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El último aquelarre de Quim Torra

Ramón de España
8 min

Cuando te cesan por inútil, lo menos que puedes hacer es recoger tus cosas discretamente y hacer mutis por el foro sin alharacas, pero eso era mucho esperar de Quim Torra, que prefirió montarse ayer un homenaje a sí mismo en el parlamento catalán del que se ausentó el PSC en una nueva muestra de su talante pusilánime y siempre tendente a ponerse de perfil: para cualquier partido de la oposición que se respete, la oportunidad de arruinarle la fiesta al cesante debía ser aprovechada, como hicieron Ciutadans, el PP y, más oblicua y jesuíticamente, los comunes. Era previsible que Torra sacara toda su artillería, consistente en pólvora mojada: insultos a España en un discurso pretendidamente incendiario y secundado por lo más lerdo que tenía a su alcance, Albert Batet y Eduard Pujol, dos tipos que nunca defraudan con sus simplezas y sus rabietas. Consciente de sus limitaciones, Pujol --que no sé si ha superado el trauma provocado por aquel agente del CNI que lo perseguía por Barcelona en patinete y que, probablemente, era el mismo que había atropellado a Muriel Casals--, recurrió a la sabiduría de Puigdemont, que en uno de sus best sellers ha comparado a España con el escorpión de la fábula, que muerde a la tortuga --o en este caso al burro catalán-- aunque se busque la ruina porque está en su naturaleza. Ante la vaga respuesta de Europa al cese del MHP 4211 (vamos por ese número, ¿no?), no da la impresión de que el escorpión español se haya hundido socialmente, pero cualquier oportunidad es buena para hacerle un poco la pelota al orate de Waterloo.

El único problema que plantean Batet y Pujol a cualquier polemista con un poco de ética es que son tan zotes que da apuro aplicarles el castigo verbal que van pidiendo a gritos. En ese sentido, creo que Carrizosa y Fernández hicieron bien ignorándolos y centrándose en poner verde al protagonista de la reunión, cuya obra de gobierno, como todos sabemos, se reduce a haberse subido el sueldo al acceder al cargo y la pensión al saber que estaban a punto de quitárselo. En la mejor tradición Follow the money, Fernández le recordó a Torra que se va a casa con una pensión vitalicia considerable y que, por consiguiente, de víctima no tiene nada. La triste realidad es que, a cambio de dos años de no dar un palo al agua, un agente de seguros aspirante a intelectual, un tros de quòniam, un energúmeno racista dotado de un sentido del humor tan penoso que convierte a Tortell Poltrona en Groucho Marx se va a pegar la vida padre hasta el fin de sus ideas con el dinero del contribuyente. De hecho, ése debería haber sido el tema central de las intervenciones de la oposición: en Cataluña, entre otras cosas, hay que hablar de dinero.

Hay que hablar de dinero porque no es normal que el presidente de una comunidad autónoma cobre el doble que el presidente de la nación. Hay que hablar de dinero porque parece que nos sobre, viendo lo que trincan los consejeros del gobiernillo y sus altos funcionarios. Hay que hablar de dinero porque si lo tiras en embajadas absurdas y en engrasar tu aparato de agitación y propaganda, luego no te queda para las personas dependientes o los cheques comedor de los colegios. Total, los catalanes siempre hemos tenido fama de roñicas y peseteros. ¿Cómo es que quienes más catalanes se sienten se muestran rumbosos cual señorito andaluz en noche de jarana? ¿Tanto se valoran como para ponerse los sueldos que se ponen? ¿Y qué nos dan a cambio de la pasta que se embolsan, aparte de la tabarra y el gimoteo constantes?

Al consejero delegado de cualquier empresa, si lo despiden, le quitan ipso facto a la secretaria, el vehículo oficial y el despacho. Por el contrario, nuestros políticos se llevan una pensión formidable y conservan a la secretaria y al chófer y hasta les dan un despacho nuevo en alguna de las zonas más caras de Barcelona. ¿Alguien me puede explicar para qué necesita Artur Mas un despacho en el Paseo de Gracia? ¿O para qué va a necesitar Torra a su secretaria, como no sea para enviarla al colmado a renovar las reservas de ratafía? Es más, ¿por qué hay que mantener a dos autoproclamados enemigos del estado como Mas y Torra mientras a sus compinches más tontos se les mete en el trullo?

El pleno monográfico a mayor gloria de Torra podría haberse convertido en un monumental J´accuse a cargo de la oposición, a una reflexión en voz alta sobre el despilfarro patriótico practicado por los nacionalistas desde 1980. Pero como tenemos la oposición que tenemos --y parte de ella se ausenta cuando más se la necesita--, la cosa acaba en el habitual rifirrafe gallináceo en el que nunca se llega al fondo del asunto. La oposición se desfoga un poco y ya está. Torra, tras un discurso propio de un demente, abandona el parlamento en vez de encerrarse en su despacho con un AK47 y rendir homenaje a Al Pacino en la delirante secuencia final del Scarface de Brian de Palma (sin la cocaína, pero con la presencia de algunos heroicos patriotas solidarios como Jair Domínguez o el mosso Donaire, siempre dispuestos a plantar cara a las fuerzas de ocupación, como han demostrado ampliamente desde Twitter). Pero aquí no se llega nunca a las manos. Tu me llamas escorpión turco y yo le digo a tu jefe recién cesado que es un jeta que se va a casita con 90.000 euros mensuales hasta el día del juicio tras predicar una revolución que nunca ha pensado encabezar. Y mañana será otro día. O sea, el mismo de siempre. Pero ya faltará menos para irse al Ampurdán o a la Cerdaña de fin de semana, que lo primero es lo primero.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.