que sea, todas las armas carecen de poder. Òmnium piensa que la suya es una estética discrepant; disimula su vergüenza bajo el supuesto toque dadaísta, que dice ho tornarem a fer. Me pregunto si es una metáfora de la Cataluña adventista. De entrada, parece creíble, pero de repente, caes en la cuenta de que todo se encoge, como ocurre ahora, cuando una sentencia inminente y las contradicciones entre ERC y JxCat convierten el pasado reciente (1-O, DUI) en una Edad de Oro de tenue recuerdo. La historia se detiene; la acción es reemplazada por infinitas repeticiones. Los testimonios de un momento heroico se convierten en la morfología de la vida cotidiana. No pasa nada; no pasa nada nuevo. Hasta que la idea de cambiar el statu quo de siete millones de personas basándose en la opinión de solo dos millones se repliega sobre sí misma: implosiona.

El independentismo vive una etapa defensiva. Además, acaba de atravesar un episodio inesperado, digan lo que digan, con la negación del tribunal de Luxemburgo a que Puigdemont y Comín tomen posesión de su acta en el Parlamento Europeo. Luxemburgo es el Tribunal de Justicia de la UE, es la sala jurisdiccional de la Unión, la que dicta sentencias de obligado cumplimiento. No es el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, al que quieren conducir su proceso los dirigentes encausados por el Supremo. Estrasburgo solo tiene las misiones de tutela y amparo, y los independentistas juzgados buscan el respaldo moral del alto tribunal. Piensan que si Estrasburgo les fuera favorable le levantarían las faldas a la España constitucional. Pero ojo, se pueden llevar un buen chasco.

Mientras medio país espera la sentencia, el procés encauza su nuevo rumbo de desobediencia: el presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, Joan Canadell, afirma que no volverá a contestar en castellano las preguntas de los periodistas; se ampara en un derecho que vulnera el statu quo cameral y autonómico. Por lo visto, el hombre desconoce que las cámaras de comercio son entidades de composición privada, pero de derecho público. Se rigen desde el Consejo de Cámaras de España que depende del Ministerio de Economía (en Cataluña están sometidas al Consell de Cambres que depende de la conselleria de Economia, bajo idénticos reglamentos y la tutela estatal). Su Ley de Bases rige automáticamente para todas las Comunidades Autónomas. El pobre Canadell se siente protegido por la impunidad. Procede del Cercle Català de Negocis, una asociación pretexto, que ha contado siempre con el apoyo de FemCat, otro nido asociativo de indepes. En suma, Canadell juega con el poder de la red y la alargada sombra del vicepresidente Pere Aragonès, que ocupa el mismo cargo que desempeñó Oriol Junqueras.

La ANC ha tomado el Palacio de Invierno, un cascarón vacío desde que las cuotas de las empresas a las cámaras no son obligatorias. Los trabucaires que dicen representar a la economía catalana desconocen la historia reciente de la entidad que festonea la Llotja de Mar, la etapa en la que la Cámara financió de su caja la Fira de Montjuïc 2, ante las peleas alotrópicas entre Jordi Pujol y Pasqual Maragall. La Cámara creada por el gran financiero Manuel Girona se gestó en la Junta de Comercio, nido de la imaginería en los años del vapor. Pero hoy, su Plenario, poblado de amiguetes, jóvenes emprendedores, limpias, taxistas, tenderos, acomodadores y cerilleros, no representa al tejido económico real. Un día, por simple ruina y por puro corporativismo, dejó de ser. Y, desde entonces, la representatividad absoluta de los patronos pertenece al Consejo Consultivo de Fomento del Trabajo, la gran patronal catalana.

El mismo desaire de Canadell a la lengua castellana lo había cometido días antes la portavoz del Govern, Meritxell Budó. Dos episodios dignos del olvido, pero las declaraciones amenazantes son menos inocentes de lo que parece. Vivimos en una urna de cristal. Todo acaba sabiéndose y “los adoquines sobre los que caminamos son el material del que está hecho el camino de la verdad”, en palabras de Poirot (El baile de la reina), el detective deslumbrante de Agatha Christie. Los poetas vanguardistas que destruyeron la anécdota, la forma, el verso y la palabra o los que aparcaron la retórica en algún cajón vacío de la historia, no olvidaron nunca que todo tiene consecuencias. El exceso desertiza, como muestran a diario las concentraciones convocadas por ANC y Òmnium. A partir de ahora, gritar en el mismo desierto durante generaciones no será viable. Nosotros soportamos hoy las anticipaciones pueriles del nacionalismo matón, dispuesto a convertir la palabra en puro signo, como el dron del Òmnium. Para subvertir a un país es necesario reconstruir el significado de las cosas. Es necesario también dibujar un “futuro limpio” --así preludió Marinetti al Duce, Musolini-- sobre las espaldas de los ciudadanos indefensos.

Pero no todo está perdido porque, en nuestro país, intervienen también los sanadores. Uno de ellos, Guy de Forestier difunde, en medio de la confusión, una mirada cariñosa, irónica y compasiva, en su libro Estimats catalans, y repite así la experiencia de Estimats mallorquins, una entrega anterior que se puede encontrar en Palma, pero solo en tiendas de recuerdos. Forestier es un pseudónimo que esconde al verdadero autor, el arquitecto e ingeniero industrial Carlos García-Delgado.

Personalmente, me apunto a la esperanza y propongo una reflexión alrededor de un fugitivo mundialmente reconocido como lo fue el vienés vocacional, Joseph Roth, oriundo de la Gallitzia polaca y autor de este breve fragmento: “Espero a una generación que superará fronteras y unirá al mundo, lejos del kitsch, del nacionalismo y de la esclava idolatría”. Hay otras versiones menos austrohúngaras y más alegres, por así decir, como la del intelectual esloveno, Slavoj Žižek, que abomina del nacionalismo balcánico para defender una “UE más fuerte y con las naciones dedicadas a roles más modestos”. Como ven, de lo más profundo de la aldea sale también la fuerza que combatirá a la Cataluña tirana.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).