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Grabado de Jeanne Weil Proust de 1880 / WIKIPEDIA

Jeanne, la mamaíta de Proust

Jeanne Weil, que transigió con la homosexualidad de su niñito, protegió tanto a su criatura que le hizo depender de ella y reclamar su cariño de forma constante

10 min

Falta muy poco para celebrar el sesquicentenario (150 años, de ‘sesqui-’: unidad y media) del nacimiento del gran escritor Marcel Proust; y el año que viene se conmemorará el centenario de su muerte. En busca del tiempo perdido, su gran obra, retrata la vida de su familia, sus reminiscencias, la evocación de su infancia y juventud.

Es célebre la expresión la madalena de Proust, que vincula el olfato con la memoria y que aparece al comienzo de Por el camino de Swam: “Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman madalenas (…) muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de madalena. Pero en el mismo instante que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fijé mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió (…). Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? (…). Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad”. Nos podemos preguntar quién era esa mujer que le dio esa madalena vital: su madre, con quien tuvo lo que en psicoanálisis se denomina un conflicto edípico.

Una imagen de Jeanne Weil junto a su hijo Marcel Proust (a la izquierda) /  CAUSEUR
Una imagen de Jeanne Weil junto a su hijo Marcel Proust (a la izquierda) /  CAUSEUR

Se llamaba Jeanne Weil y tenía 21 años de edad cuando se casó, en 1870, con Adrien Proust, quince años mayor que ella y de gustos muy diferentes. La familia de Jeanne era judía tradicional, rica y culta. Ella era muy sociable, sabía inglés y alemán, aprendió latín en casa (su enseñanza estaba reservada sólo a los chicos), era una buena pianista y una apasionada lectora. Por su parte, Adrien era médico especialista en el cólera, mortífera enfermedad contagiosa; fue un médico condecorado personalmente por la emperatriz Eugenia de Montijo con la Legión de Honor. Procedía de una familia devota y católica, fe que él no compartía. Firmaron un contrato matrimonial muy previsor con la economía de ambos. No se casaron por la Iglesia, pero sus hijos fueron educados en el catolicismo, aunque Jeanne no se convertiría a esa religión.

Falta de voluntad

La boda se celebró al día siguiente de la captura de Napoleón III, el último rey de Francia, en la guerra franco-prusiana. Marcel nació meses después, el 10 de julio de 1871, al poco de la Semana Sangrienta en la Comuna de París. Estuvo a punto de morir recién nacido y debió tener cuidados muy especiales. A aquella inmensa preocupación se sumó la angustia de la guerra y la violencia desatada, de las privaciones de todo tipo. Fue bautizado y se le ahorró la circuncisión. Su frágil salud generó una continua atención e inquietud por su vida. Dos años más tarde nació Robert, su otro hermano, sano y robusto.

Jeanne Weil,  madre de Robert Proust y del escritor Marcel Proust / FLICKR
Jeanne Weil, madre de Robert Proust y del escritor Marcel Proust / FLICKR

Marcel padecería de forma crónica asma y rinitis. A su alrededor se estableció una protección ansiosa y obsesiva, que acabó haciendo de él un niño nervioso o hipocondríaco, lo que le marcaría para toda la vida. Jeanne hizo de él un ser dependiente de su ternura y control hasta un grado difícil de imaginar. Esto facilitaría a Marcel la vía de una personalidad melancólica, caprichosa y falta de voluntad, alguien que aprendió a hacerse el niño, también de mayor.

Odio intermitente

En su interesante biografía Madame Proust, Evelyne Bloch-Dano define a Jeanne como posesiva y rehén del amor, “entre un hijo que pide demasiado y un marido que pide demasiado poco”. La ausencia del padre, siempre de viaje, era llenada con la omnipresencia de la madre; y la de todo el clan materno, comenzando por la abuela Adèle, con quienes se veían todos los días. Debido a su salud, Marcel acumuló numerosas ausencias escolares, se retrasó en los estudios y, con los años, sus intereses se concentrarían en la literatura y la filosofía; en la casa eran habituales las veladas de lectura.

Retrato de Marcel Proust / ACTUALIDAD LITERARIA
Retrato de Marcel Proust / ACTUALIDAD LITERARIA

De muy niño se produjo en Marcel una inaudita expectativa para ‘el beso de la noche’ de su mamá: con crisis de lágrimas, besos fervorosos, no dejándola ir de su lado. Jeanne lo veía excesivo, pero toleró las imposiciones del niño, que exigía “por cuarta, por quinta, por décima vez un beso que ya le ha dado”. Ella se enfadaba, se negaba y le reñía, pero no tardaba en sentirse culpable por ello. Su ‘querido pobre lobito’, como a menudo le llamaba, se incapacitaba para existir al margen de ella y quedaba dominado por un afán tiránico e insaciable por ser amado más que nadie.

Jeanne no tenía mayor ambición que su vida familiar. Podía ser severa, incluso burlona, con su Marcel, de quien quería conocer todos sus deseos y pensamientos. Esta relación despótica alimentó en el niño un odio intermitente hacia su madre, cuando no eran satisfechas sus exigencias, y un agotamiento nervioso.

Su única dulzura

Tendría Proust unos 16 años cuando se aficionó a estar con una preciosa chica de su edad, su madre restringió enseguida aquella relación por no parecerle conveniente. Poco después tendría que transigir con la homosexualidad de su niñito. Con 17 años, su padre le dio dinero para ir a un burdel. Tras la experiencia, su madre le indicó que escribiera a su abuelo materno. “Mi querido abuelito: Vengo a reclamar de tu amabilidad la suma de 13 francos que quería pedir al señor Nathan, pero que Mamá prefiere que te pida a ti. Y es por lo siguiente. Tenía tanta necesidad de una mujer para cesar en mis malos hábitos de masturbación que papá me dio 10 francos para ir al burdel. Pero 1º en mi emoción rompí un orinal, 3 francos, 2º en esa misma emoción no pude joder”. Reinaba una gran libertad de palabra, pero también una total falta de intimidad y un gran control.

Tendría Marcel 19 años cuando Jeanne le escribió: “No podrías además querido mío datar cada una de tus cartas, seguiría yo las cosas con más facilidad. Puedes decirme: Levantado a, Acostado a, Horas de aire -, Horas de reposo -, etc. La estadística tendría para mí su elocuencia y en pocas líneas habrías acabado de cumplir tu deber”.

Proust le llegó a decir a su madre que prefería tener crisis (de asma) y agradarla que desagradarla y no tenerlas. Jeanne murió en 1905, con 56 años, y Marcel escribió entonces: “Desde ahora mi vida ha perdido su único objetivo, su única dulzura, su único amor, su único consuelo”. A partir de ese momento, Proust se volcó en cuerpo y alma en su obra literaria los dieciséis años que le quedaban de vida.